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240, enero 2008


 

 

 

 

 

 

 

Otro vertedero para Cantabria

Javier Compostizo
Estudiante de bachillerato, Colegio La Paz, Torrelavega (Cantabria)

 


Llevamos ya un tiempo escuchando críticas sobre la contaminación de Torrelavega. Unos dicen que la situación es correcta, otros que no todo esta tan claro. Lo cierto es que es imposible ocultar algo que está en el aire. Los casos de dermatitis, alergias, asma o cáncer, nos muestran que algo va mal en el aire que se respira en nuestra ciudad y alrededores.
Los precios actuales del petróleo y las políticas ambientales de los gobiernos hacen que en la actualidad sea más barato usar tecnologías sucias y fuentes de energía contaminantes, que ponerse a desarrollar o aplicar tecnologías limpias. Hecho al que se une el lógico miedo de las autoridades a tomar medidas drásticas que pudieran poner en peligro el empleo. Ante la certeza que la prioridad es el mercado, y no la salud, el área del bajo Besaya está pendiente de la aprobación de dos centrales térmicas en los próximos meses. Una en Polanco y otra en Torrelavega.
Pero no todo han sido pasos atrás, en 1991 se creó el CIMA (Centro de Investigación del Medio Ambiente) cuyas principales competencias son controlar las emisiones de gases perjudiciales para la salud. Un organismo que ha supuesto un notable en la lucha contra la contaminación, pese a episodios como el del pasado julio, en el que un escape de Sniace de dióxido de azufre duplico la tasa permitida de ese gas tóxico en el aire, sin que nadie avisara ni a las autoridades ni a la población, hasta pasados unos días. Ante tal desmán, no queda si no replantearnos si se debería revisar el CIMA y en concreto la deficiente instalación que hace que llegado el momento no se alerte a la población. Se han buscado desde entonces, e incluso antes, soluciones de todo tipo y condición. Entre ellas filtros biológicos. Una serie de estructuras pobladas por millones de bacterias que reciclan de manera natural las emisiones de azufre de las fábricas químicas de la ciudad. Hoy, como siempre lo hacemos los humanos, esto es, con retraso, se planea una nueva solución, un vertedero, pero esta vez un vertedero submarino de CO2.
El sistema para hacer el vertedero se denomina CCS (captura y secuestro de carbono, en sus siglas inglesas) el cual exige a las centrales térmicas un gasto adicional de energía de hasta un 30%.
En concreto se quiere construir uno submarino en Suances, además de en otros lugares de la península tales como Palencia, Castellón, Asturias o Zaragoza el cual sería subterráneo. El sistema consistiría en capturar el CO2 de las fábricas y las centrales térmicas, que sometido a altas presiones se puede licuar y así trasportarlo en barco hasta una plataforma marítima donde se inyectaría.
La idea del vertedero está basada en un principio físico según el cual las bolsas de CO2 líquido se mantendrán en el fondo marino gracias a la presión ejercida por el agua. Hasta ahí todo bien, el problema surge en el caso de que se produzca un movimiento de placas tectónicas, frecuentes aunque de pequeña magnitud. Todo esto esta en investigación incluido el impacto ecológico que tendría el “lago” de CO2 submarino.
Ahora imaginemos que hay un movimiento de placas cerca del lago, lo que provocaría un maremoto que movería el lago de CO2, o bien un cambio de temperatura en el agua, provocado por el cambio climático lo que afectaría a la densidad del agua y por lo tanto a las corrientes marinas. Una vez ocurrido esto la bolsa de CO2 ascendería a la superficie y finalmente escaparía a la atmósfera. Llegado a este punto es una lástima que con una saturación del 25% de CO2 en el aire, muramos.




Medio Ambiente

 

 

 

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