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Cumbres del clima
Ha transcurrido un año desde la decepcionante XV Conferencia sobre Cambio Climático celebrada en Copenhague. Una conferencia y su sucesora, la de Méjico que han planteado, como principal objetivo, la negociación entre los países participantes para hacer posible llegar a un acuerdo para la reducción de las emisiones de gases causantes del efecto invernadero. Esta comprobado que, desde el comienzo de la era industrial, la química de la atmósfera ha cambiado de forma importante como consecuencia de la quema de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas) como fuentes de energía para alimentar máquinas. Los gases emitidos se han ido concentrando en la atmósfera, y han ido formando un manto que funciona como si fuera un invernadero de vidrio, atrapando el calor del sol y calentando el planeta. Una parte de este efecto invernadero es natural y ha contribuido a mantener la temperatura del planeta dentro de unas condiciones que permitan la existencia de vida. Pero la quema cada vez mayor de combustibles fósiles y la destrucción de los bosques provocan un calentamiento excesivo. Como consecuencia de ello los glaciares se están derritiendo más rápido que nunca y podría aumentar el nivel de los océanos produciéndose inundaciones en las tierras bajas. Además, tormentas y huracanes en algunas zonas y falta de lluvia en otras, y como consecuencia la extinción masiva de especies y la desaparición de los ecosistemas. Anteriormente ha habido otros intentos de llegar a un acuerdo para reducir la emisión de gases causantes del efecto invernadero, como la Cumbre de la Tierra en el año 1992, en la que la mayoría de los países no cumplieron el compromiso, y el Protocolo de Kyoto del año 1997, donde los gobiernos se reunieron para analizar los informes de los científicos sobre el cambio climático y establecer unas leyes internacionales, leyes que si fueron aceptadas por la Unión Europea, pero no por los Estados Unidos, China, India y Rusia, los principales paises contaminantes. Las conferencias sobre el clima convocadas por la ONU en Copenhague y Méjico han representado un desesperado intento a nivel mundial de controlar el cambio climático antes de que sea demasiado tarde, llegando a un acuerdo que incluya a tantos países como sea posible y que contribuya a una reducción importante de los gases de efecto invernadero emitidos por el hombre y la ocasión de establecer lo que ha pasado a llamarse justicia climática. Para ello se establecieron unas cuestiones a discutir que principalmente han sido tres: 1.- Los países mas pobres, que son los menos responsables, están mas expuestos al cambio climático; por lo tanto, a esos países debe de proporcionársele los recursos económicos suficientes para que puedan adaptarse a las nuevas exigencias que se aprueben, basándose en el principio de que quien contamina, paga. 2.- Los países desarrollados deben realizar una reducción de sus propias emisiones adaptando las innovaciones científicas más reciente. 3- Los gobiernos deben invertir en tecnologías y energías renovables, mejorando la calidad de vida y además, en estos momentos de crisis económica, supondrían la creación de nuevos puestos de trabajo. El resultado conseguido en estas dos últimas conferencias ha quedado claramente por debajo de las expectativas y el nivel de ambición de la Unión Europea, pero supone, sin embargo, un paso para abordar con seriedad la lucha contra el cambio climático a escala mundial. El Acuerdo de Copenhague no tiene carácter vinculante, el de Méjico si en algunos aspectos, pero contiene compromisos de reducción de emisiones de la mayoría de los países y, en particular, a los grandes emisores de gases de efecto invernadero, incluyendo las economías emergentes, que estaban fuera de los compromisos de Kyoto. Hay que destacar que se establece el objetivo de mantener el máximo de la temperatura por debajo de de los 2ºC de incremento, el compromiso de los países desarrollados y de los países en desarrollo de incluir en una lista sus reducciones de emisiones de gases de efecto invernadero, así como nuevas propuestas de tecnología y de reserva de los bosques. Personalmente, después de acercarme a este tema, creo que falta un compromiso real por parte de todos los países, sobre todo por las grandes potencias económicas, que ven peligrar muchos de sus intereses si se aprobaran unas normas internaciones que tuvieran que ser cumplidas, por eso aceptan compromisos que no les exijan demasiado, ven el problema, pero no quieren tomar medidas serias para resolverlo, pensando que se trata de un futuro que nos parece más o menos lejano, cuando en la actualidad ya sufrimos muchas consecuencias negativas. Los políticos no acaban de posicionarse claramente sobre este problema, prefieren no abordarlo como compromiso serio entre sus objetivos políticos, obviando problemas básicos como la influencia sobre las economías emergentes y menos desarrolladas de los efectos de las grandes áreas industriales, las compensaciones por ello y los fondos para reestructurar las tecnologías y economías responsables de este fenómeno. La sociedad tampoco acabamos de comprometernos, escuchamos hablar de ello, pero no parecemos ser conscientes de este problema que es ya una realidad que ya nos está afectando y que va a afectar mucho más seriamente a las generaciones futuras. Un conciencia que sería indispensable para acometer muchas medidas diarias, que influirian en la resolución del problema
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Natural
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