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Los
cazadores desenfundan
Victor
Manuel Sanchez
estudiante de bachillerato, Colegio La
Paz, Torrelavega (Cantabria)
Pablo
Arce
estudiante de Ciencias Económicas, Universidad
de Cantabria
Miles
de manifestantes han llenado las calles de muchas ciudades españolas
y las páginas de muchos periódicos durante los últimos
meses, a fin de criticar la nueva Ley de Patrimonio Natural y Biodiversidad
que el Ministerio de Medio Ambiente quería poner en marcha. Bajo
el lema “Por el campo, la caza y la conservación”,
los cazadores y trabajadores del campo han cargado durante meses contra
la ex ministra Narbona, que tiempo después ha desaparecido, con
ministerio y todo, acusada de tomar medidas “propias de regímenes
autoritarios y no democráticos”. Las movilizaciones han
estado convocadas por la Real Federación Española de Caza
(RFEC), la Oficina Nacional de Caza y la Asociación de Jóvenes
Agricultores (ASAJA) y casi 40 organizaciones más.
La Ley del Ministerio propone cambiar el plomo de los cartuchos por
acero, bismuto o cerámica lo que conlleva que los cazadores deban
de cambiar sus armas, en caso de que estas tenga una antigüedad
superior a 10 años, y un aumento de la peligrosidad de su uso,
pues, por ejemplo, el acero puede rebotar y causar accidentes, e incluso,
poder llegar a hacer explotar el cañón del arma. El problema
del plomo proviene de que éste es uno de los metales más
tóxicos que existen y que en las zonas más húmedas
del mediterráneo español se han encontrado concentraciones
de plomo muy superiores a la media mundial. Además, según
algunos estudios, se certifica que 50.000 aves mueren anualmente a causa
de ingerir este metal. En otro orden, hace años que se retiró
el plomo por la normativa europea ROHS (Restriction of Hazardous Substances).
Por ejemplo, muchas empresas electrónicas ya lo sustituyeron
por cobre o cerámica.
Otro de los motivos de queja de las asociaciones de cazadores estriba
en el hecho de estar sujeta su actividad a casi 800 normas regulatorias,
desperdigadas por 17 legislaciones autonomices e innumerables de mancomunidades,
ayuntamientos, diputaciones y organismos autónomos. A las que
ahora se suma una nueva legislación que, solapada a las anteriores,
es, además, “intervencionista y confiscatoria” al
mermar sus derechos. Además de que enfrenta a los gestores y
usuarios del campo con el mundo rural, que son los que lo han conservado
durante siglos. No solo se dedican a ir al campo a cazar, si no que
también le cuidan, le mantienen y le aprecian. Según este
colectivo “va en contra de la protección del Medio Ambiente”
y, como ya hemos apuntado, “es propia de regímenes autoritarios”.
Todo ello se mezcla con un ambiente crecientemente hostil, desde hace
años, a los que practican este deporte. Ambiente que se manifiesta
en libros, opiniones de los medios y grupos de activistas que no dudan
en tachar a quienes practican la caza, de pertenecer a un colectivo,
rancio, elitista, maltratador y asesino del medio animal.
Cabe destacar de esta Ley que no se permite dejar animales muertos en
los montes o zonas de caza. Ante esto, salta la duda de qué harán
los animales carroñeros que, probablemente, se dedicarán
a partir de la entrada en vigor de la ley, si se aprueba en esta legislatura,
a atacar presas vivas para poder sobrevivir. Probablemente, el perfil
aristócrata o de nuevo rico de algunos cazadores o el escándalo
del ahorcamiento de galgos por sus dueños al final de la temporada,
no ayuda mucho a transmitir a la sociedad una imagen más ajustada
de este colectivo. En todo caso, lo que resulta evidente es que en este
tema, aun no se ha disparado el último cartucho.
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