Adios
al gran Burke
muere Salomon Burke, el rey del soul
Cristina
Santos estudiante de ITOP, Madrid
Semana
grande para la literatura, negra para la música. Junto a los
consabidos cumpleaños de Janis Joplin y John Lennon, la desgracia
vino de Norte America, ayer murió el gran Burke.
Para muchos, la muerte del gran cantante de Soul, Salomon Burke, es
la lacerada muerte de una parte de nuestros recuerdos, de un golpe seco
en nuestro imaginario, como cuando cayeron Enrique Urquijo o Antonio
Vega. Su vida había deambulado por caminos de tierra, y hasta
de lodo, en una tendencia a lo obscenamente desmesurado, que se hizo
en su día muy palpable en Elvis. Pero su oronda figura no ocultaba
su genio, aun intacto, e incapaz de defraudar a cualquier amante de
la música, no del ruido, que es lo que prima en las nuevas figuritas.
Excentricidades a parte, Burke seguía siendo el sello y bandera
de los años dorados de la música soul, un genio consagrado
gracias a sus cualidades vocales y su obra, todo un monumento a los
sentimientos y a la fuerza y el coraje de la música negra.
Socarrón y sublime, exquisito como un manjar, Burke poseía
facultades vocales al alcance de nadie, lo que le permitía llevar
a cabo interpretaciones plenas de clase, llenas de pasión y exultantes
de vitalidad. Había sido un pionero del soul, creando un cancionero
de autentica leyenda, que había despertado sentimientos intensos,
aunque encontrados, en el mercado musical (que palabra más fea).
Nunca alcanzó el renombre ni el aplauso de los mas media, que
obtuvieron otros, con quizá menos talento, como Sam Cooke, Otis
Redding, James Brown o Wilson Pickett. Aunque sus últimos años
habían sido testigos de un cierto reconocimiento, forzado por
el homenaje, partitura en mano, de gentes como Bob Dylan, Van Morrison,
Tom Waits, Elvis Costello, Brian Wilson o Nick Lowe, que habían
hecho suyas, algunas de sus músicas.
Burke había nacido en Filadelfia en 1940, en una familia marcada
por la marcha de su padre, y la presencia de un padrastro mediocre.
Su abuela Elanor era quien, de verdad, se había hecho cargo de
su educación, introduciéndole en el mundo de las iglesias
evangélicas, un submundo tenebroso, pero muy musical, de la mano
de la United House of Prayer For All People. Los avatares de la religión
americana habían llevado a esa mujer a crear su propia iglesia,
y a nombrar a su nieto sacerdote de la misma. Una circunstancia que
marcaría su vida, y de que forma.
Con doce años, dirigía el coro de gospel de su iglesia
y un programa de radio que, bajo el nombre del Templo de Solomon, sería
la plataforma de sus composiciones. La historia se completa, como podéis
comprender, con el típico cazatalentos, Bess Berman, que tanto
oír la radio, reparo en las grandes cualidades del joven músico.
Su carrera en la Apollo Records, uno de los templos del R&B fue
fulgurante, con éxitos como Christmas Presents From Heaven (en
honor a su abuela) o You Can Run But You Can´t Hide.
Tras los primeros éxitos, y mal aconsejado decidió abandonar
Apollo, lo que le abrió las puertas de la miseria, el vaganbudeó
y el abandono. Pero en 1959 su estrella volvió a brillar, Atlantic
Records, el sello de Ray Charles y Bobby Darin, le ficho, dando paso
a la época en que Burke definiría su estilo y alcanzaria
la plenitud.
Éxitos como, Just Out Of Reach, Cry to me o Everybody Needs Somebody
To Love le convertirían para público y crítica
en el Rey del Rock’n’Soul, haciendo de él la leyenda
viva y el referente de la música negra en los sesenta. Y también
un ícono político. Su contacto con Nina Simone y con Martin
Luther King, le harían parir uno de sus grandes clásico,
“I Have A Dream”, y una nueva banda Soul Clan, dedicada
a difundir la conciencia negra.
Pero los tiempos cambian, y la música negra ortodoxa encontraría
su tumba en los nuevos sonidos funk, macarrillas y discotequeros de
los años siguientes. Burke se había quedado anticuado.
Burke volvía a la iglesia, y a su familia, rompiendo su silencio
solo para memorables actuaciones en los pequeños circuitos del
blues. Y un pesado velo le cubrió. Un detalle, que esta semana
recordaba Fernando Navarro, pese a ser el autor de la canción
principal de la película “Granujas a todo ritmo”,
una oda a la música negra, ni tan siquiera aparece en los títulos
de crédito, algunos creían, incluso, que había
muerto.
Cuando en 2002, el gran Burke, con sus más de doscientos kilos
reapareció con “Don’t Give Up On Me”, un álbum
donde recrea composiciones de Bob Dylan, Van Morrison o Tom Waits, el
mundo de la música se dispuso a rendirle pleitesía, y
pedirle, por favor, que girase en torno al mundo para darnos de nuevo
su luz.
Sus conciertos se convirtieron en memorables, con el gran Burke sentado
en un trono, con capa y corona, hablando con el público, regalando
rosas e interpretando como nadie composiciones clásicas, arropado
por una gran banda compuesta por sus familiares. Todo un show americano.
Hoy nos hemos quedado para siempre sin aquellos momentos, esos retazos
de música en los que muchos hemos visto como su mirada intensa
y sus labios profundos transformaban a las personas, calando en los
más profundo de nuestro ser, haciéndonos sentir la fuerza
y la ensoñación, de la música.
Nos veremos en el cielo Gran Burke.
¿Y
tu que opinas?
Opina
y reflexiona, pero se respetuoso. Esta web permite los comentarios
sin ser usuario registrado, pero te sugerimos que te identifiques,
como una forma de crear comunidad y compartir ideas.