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Llantos
y silencios
Irene
Martin Tomas

Hace unos
días viví uno de los tradicionales atascos de Madrid.
Cientos de jóvenes atascaban los alrededores de un famoso hotel
de Madrid, donde se iba a alojar el grupo Mejicano RBD. Pancartas, canciones,
un grupo de niñas histéricas al borde del colapso, y un
megáfono estridente que pedía a las niñas que lo
dieran todo por sus ídolos, para que estos supieran el amor que
les profesaban. Hasta vi por la televisión a madres que hacían
cola a las puertas del Calderón para guardar sitio a sus hijas,
orgullosas, del tatuaje que les había pagado mama y papa con
el nombre de sus ídolos. Nada que objetar, por mi como se si
se meten sus cd´s por la zona de embarque de los supositorios.
Pero me dio pena, un día después, mirar a mi alrededor,
en la plaza de Chamberi, a las ocho de la noche, y apenas ver a doscientas
personas. Claro que el motivo era mas trivial, habíamos ido allí
un grupo de raros, un grupo de ciudadanos que solo pretendíamos
pedir justicia para Sandra Palo, una chica como yo asesinada por cuatro
canallas, hoy camino de la calle, mientras pocos mueven un dedo ante
la petición de justicia de su madre, que allí había
rogado el apoyo de un Madrid mas pendiente del destino de Capello o
los saltos glamurosos de RBD. ¿La culpa?. Poca cosa, violar,
atropellar, torturar y quemar a una joven. Lo de deficiente es lo de
menos. Una joven, un ser humano.
Al final, su madre no ha podido evitar su liberación, ni el silencio
de sus vecinos, ni la humillación de ver al asesino de su hija
libre, ni mirar a aquel a la cara mientras pisaba un liberación
inmerecida.
Notificado por la justicia que el asesino de Sandra saldría del
centro de menores de Renasco, en Carabanchel, camino de un piso tutelado
fuera de la comunidad, al mediodía, Sandra y varias personas
mas se presentaron a las puertas de la cárcel casi a las 8,30
de la mañana. Pero el juez había adelantado la operación
salida. Cuando la madre llego y comprobó que se la habían
jugado, rompió a llorar. Su último consuelo se había
esfumado. Rafita se había ido, sin siquiera ver la mirada de
desaprobación de aquella a quien él había dejado
sola.

Ni ahora, ni antes, ninguna autoridad se ha dignado a explicar porque
la ley española permite que un grupo de “humanos”
violen, atropellen y quemen a una joven, y puedan en poco tiempo rehacer
una vida que le han negado a su victima con tal saña. Junto a
Rafita, los otros asesinos son J.R.M., conocido como 'El Ramoncín',
y R.F.C., 'El Ramón', condenados a ocho años de internamiento
y cinco años de libertad vigilada. Al tiempo que a Francisco
Javier Astorga, 'El Malaguita', se le impuso una pena de 64 años
de prisión. Ellos mataron sádicamente a un ser humano,
nosotros hemos abandonado y olvidado a otro. ¿Que es peor, la
barbarie o el silencio?
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