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Cantabria |
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Escenarios para el recuerdo Julio Ruiz de Salazar Irastorza Articulo
publicado por El Diario Montañes, en su edición del 22
de octubre de 2006. El deseo de las gentes de tener en sus recintos teatrales a los artistas mas idóneos y prestigiosos para ofrecerles su aplauso, se vio satisfecho merced a personas que con iniciativa, valor, y salvando obstáculos, hicieron realidad aquella ilusión. Grupos de teatro, concertistas, compañías de zarzuela, orquestas, solistas y revistas, pasaron por los escenarios de nuestra ciudad, deleitando a un público ávido de estos encuentros. Tal afición había, que dejaron su huella y semilla en muchas gestes, emulando, y con mucho acierto, las más de las veces, a aquellos maestros en recitales, montajes de varietés, zarzuelas y comedias, con motivos benéficos, dedicados a paliar en lo posible las necesidades de algunos convecinos. Es lamentable que haya tenido nuestra ciudad un largo periodo de vacío en estas actividades por lo que con sincero deseo damos la enhorabuena al recibir el nuevo lugar destinado a la representación del arte en su polifacética ejecución. En la crónica de Torrelavega de 1880, cuando la ciudad tenia 5.000 habitantes, ya consta la existencia de un teatro. No específica ni el nombre ni el lugar. Es posible que se refiriera al situado en la calle Julián Ceballos que se conocía como el Teatro de Urbina. Tenía gran capacidad y mucha actividad, tanta, que se proyectó agrandar su aforo pero cerró sus puertas sin realizar la obra; más tarde sería el Garaje Escudero, hasta su demolición para edificar viviendas. Pudo referirse también al Teatro de la Villa comprado por el Circulo Católico en 1890 y en el que se hizo una gran reforma. El teatro emblemático de la ciudad fue el Teatro Principal, inaugurado en 1905. Su arquitecto, Eugenio Lemus, fue el mismo que hizo el Circulo de Recreo. Insigne persona a quien Torrelavega está obligada a mostrarle gratitud por su afán de embellecerla con edificios singulares Fue un modelo de teatro coqueto, cómodo para cualquier representación, e insuficiente muchas veces, no por ser reducido su aforo, sino porque las atracciones eran de tal categoría que al acudir gentes de toda la comarca llenaban enseguida su capacidad. Además de teatro había en espacioso ambigú y una sala de baile, convertida muchas veces en lugar de reuniones sociales, cuando al bajar el telón después del acontecimiento de turno, se podía comentar lo acontecido en el escenario en animados coloquios. Perdió el encanto y el calor de aquellos agradables encuentros cuando con la llegada del cine tuvo que aumentar el aforo. Conservó el escenario pero desaparecieron los palcos y las plateas y el terciopelo rojo perdió el sello de elegancia y romanticismo que tuvo desde sus comienzos. No se puede olvidar en esta segunda etapa de cine al encargado de la proyección: Metrio. Típicos y constantes en las sesiones eran los gritos a su nombre y sobrenombre porque solía cambiar el orden de los rollos, cortar la escena en lo más interesante o poner el desenlace a la mitad de la proyección, provocando con ello la ira de la juventud traducida en sonoro pataleo. Cerca del Teatro Principal, en la misma calle, estaba la Sala Royal, sin escenario. Solamente se proyectaba cine. Incomodísima sala ya que los asientos eran de madera y corridos en la parte trasera de la estancia. Dada la afición de los torrelaveguenses al espectáculo y al deporte, se inauguro en 1892 el Teatro de Hoyos. Se practicaba toda clase de gimnasia dedicada al culto del músculo, muy en boga en los deportistas de la época. Eran frecuentes las representaciones circenses a cargo de compañías de diferente procedencia territorial. pero preferentemente se dedicaba al teatro en todos sus géneros. Con la llegada del Teatro Principal decayó su apogeo y cerró sus puertas. En 1911 un nuevo cine se inauguró, fue el Cine Vaccari, sin escenario, y con gran éxito por los comentarios del narrador de la escena ya que el cine era mudo. En 1930 aparece el Salón Pereda, de vida efímera, pasando a llamarse Gran Cinema, que fue teatro del pueblo y lugar de reunión. Su cierre, a finales de los 40, le resolvió el dueño del edificio enganchando a los soportes de las carteleras de anuncio existentes sobre la marquesina, unas cadenas tiradas por un camión, derribando la fachada y dejando a los que tomaban café, en aquel circulo, con el correspondiente horror y asombro. 