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En
concierto |
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Bruce,
dos dias un sueño Carla
Lopez Oliva
Torrelavega-San Sebastián, yo y mi mochila. Unas cuatro horas en un autobús lleno de gente cada uno con una ilusión; la mía aquella noche era disfrutar del Boss por todo lo alto. Así lo hice. Sobre las cuatro de la tarde llegaba al estadio Anoeta, me sentaba en aquella cola no muy larga, con mi pulsera naranja de acceso al pit (una zona de pista vallada más cercana al escenario). El sol no se escondió hasta llegada la hora punta, cuando por fin, sobre las 22 horas y 15 minutos se apagaban las luces del estadio, con 40.000 almas coreando su nombre; un minuto después, 22 horas y 16 minutos, Bruce saludaba con un ¡Gabon Donosti! ¿Cómo estáis?, mientras había miles de miradas observándole en aquel momento. El valiente rockero de Nueva Jersey nos regaló energía, entrega, juventud a pesar de su edad, y muy buena música. 3 horas sin parar, cambiando de guitarra, regalando caricias a su esposa Patti Scialfa la cual le acompaña también en el escenario, recogiendo carteles con títulos de temas como Thunder road o No surrender, o dejando, literalmente, con las manos arriba, que el público le tocara, e incluso, que tocara uno de sus más preciados tesoros, las cuerdas de su guitarra.
Creo que eso de que los viejos rockeros nunca mueren está representado en Bruce. Cierto es, que en esa quinta fila más o menos, durante esas tres horas no pude mirar a otro lugar, sino a él; cada vez que la música bajaba volumen y escuchaba de tan cerca esa voz baja, áspera, destemplada y tremendamente profunda, como si se tratase del aullido de un lobo en la media noche, mi cuerpo temblaba sin querer. Comenzó con Tunnel of love, siguiendo a ésta Radio Nowhere (Magic) en la que todo el mundo saltaba sin parar; también nos regaló alguna de esas que pasan a ser himnos, como Because the night, Dancing in the dark o Born to run; 4th of July, Asbury Park (Sandy) dedicada a Danny Federico recientemente fallecido por cáncer de piel, Long Walk Home, American Land, o una gran despedida (con movimiento de cadera incluido) en un apoteósico Twist And Shout de los Beatles. Otro momento mágico de la noche se produjo cuando a los sones de Summertime Blues el resplandor de la luna llena se posó sobre el estadio, como si tampoco quisiera perderse el histórico concierto. En total, 28 temas y dos bises. De vez en cuando nos regalaba algún ratito con su dulce armónica, al igual que el gran trabajo de su banda, los legendarios E Street Band con el pirata Steve Van Zandt a la guitarra y coros, ese magnífico colega Clarence Clemons con su toque llamativo del saxofón, con un más que crecido Nils Lofgren, con Max Weinberg (el poderoso Mighty Max) a la batería, Roy Bittan con un limpio sonido de piano, Garry Tallent al bajo, Charles Giornado al teclado sustituyendo al fallecido hace tres meses Danny Federico, y Soozie Tyrrell mostrando un sonido de violín casi perfecto. Si tengo que confesar algo, diré que estuve esperando ansiosa Secret garden, ya que entre mi vena rockera se esconde una llena de pasión y ternura, pero bueno, no puedo quejarme de ninguna manera. Mr. Springsteen demostró que sigue siendo una gran leyenda con raza ajustada, y con un poder sobrenatural en su voz propio de lo que es, un verdadero Dios con los pies en la tierra.
16 de julio. Pero esto no termina aquí. La historia continúa. Y es que después de haber dormido pocas horas la noche anterior de la euforia del concierto, estaba por delante un día lleno de sorpresas. Amanecía un día precioso, de esos para pasear por la playa, o recorrer esa ciudad tan preciosa como es San Sebastián, tomar una cerveza en alguna terraza, leer un buen libro escuchando las olas del mar, o dar un paseo en bici. En uno de esos vagabundeos por la ciudad, al pasar entre el Teatro Victoria Eugenia y el Hotel María Cristina, justo más adelante al empezar el Puente Kursaal, caminaba con andares chulos y tirando a una cierta cojera inconfundible, de la mano de su esposa, un tipo de barbilla adelantada con perilla triangular, gorra verde rota, Ray ban de espejo, pendientes en sus dos orejas, chanclas, vaqueros apretados, camiseta blanca, y su cartera colgando de una enorme cadena; milagrosamente, era él. El mismo que la noche anterior estuvo sudando la gota gorda en Anoeta y que ni se me pasaba por la cabeza tenerle a 10cm. A cuenta de sus dos queridos guardaespaldas, no pude ni acercarme a tocarle para darme cuenta de que era de verdad; pero no tiré la toalla. Se dirigía a la playa de la Zurriola, donde estaban sus hijos haciendo surf; caminé cerca y al llegar me senté a unos escasos 5 metros. Estuve cuatro horas enteras admirándole, y sí, es de carne y hueso, y hasta come Kinder Bueno. Por fin, después de pasar una muy bonita tarde de sol, a la salida de la playa ¡lo conseguí!, pese a mi inglés no muy bueno, le dije unas palabrillas las cuales entendió y me agradeció; lo toqué, y posó para una foto conmigo(prometo que no es un montaje).
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