Para unos
es una revolución en el mundo de la moda, para otros, solo un
artificio premeditado y hacer caja en el mercantil mundo de la pasarela.
Lo que no parece ser para nadie, es un hombre. Y sin embargo lo es.
La verdad es que pese a la campaña iniciada por el diseñador
Hedi Slimane contra los hombres desvaídos, nunca se había
visto un éxito como el actual de los/las modelos lánguidos,
descafeinados, confusos y asexuados, un canon de belleza que se sigue
imponiendo, por encima de toda campaña contra la anorexia o la
desnaturalización del individuo. Un ejemplo nuestro protagonista,
Andrej Pejic. De origen bosnio herzegovino, nacionalizado australiano
y residente en Londres, Andrej es, a simple vista, una rubia de impresión.
Alto (ciento ochenta y tres centímetros), delgado, de labios
carnosos, nariz breve, rasgos de tenista rusa, ojos profundos y azules
y larga y alisada melena rubia, Pejic se esta convirtiendo en el ideal
de los diseñadores, en una versión boy, de otro it, aunque
en este caso girl, Agynes Deyn.
A sus 19 años, y recién fichado por la agencia más
cool, Storm, Pejic, lo modelo de carnes más magras del todo el
mercado, ya es lo musa de Jean Paul Gaultier, Raf Simons o John Galliano,
diseñadores que están impulsando la meteórica carrera
de Pejic, no tanto por haber encontrado un talento desbordante, si no
por representar ese más difícil todavía que el
mundo del espectáculo siempre busca.
Probablemente
la razón de su éxito ande por ahí. La búsqueda
de la belleza, de la guapura en el mundo de la estética ya no
es un criterio, máxime cuando los cánones están
en recesión y los referentes, hasta los estéticos, están
escondidos en la neblina de nuestra decadencia. Hoy llama la atención,
vende y triunfa lo distinto, y más aun, lo raro. En el mundo
de la imagen hay ejemplos por doquier, como el de las modelos de dientes
separados y bocas imposibles, que es lo que ha hecho triunfar a Lara
Stone, Georgia Jagger o Vanessa Paradis). Ahora le toca el turno a la
ambigüedad sexual, a la androginia, y este es el caso.
Lo curioso radica en que las fotos nos muestran a un modelo cuyo atractivo
reside en su ambigüedad, en esa mezcla enigmática de dos
mundos, del femenino y del masculino, pero que en el fondo atrae por
portar una belleza clásica, no por una revolución en las
formas. Lo curioso también se encuentra en que la ambigüedad
se sostiene en este caso por la fuerza y el deseo de empatar. Cualquiera
que ve a Andrej torneándose por la pasarela, con sus piernas
torcidas y su cara de mujer dominadora podrá caer en la atracción
de la duda por su sexualidad. Cuando le oyes, le observas en los backstages
o le miras en la vida cotidiana, tomas conciencia de que estas ante
una mujer, que desea ser mujer, y cuyas formas y maneras no dejan espacio
alguno a la andrógina. Pero que no puede salir de ese limbo.
Y no puede salir por que el star system se la va a impedir con todo
tipo de artes. Para Georges Ladis, uno de los fotógrafos que
le descubrió, la cuestión es clara. Andrej es un caso
nítido de transgénero, una niña encerrada en un
cuerpo de hombre, que ha tenido la desgracia de transmitir toda la fuerza
de lo femenino, sin un solo retoque. Su mezcla de cara femenina, su
pecho plano y su aire de varón amanerado y desgarbado son un
filón, ¿porque estropearlo dejándole ubicarse?.
Flaco favor a un mundo, el de la transexualidad que precisa ayuda y
respeto, no actos circenses y descrédito.
Hace
unos días, la revista “Love” rompía su techo
de ventas colocando en portada a Kate Moss besándose sensualmente
con la modelo transexual Lea T, bajo un pie de foto revelador, 'This
is hardcore' (esto es porno). Semanas antes, Carine Roitfeld, la periodista
jefa de Vogue Cadeaux, habia impulsado un reportaje para el número
de diciembre-enero de Vogue Francia, donde tres niñas de pocos
años, Thylane, Lea y Prune aparecían maquilladas como
muejres fatales, abundantemente maquilladas y subidas a unos fálicos
tacones de alpinista. La polémica desatada por la utilización
sexual de las niñas acabo retirando la revista de los kioskos
(tras un record de ventas, eso si) y coloco a la influyente periodista
en el listado de profesionales en busca de destino. Pero la tendencia,
en ambos casos, quedó clara, máxime cuando en el caso
de Vogue, detrás del reportaje estaba el trabajo y las ideas
de gente como Tom Ford.
Comentaba
el diseñador gallego Ángel Nimo hace unos días,
que muchas veces, lo que llamamos tendencias, lo que calificamos de
creatividad, no pasa de ser una simple manipulación, y a veces,
un robo. El beso de Kate Moss a Lea T es un robo, el de su personalidad
transexual, convertida en objeto de feria. El de las niñas es
un robo, el de su infancia, alterada para regusto de cuatro pervertidos.
El de Andrej es un robo, el de una mujer a la que se mantiene en un
cuerpo de hombre para mercadear con el morbo del público, que
siente curiosidad por ver como reaccionan un montón de chicas
al ver entre ellas a un hombre, o el de ver a un grupo de hombre, desfilar
con ellos a uno que no es tal.
Las gentes del “arte”, los que creen que crear no es más
que ahondar en variaciones de un mismo tema, defienden la andoginia
como ese ansiado lienzo en blanco capaz de asumir tanto lo masculina
como lo femenina. En realidad Pejic no desfila portando una tercera
vía de la moda y el estilo, por más que los intentos de
mezclar lo femenino con lo masculino han acabado generalmente en el
fracaso. Pejic desfila con ropa nítidamente de mujer, y en los
desfiles masculinos, más contrapunto, que como alternativa. Y
claro, la pregunta es obvia. ¿Porque debe mostrar un hombre como
queda una ropa que otros hombres nunca se pondrán?. Quizá
porque los diseñadores gustan de un cuerpo femenino plano y manejable,
que ya solo es posible encontrar en un tipo de hombres.
Ya se que tendemos a una sociedad abierta y tolerante, que busca romper
moldes, estereotipos y limites, y en ese sentido, claramente, Pejic
rompe la lucha entre Marte y Venus, enarbolando la bandera de lo gris,
del equilibrio, del “standby” en movimiento. Tan cierto
como que el feminismo intelectual y el mundo gay de poder ascendente,
hartos del dominio y la dominación de los varones, que secularmente
han impuesto sus reales en nuestra sociedad, han decidido impulsar un
nuevo modelo de hombre, más sutil y endulzado, que mira más
a las formas y la estética, que a los valores propios de la persona
de nuestro siglo. Lo que no queda claro es que estamos haciendo con
ello, enriquecer la sociedad con nuevos tipos humanos, o simplificar
al absurdo.
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