1945 es el inicio de la vida del Cine Avenida. Lo hace con la película El Mago de Oz. Por su proximidad a la estación del Cantábrico, y coincidiendo aproximadamente los horarios de las finales de las sesiones con la llegada de los trenes, había un luminoso de bajo la pantalla que decía "el tren en la estación". Muchos espectadores se perdían el desenlace de lo visto hasta ese momento si querían convertirse en viajeros. Solía ocurrir cuando muere 'el malo', el beso final o el hallazgo del tesoro... Dos años más tarde abre sus puertas el precioso Coliseun Garcilaso. De estilo neoclásico, estaba profusamente decorado con bronces, mármoles terciopelos y suntuosas lámparas. Tenía todas las características de un teatro que podía situarse en las mejores capitales sin rubor y sí con orgullo. Sobre el escenario, un friso cortado con la efigie de Garcilaso en el centro y a los lados esculturas alegóricas a las artes y las letras. Fue motivo de visitas frecuentes de gentes curiosas por conocer aquella sorprendente novedad torrelaveguense. Merece la pena reseñar una escena de la que fui testigo. Un domingo, en sesión de tarde, entran en la sala dos mujeres de una localidad próxima. Miran, remiran, observan las águilas, el terciopelo, la alfombra, el techo con sus lámparas... todo pasó por sus miradas de sorpresa. En un instante pregunta una de las visitantes a su acompañante. ¿Quiénes son los de allí arriba? La respuesta fue inmediata y contundente: «Mujer», contesto, «el de en medio es Franco , el de la izquierda Coliseum y el de la derecha Garcilaso». Se sentaron, seguro, que satisfecha la de la respuesta de haber enseñado al que no sabe. Imposible reseñar todos los que por aquellos escenarios pasaron. Sería interminable. Todo lo bueno tiene una repercusión positiva. Me refiero al afán de las gentes de esta ciudad de emular a los artistas que se subieron a los escenarios, y que el buen sabor de boca dejado después de las actuaciones, incita por lo menos a iniciar un aprendizaje elemental aunque no fuera más que por propia satisfacción. Esta afición estaba fomentada desde los primeros años escolares. Hay que recordar que en casi todos los centros de enseñanza había un salón de actos con un escenario. Se representaban los llamados 'juguetes cómicos', sainetes, cuadros plásticos, coros, todo lo que años posteriores se iban a encontrar aquellos alumnos en los grandes escenarios. El teatro del Instituto Marqués de Santillana ha aguantado este vacío teatral con enorme dignidad dadas sus características. Igualmente soportó el pueblo tener que asistir a un escenario improvisado en una de las salas del ferial, si quería aprovechar los festivales de verano en los que pudimos asistir a las actuaciones de los artistas más representativos del momento. Con otros géneros más inferiores y populares no podemos olvidar a los teatros ambulantes instalados en la Llama anualmente durante las fiestas, como fueron el Teatro Argentino, Esman, Fison y otros en los que sus artistas nos traían las canciones más actuales, las revistas que ocupaban cartel en las capitales, humoristas y un sinnúmero de cuadros artísticos, muy aplaudidos por el numeroso público que casi siempre llenaba el recinto. En la sesión de noche las faldas de las coristas eran más cortas y los humoristas teñían sus dichos con otro color. Igual ocurría con las atracciones de la sala Maypu, situada en Quebrantada, y con las vedetes que a la hora de café deleitaban el ambiente desde los escenarios de los cafés Cántabro y Sport. No faltaron personas en nuestra ciudad con voces privilegiadas que hicieron en sus actuaciones las delicias de sus convecinos. De la larga lista existente entresaco alguna casi al azar, disculpándome porque el largo etcétera ocuparía muchas columnas de esta somera visión histórica. Fidela Gómez dejó huella en el Teatro Principal, cantando "El Cabo Primero"; el teatro se convirtió en un jardín por la profusión de flores que adornaron tan extraordinaria actuación. Ezequiel Cabrillo, de educada voz y perpetua afición, actuó en frecuentes festivales benéficos. Modesto González, que pese a su voluntad y aprendizaje, no llegó a alcanzar la meta deseada y se volvió a su ciudad dedicado a otro arte. Mención especial merecen aquellas personas que con tesón organizaron y dirigieron a amigos de excelente voluntad para llevar a cabo comedias, zarzuelas y cuanto supusiera atractivos programas en pro de meritísimos planes, como fueron Milagros Teira, Mery, la peluquera, o Ángel Lucio y Antonio Guerra al piano. Un
deseo muy ferviente para una feliz andadura del Teatro Concha Espina
que llenará el interés cultural que siempre los torrelaveguenses
han manifestado.
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