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Otro
vertedero para Cantabria
Javier
Compostizo
Estudiante de bachillerato, Colegio La
Paz, Torrelavega (Cantabria)

Llevamos
ya un tiempo escuchando críticas sobre la contaminación
de Torrelavega. Unos dicen que la situación es correcta, otros
que no todo esta tan claro. Lo cierto es que es imposible ocultar algo
que está en el aire. Los casos de dermatitis, alergias, asma
o cáncer, nos muestran que algo va mal en el aire que se respira
en nuestra ciudad y alrededores.
Los precios actuales del petróleo y las políticas ambientales
de los gobiernos hacen que en la actualidad sea más barato usar
tecnologías sucias y fuentes de energía contaminantes,
que ponerse a desarrollar o aplicar tecnologías limpias. Hecho
al que se une el lógico miedo de las autoridades a tomar medidas
drásticas que pudieran poner en peligro el empleo. Ante la certeza
que la prioridad es el mercado, y no la salud, el área del bajo
Besaya está pendiente de la aprobación de dos centrales
térmicas en los próximos meses. Una en Polanco y otra
en Torrelavega.
Pero no todo han sido pasos atrás, en 1991 se creó el
CIMA (Centro de Investigación del Medio Ambiente) cuyas principales
competencias son controlar las emisiones de gases perjudiciales para
la salud. Un organismo que ha supuesto un notable en la lucha contra
la contaminación, pese a episodios como el del pasado julio,
en el que un escape de Sniace de dióxido de azufre duplico la
tasa permitida de ese gas tóxico en el aire, sin que nadie avisara
ni a las autoridades ni a la población, hasta pasados unos días.
Ante tal desmán, no queda si no replantearnos si se debería
revisar el CIMA y en concreto la deficiente instalación que hace
que llegado el momento no se alerte a la población. Se han buscado
desde entonces, e incluso antes, soluciones de todo tipo y condición.
Entre ellas filtros biológicos. Una serie de estructuras pobladas
por millones de bacterias que reciclan de manera natural las emisiones
de azufre de las fábricas químicas de la ciudad. Hoy,
como siempre lo hacemos los humanos, esto es, con retraso, se planea
una nueva solución, un vertedero, pero esta vez un vertedero
submarino de CO2.
El sistema para hacer el vertedero se denomina CCS (captura y secuestro
de carbono, en sus siglas inglesas) el cual exige a las centrales térmicas
un gasto adicional de energía de hasta un 30%.
En concreto se quiere construir uno submarino en Suances, además
de en otros lugares de la península tales como Palencia, Castellón,
Asturias o Zaragoza el cual sería subterráneo. El sistema
consistiría en capturar el CO2 de las fábricas y las centrales
térmicas, que sometido a altas presiones se puede licuar y así
trasportarlo en barco hasta una plataforma marítima donde se
inyectaría.
La idea del vertedero está basada en un principio físico
según el cual las bolsas de CO2 líquido se mantendrán
en el fondo marino gracias a la presión ejercida por el agua.
Hasta ahí todo bien, el problema surge en el caso de que se produzca
un movimiento de placas tectónicas, frecuentes aunque de pequeña
magnitud. Todo esto esta en investigación incluido el impacto
ecológico que tendría el “lago” de CO2 submarino.
Ahora imaginemos que hay un movimiento de placas cerca del lago, lo
que provocaría un maremoto que movería el lago de CO2,
o bien un cambio de temperatura en el agua, provocado por el cambio
climático lo que afectaría a la densidad del agua y por
lo tanto a las corrientes marinas. Una vez ocurrido esto la bolsa de
CO2 ascendería a la superficie y finalmente escaparía
a la atmósfera. Llegado a este punto es una lástima que
con una saturación del 25% de CO2 en el aire, muramos.
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Medio
Ambiente
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