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Diario
de un camino
Carla
Lopez Oliva

De
izquierda a derecha, nuestras compañeras Blanca, Clara, Martina
y Carla
Después
de pasarnos el viaje charlando y escuchando música, llegamos
a Ponferrada, nuestro origen de salida hasta llegar a Santiago. Allí
nos encontramos con Nacho, que hacía un montón de tiempo
que no le veíamos. Nos presentó a toda la gente con la
que compartiríamos esos diez días intensos y cansados,
que luego se convirtieron casi en los diez mejores días de nuestras
vidas.
El primer día decidimos que solo duraríamos dos días
más y nos volvíamos para Cantabria, pero no fue así,
y ahora sabemos que podemos con esto, y con más. Y que si quieres,
esta claro que puedes. Pasamos por lugares dignos de observar por unos
instantes, naturaleza viva y verde, casi como la de nuestra tierra,
por eso nos sentíamos como en casa. Gente mayor por los pueblos
fuera de sus casas, con mercadillos caseros para vender palos de madera
para ayudarte a andar, o la concha típica del Camino; los míticos
bares del pueblo en los que hacíamos alguna parada para beber
una coca cola a media mañana, o la pequeña lluvia que
nos daba nuestro momento de gloria cuando nos estábamos muriendo
de calor.

Recorrimos
pueblos como Villafranca del Bierzo, O cebreiro, que fue la etapa más
dura y complicada, Sarria, Portomarin, pueblo precioso en dónde
estuvimos toda la tarde jugando a las cartas a orillas del Río
Miño, contemplando aquel paisaje espectacular, Palas de Rei,
Melide, donde comimos un pulpo a la gallega buenísimo, Arzúa,
Arca y muchos más, de los que de casi todos nos llevamos un pequeño
recuerdo.

Como
también hay que nombrar a esas personas que te encuentras caminando,
personas a las que unas palabras de ánimo o una sonrisa, se quedan
cortas. Desde un hombre que llevaba cincuenta y siete días caminando
desde Paris, hasta un padre llevando a su hija de cinco años
en su mochila. Creo que se les podría calificar como ¨fuertes¨,
pero me quedaría muy corta. Cuando lo ves, no sabes como actuar,
si lo cuentas después de haberlo visto, a lo mejor no tiene mucha
importancia, pero lo ves, lo vives y te llama tanto la atención,
que son momentos de los que siempre te acordarás.
Restando días, ya no nos quedaba nada para estar enfrente de
la Catedral, los días se hacían incluso más llevaderos,
y ya hasta queríamos seguir andando, nuestro cuerpo se fue habituando
a la vida del peregrino. Hasta que llego el ultimo día, el fin
del Camino, cuando llegas a Santiago, y te pones delante de aquella
puerta, mientras oyes a gente cantando, riendo, gritando de felicidad
por estar allí, y tú solo piensas en tu esfuerzo, en valorarte
a ti mismo, y en llorar de alegría, de emoción, porque
lo has conseguido. Y es cuando todas las partes de tu cuerpo, que día
tras día te habían creado molestias, desaparecen. Cuando
no piensas en nada más que en sonreír y mirar la Catedral,
y todavía no eres capaz de creértelo.

Por
eso nosotras nos lo planteamos como objetivo, pero creo que se convirtió
en algo más que eso, en una experiencia inolvidable y que repetiremos
algún día. Es importante destacar la gente que te encuentras
a lo largo del Camino, nunca me había encontrado personas tan
amables, ayudándose entre ellos, ofreciéndote bebida,
comida, o simplemente animándote con unas palabras escondidas
detrás de una sonrisa. Eso te ayuda más que cualquier
otra cosa, te ayuda a tener más energía y a seguir sin
que nada, ni nadie te lo pueda impedir.
Después de estos diez días, creo en aquello que me dijeron
muchas de las personas que caminaron alguna vez a mi lado: ¡Buen
Camino!, con esa pequeña expresión me quedo, y creo y
afirmo que así ha sido, que me llevo cargados miles de momentos
en mi mochila de los recuerdos, y que, ahora, una cuarta parte de mi
corazón, se ha declarado gallego.



Carla
Lopez Oliva, junto a Blanca, Martina y Clara, son cuatro estupendas
estudiantes de La Paz, que han finalizado hace unos dias el “Camino
de Santiago 07”, una de las propuestas de la pastoral juvenil
de Sagrados corazones, para este verano. Una mezcla de aventura y descubrimiento
de si mismo, en compañía de jóvenes de toda España.
Dirigidos por el padre Nacho Robledo la actividad comenzó en
Ponferrada, donde visitaron la nueva edición de la exposición
“Las Edades del Hombre”. La ruta a los largo de diez días,
les llevo a una intensa convivencia que concluyo en Santiago.
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