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La
Paz |
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Cronica
de la Ruta Quetzal
Estamos en Cayo Caulker, una
pequeña isla beliceña, situada en las cercanías
del segundo arrecife coralino mayor del mundo.
Al alba, tras desperezarnos, nos hemos introducido en las cálidas y peligrosas aguas del Mar Caribe. La sensación refrescante y el paisaje en el que nos encontramos nos hizo parecer estar situados en un sueño.
Nos dividimos por grupos: 6 fueron a submarinismo y otros realizaron otras actividades deportivas. Los submarinistas hicimos una no corta caminata a través de un paradisíaco paisaje y la pista de aterrizaje del aeródromo insular. Delante una playa de aguas cristalinas. Allí recibimos de los monitores una instrucción sobre las normas básicas del buceo. Nos zambullimos en el agua y enseguida hemos notado las cálidas y fuertes corrientes marinas. Hicimos un maravilloso y agotador recorrido, observando el paisaje submarino, plagado de algas, algunos corales y anémonas, estrellas de mar y peces tropicales de colores. Pletóricos, con una sonrisa de oreja a oreja, un coco en la mano y una espalda enrojecida cual cangrejo, hemos realizado la macha de vuelta al campamento. Allí comimos e intercambiamos las actividades. Otros se fueron a buceo y seguimos el intercambio de talleres deportivos como la esgrima, el balonmano, el baile y otros. Con el crepúsculo, llegó desde el Continente un curioso aparato, que como nos había prometido Miguel, hemos usado para acuñar unas pequeñas monedas de cobre, que conmemoran el descubrimiento de América Central. El rostro de los Reyes Católicos y el Quetzal, símbolo de la expedición, han quedado plasmados en el metal, para siempre, y como moneda para cada uno de nosotros. Por la noche, conferencia sobre astronomía, relajados y tumbados en la arena de la idílica playa. Y también una explicación del ecosistema de los manglares que suelen rodear algunos islotes. Al finalizar encendimos una gran hoguera, con leña recogida en una barca. El calor que desprendía recordaba la sensación vivida durante todo el día en este Cayo beliceño. Cenamos entorno al fuego y allí calentamos también las latas de conserva que nos recordaron la gastronomía española. Tiempo después los titiriteros se acercaron al tumulto de los expedicionarios con sus instrumentos. La música resonó en la noche oscura. Cantamos, bailamos y nos divertimos con las notas del grupo Libélula. La emoción hizo salta alguna que otra lagrima. Nos alegramos de haber vivido un día más en una isla lejana bajo el nombre de Ruta Quetzal BBVA.
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