Enrique
Baca Catedrático de Psiquiatria y editor
científico de “Las victimas de la violencia". José Lázaro
Profesor de Humanidades Médicas en la Facultad
de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid.
Toda víctima, por el mero hecho de serlo, siente un violento
deseo de venganza y no puede evitar el sentirlo.
De cuantas leyes se han descrito en la historia de la psicología,
la del talión es quizá la que está inscrita más
profundamente en la naturaleza humana.
No hay humano que, tras ser violentamente agredido, no sienta el impulso,
igualmente violento, de machacar a su agresor. No hay sociedad posible
sin la dolorosa renuncia a ese profundo impulso. No hay víctima
que no quede desgarrada por el conflicto entre la necesidad psicológica
de la venganza directa y el imperativo social de resignarse a la justicia.
No hay civilización que pueda sostenerse sin la imposición
de tal imperativo. No hay justicia que pueda, éticamente, imponer
esa renuncia a las víctimas más allá de: lo estrictamente
necesario (que ya es mucho).
Entre las escenas más repugnantes del periodismo contemporáneo
(la elección no es sencilla) destaca la del típico reportero
que acerca el micrófono a la madre de la chica violada cuyo cadáver
acaba de ser descubierto y le formula la brillante pregunta: "¿Perdona
usted al asesino de su hija?". Pero todos hemos interiorizado la
negación de los instintos y pulsiones que, con el malestar consiguiente,
es, según Freud, el fundamento de la cultura. Por eso, la mayor
parte de las madres son capaces de morderse la lengua y balbucear la
respuesta políticamente correcta: "Lo que yo quiero es que
esto sirva para que nunca vuelva a suceder".
Pero en algún caso excepcional, algún familiar (e incluso
algún Defensor del Pueblo) tiene la valentía
de decir abiertamente al periodista. lo que todos, absolutamente todos,
piensan en ese momento: "Cuando maten a su hija, perdone usted
al asesino, imbécil. Yo al de la mía sólo quiero
descuartizado con mis propias manos". Tan sana muestra de sinceridad
(desde el punto de vista psicológico) suele despertar una escandalizada
condena (desde el punto de vista sociológico).
La renuncia al deseo de venganza es una inevitable obligación
social, pero la negación social de su necesidad psicológica
es una segunda agresión que la parte necia de la opinión
pública realiza contra las víctimas de la primera. Desde
el punto de vista psicoterapéutico, el reconocimiento de esa
necesidad psicológica es un paso imprescindible para ayudar a
la víctima a que supere lo antes posible su condición
de víctima elaborando el necesario duelo.
La imagen de la madre de Sandra Palo (asesinada con ensañamiento
mediante el fuego y el atropello repetido, tras ser violada en grupo)
intentando presenciar la salida de uno de los asesinos de su hija del
centro de menores donde había permanecido cuatro años
(desde los 14 que tenía cuando cometió el delito hasta
los 18) fue recogida y aireada por los medios de comunicación,
de la misma manera que el arrebato de violencia del jóven guipuzcoano
que la emprendió a golpes contra la sede social de quienes aplauden
a los destructores de su casa, tras el atentado en Lazkao
Pero no se ha analizado suficientemente el mecanismo mental (y afectivo)
por el cual una madre (La de Sandra, la de Mari Luz o la de Marta) desea
mirar de frente al asesino de su hija. ¿Qué busca, en
el fondo? ¿Por qué ese empeño en cruzar una mirada
con el asesino de su hija? Quizá porque, como todas las víctimas
de la violencia, quiere tener la oportunidad de reprochar al delincuente
su delito, de despertar su vergüenza y sus sentimientos de culpa
(en caso de que los tenga), de sustituir a la víctima (que se
presume indefensa y aterrorizada) por una presencia desafiante e incluso
amenazadora.
Quiere asustar, amenazar y, si fuese posible, agredir. Quiere vengarse.
Y, ya que sabe que eso es imposible, quiere al menos expresar su deseo
de venganza.
Los sentimientos de venganza son tan psicológicamente necesarios
como socialmente inadmisibles. Ahora bien, si la acción sustitutoria
de la justicia nunca es fácil de aceptar para la víctima,
se hace imposible de asumir cuando no es comprensible, cuando a la víctima
(apoyada por gran parte de la sociedad) le parece más una burla
cruel que el ejercicio propio de la respuesta civilizada frente al crimen.
Los argumentos que los representantes .de las instituciones suelen ofrecer
como consuelo a las víctimas oscilan entre las generalidades
bienintencionadas (se debe proteger a la sociedad, pero también
a los menores descarriados), los auto rreproches o los autoelogiosos
(ya decíamos nosotros que esto iba a ocurrir, pero no hicimos
nada para evitarlo), la denuncia de culpables abstractos (las desigualdades
de esta sociedad que hemos construido entre todos) o la oferta de soluciones
inconcretas y utópicas (hay que hacer las reformas que sean necesarias,
teniendo en cuenta los argumentos racionales, pero también las
emociones).
Tales opiniones son, sin duda, jurídicamente impecables. Y son
también cristianamente caritativas para el muchacho que hace
cuatro años asesinó a Sandra Palo, el señor que
mato a Mari Luz, o la pandilla que asesino a marta del Castillo, y ahora,
o más tarde, pretenderán salir sale en "libertad
vigilada" tras un informe de sus educadores en el que se admite
o admitirá, que no parece haber avanzado mucho en el reconocimiento
de la gravedad del delito cometido ni de su responsabilidad en el mismo.
Pero conviene reconocer que, desde el punto de vista psicológico,
para estas madres tales opiniones son, nos guste o no, lo que técnicamente
se llama una "segunda victimización". Que en términos
menos técnicos es, simplemente, hurgar en la herida.