Maria
Izquierdo estudiante de bachillerato, Madrid
Los blancos tenían a Elvis y a Sinatra, los negros a Jackson,
el resto ahora no tenemos a nadie. Michael Jackson, que ha fallecido
esta semana en Los Ángeles, pasará a la historia de la
música popular como uno de los más grandes, sino el más,
aunque también como uno de los artistas contemporáneos
de vida más excéntrica y enturbiada. En el fondo, su vida
y su muerte son el ejemplo de una sociedad presa de la prisa y la ansiedad.
Una ansiedad que lo devora todo. Es la muestra de una sociedad que aun
no ha salido de la carpa del circo, y exige a sus actores siempre el
más grande, el más fuerte y el más alto. Y es el
ejemplo de una sociedad industrial y mercantil dispuesta a traficar
con cualquier cosa, niños prodigio y adultos vulnerables incluidos.
Apodado
en sus primeros tiempos el rayo, por su vitalidad y contagiosa energía.
Michael había nacido en la industrial Gary, en Indiana. Destacó
pronto por sus habilidades artísticas. Su éxito hizo ver
en él a su padre la forma de redimir las frustraciones de este,
ahí comenzaría la explotación de un niño
sin infancia.
Tras un peregrinar frenético por concursos de medio pelo y tugurios
del profundo sur, Michael, integrado por su padre en los Jackson five
con sus hermanos (poco más que las “chicas del coro”
del niño prodigio), sus frenéticos bailes y su desbordada
alegría llamaron la atención del poderoso sello Motown,
el más influyente de la música negra. Motown había
visto en él el vehiculo para rejuvenecer el sello, además
de una virtud, un tanto indefinida, pero novedosa. Michael era una revolución,
pero en aquel momento aun nadir atisbaba a ver cual.
Hasta 1979, Michael sufrió, junto al paternalismo de su padre,
el de la Motown, una empresa de tipo filo paternal, que no quiso o no
pudo ver que para Michael aquella casa y aquel grupo (ahora solo los
Jackson tras la marcha de Jermaine), era poco terreno. Tras varios discos
en solitario, muy variables en su calidad, el grupo cambio al sello
Epic, de la gran CBS. Económicamente la situación era
cada vez más favorable, pero ese no era el problema. Michael
necesitaba libertad, rodearse de gente creativa y no limitarse a ser
una repetitiva maquina de hacer dinero. En medio de esa situación
frustrante, en la que el joven prodigio había debido renunciar
a ser niño, pero sin que le dejaran crecer apareció Quincy
Jones. Jones era un antiguo músico de jazz, creativo, innovador,
pero sobre todo con olfato para los negocios. Pese a las dudas de papa
Jackson, el nuevo equipo pego de lleno con el primer gran éxito
del chico Off the wall, un bombazo que vendió millones de copias,
coloco a Michael en la cumbre de la música negra y abrió
la caja de Pandora de nuevos ritmos y nuevas formas musicales, había
comenzado la revolución del pop.
Tres años más tarde, la colaboración entre ambos
alumbraría la cumbre del pop mundial, Thriller (1982), oficialmente
el disco más vendido de la historia. Thiller significaba todo.
Un éxito comercial sin precedentes, en el que, en aquella época
en que las mejores canciones se editaban en un disco separado, un single,
todas las canciones fueron singles. Una revolución por crear
el lenguaje del video clip hoy tan habitual, convirtiendo ese pequeño
fragmento audiovisual en una obra de arte llena de expresión,
coreografía y magnificencia. Una revolución porque el
tour de thriller rompería con todo lo precedente inaugurando
la época de los espectáculos totales, hoy tan usuales
en los conciertos de madonna y compañía, con sus luces,
sonidos, fuegos de artificio y expresividad corporal. Y ahí se
acabo su historia. Todo lo demás sobraba, o quizá no,
era indispensable para criar la leyenda.
Podría parecer que la familia, todo el atajo de comedores que
rodeaban a Michael perdieron el juicio. No, nunca le habían tenido.
Todo giraba en torno al chico millonario, y nadie quiso contrariarle,
solo exprimirle. Se enfrento a Jones, su media naranja, gestiono mal
sus derechos y todo lo que colgaba de su creatividad, pese a los avisos
y consejos de amigos como McCartney, se planteo metas inaccesibles,
creando en torno suyo un ambiente siempre tenso e insatisfactorio, se
volvió irregular en su trabajo y su planificación, se
olvido de la realidad para usar su poder en reconstruir una infancia
de cartón piedra que ya había perdido para siempre, y
que ahora solo servia para alimentar la imagen de un ser depravado,
antinatural y megalómano, cuando solo era un niño que
pretendía comprarse los juguetes que nunca había tenido,
y el tiempo que nunca había disfrutado. Pensando que vendía,
su propio entorno, como se dice ahora, alimento esa fama de excéntrico,
muchas veces con mentiras y fabulaciones.
No era un tonto, ni un ignorante, solo un muchacho ensoñado y
con tantas ansias de libertad, que quiso decidir hasta su raza y su
sexo, no siendo de ningún color, ni de ningún amor.
En parte él, y en mucho sus allegados mantuvieron a todo trance
el deseo de ser una figura mundial, aunque fuera sobre las paginas de
papel couche, en lugar de adaptarse a los nuevos tiempos, a los cambios
que se avecinaban en la industria del disco, y a las nuevas figuras
que se abrían paso, caso de Prince o las nacientes figuras del
rap.
Es cierto que ha sido el artista vivo que más ha donado para
tareas benéficas, que más ha colaborado, aun que nos e
sepa tanto, en programas de ayuda, pero el tema era otro, su deseo de
convertirse en un Mesías, en un libertador, en un protector del
medio ambiente, en un salvador de pobres, en un modelo para los niños
del mundo.
Embutido
en esa farsa Michael abandono sus conciertos, lo que mejor sabía
hacer y más dinero le daba, con lo que su decadencia se hizo
apremiante. Hipoteco propiedades, malgasto su patrimonio intelectual
en forma de derechos, presiono a su discográfica, se alió
con estrambóticos millonarios, se caso de cara a la galería
y se monto en el circo del papel rosa, hasta convertirse en una pesadilla
hasta para sus admiradores. En esa huida hacia delante, pronto caería
en las redes de gente sin escrúpulos y padres de niños
supuestamente abusados, que le someterían a un feroz chantaje.
Acusado en un proceso humillante en el que, probablemente, no era consciente
de nada de lo que ocurría, su reputación se hundió,
y pese a zafarse de la presión legal, su sensatez desapareció.
El niño que hacia música con un chasquido comenzó
a perder el norte, el sur y el resto de puntos cardinales. Productores
carisimos, estudios alquilados durante meses, manager, músicos
y gurus a pala, para hacer discos, aceptables carisimos y carentes de
rentabilidad.
Tras su últimos juicios por abusos de menores, el genio, ya paranoico
se refugio en el reino de Bahrein con sus tres hijos. Ahora pretendía
recuperar la magia, volver a ser el más grande, y recuperar su
estima, y su fortuna con sus conciertos londinense, tristemente, la
fama venia de la mano de la muerte.