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Recuerdos
de un once de marzo
Laura
Mendia, Madrid

Apenas eran
las 7.37 de la mañana, cuando una bomba explotó a pocos
metros de la estación de Atocha. Era el comienzo del inicio,
la muerte llegaba a raudales. Y más bombas con ella. Medio Madrid
descendió al caos y al desconcierto, mientras un puñado
de héroes rescataba, auxiliaba y abrazaba a la victima, a Madrid.
Son las 7,40, una decena de bombas a puesto fin a la pequeña
historia de centenares de madrileños, y a reescrito la de toda
España, en un infierno que ya dura tres años.
Pegados al televisor, o a la radio, España se mantenía
quieta y en silencio, deslizando por sus mejillas, el dolor distante
de cientos de trabajadores y estudiantes, cuyo delito aquel mal día
había sido la sencillez de una vida discreta e inocente.
Caen las horas, la ciudad se detiene, sus gentes aceleran su quehacer
para recomponer vidas, o encontrar lo que queda de ellas. La policía
inicia la caza, los políticos también. Unos buscan votos,
otros robarlos. La gente laborea callada, ellos mantienen su ignominioso
ruido.
Siguen las horas, IFEMA huele a muerte en su pabellón seis. Llora
hasta el aire, entre el ir y venir de muertos, entre el venir y el ir
de quienes rasgan su piel para aliviar el dolor del alma que esta esconde.
Cae la noche. Los partidos cancelan sus campañas, faltan tres
días para las elecciones y la lucha oficial firma el armisticio.
Pero las navajas desenvainan, entre sombras, en la España de
la oscuridad, esa que a cada esquina de la historia nos asalta, la venganza
brota, la nación se olvida.
El cielo esta negro, cuando el rey se asoma a cada casa, a cada bar,
a cada calle. Con gesto adusto, con manos nobles y con mirada fuerte
muestra su solidaridad con las víctimas y pide la responsable
y serena firmeza, de quien desde la unidad, debe ejercer el liderazgo
de una nación herida. Es vano trasunto, es fútil deseo,
el país se desplaza por un viento maldito que la explosión
ha liberado. Son días de guerra. Pero el fuego no viene del enemigo,
sino de nuestro vientre.
El pueblo clama justicia, en cada rincón se une, hasta en la
distancia se abraza, pero cada partido se afana en excavar fosas, que
deberán ser rellenadas.
Sale el sol en Madrid, pero no amanece. Los reproches aumentan, mientras
en la tarde anterior a las elecciones la policía detiene a Jamal
Zougam, y tres de sus secuaces. Se les considera los autores materiales
de los atentados. Unos musulmanes, dos indios. Trapicheros, mineros,
chivatos y algún holgazán. Son ellos, dicen, que mas da.
La ira y la muerte son ya imparables.
Ha repetido el sol su ciclo durante tres años. Ha caído
la noche cada vez mas negra, han calado los odios cada vez mas profundos.
No se quienes fueron, ni que deseaban. No se cuanto mas durara aquella
explosión, ni cuantos días mas podré soportar este
dolor. Hoy he acudido a Atocha, quería ver el tubo de cristal
que los recuerda, como si necesitara algo más para alimentar
mi recuerdo. He visto a Leticia, amparando en su vientre la vida que
a otros les negó el destino. No he visto, no he querido, a esos
buitres que por políticos pare España a cada instante.
Y he visto al rey. Ya es mi único consuelo, la última
esperanza de que algo de sensatez pueda aliviarnos.
Cae la tarde. No quise ayer mezclarme con la gente que pedía
libertad en las calles de mi ciudad. Me siento junto a ellos, siento
como ellos, aunque me aturde tanta agresividad, me confunde tanto dedo
acusador apuntando a todos lados, me desconcierta esa risa irónica
de quien ha matado a mi gente durante décadas. Pero no estuve
allí. Preferí quedarme en Atocha, pasear por la plaza,
respirar el aire que queda de aquel día, y susurrar “te
quiero”, mientras paso mi mano sobre su nombre escrito entre cristales.
Hace tres años que una bomba me impide verle. Y no se porque.
Y no se por quien. Pronto cumpliré 27. Una bomba me dejo sola.
Una bomba me dejo muerta.
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