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El ocaso de los bosques Ruben
Martín, Angel Trueba
Antaño los peregrinos que cruzaban de España a Francia o viceversa, contaban que se podía disfrutar en gran manera del paisaje que los rodeaba, en la medida que se iban acercando más a su próximo destino. Sin
embargo, también había otros obstáculos no tan
deseables como la abrumadora extensión y tupidez de la madreselva
y de los frondosos bosques, los cuales dificultaban el camino al obligar
al viajante a esquivar esos altos troncos y tener cuidado de no golpearse
con las ramas abundantes. Esta terrible situación del caminante
se prolongaba hasta que éste se encontraba un claro en el cual
podía descansar. Además se contaba que las ardillas eran
unos animales privilegiados, en cuanto a que podían observar
todo este paraje desde el cielo en una posición panorámica.
En aquellos tiempos las ardillas estaban capacitadas para hacer el mismo
recorrido que los viajeros, con la diferencia de que éstos lo
hacían por el suelo y las ardillas podían ir saltando
de árbol en árbol, de arbusto en arbusto hasta llegar
a Francia sin tener que haber pisado el suelo en modo alguno desde el
inicio de su periplo. Otro significativo y posible cambio es el de la repercusión en el calentamiento global de la deforestación. Esto se causaría por la desaparición de los bosques; los cuales son los principales almacenamientos de carbono, y sin ellos las grandes cantidades de CO2 irían directas a la atmósfera. Ésta va acompañada de una acción de degradación forestal, lo cual provoca también la erosión continua del suelo sin la sujección que ofrecen las raíces de los árboles talados. La
sistemática supresión de los bosques equivaldrá
a destruir las especies que allí habiten; de esta manera los
vegetales desaparecen, lo cual supone la desaparición del alimento
de los animales herbívoros. Si éstos no comen mueren,
por lo que no pueden proporcionar alimento a los carnívoros y
omnívoros (los cuales somos nosotros).
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