Elena
Berrazueta, Ana Fernández Peñalba, Mario Gutierrez estudiantes de bachillerato, Torrelavega
(Cantabria)
Este
es el año de la rebelión de las masas, que como tantas
veces en la historia arranca allí donde la pobreza y el abuso
laceran más. El foco esta puesto en el mundo árabe desatando
en occidente muchas reflexiones, desde el papel de las redes sociales,
hasta la función de los militares, pasando por crudas realidades
geo estratégicas. Pero ninguna es sobre nosotros.
En
esta secuencia infinita de conflictos el primero surgió en el
territorio más pobre de la región, el Sahara Occidental.
Maite Lorenzo es de esa opinión, por eso, el 27 de Febrero de
2002 creó Cantabria por el Sahara. Para prestar apoyo político,
social y humanitario, a un pueblo “deprimido y ocupado”.
En septiembre de 2010 Maite asistió en Argel, como observadora
Internacional por los Derechos Humanos en el Sahara Occidental. Allí
conocería a Jalil un joven activista saharaui, de los muchos
grupos independientes que actúan.
Al finalizar el congreso, en el que ya empezaban a vislumbrarse los
aires revolucionarios que ahora vivimos, Maite acompañó
a Jalil, y a otros 70 activistas hasta el Aaiun. Como en otras ocasiones
les acompañaban como observadores. Tanto el ejército como
la policía se encargan de reprimir la acogida de sus familiares
en el aeropuerto, incluso, en ocasiones, apaleándoles y arrestándoles.
Su papel entonces, es hacer de testigos, presenciar los hechos y si
es necesario actuar de escudos humanos para que esto no ocurra.
Pero aquel recibimiento fue distinto. Según Maite, la represión
fue inusitada. Quizá promovida por que de aquellas algo se movía
ya en el Magreb, y el gobierno de Hassan apostaba por el recurso nacionalista
y la lucha contra el separatista como medicina para unir a su pueblo.
El caso es que varias decenas de activistas acabaron en la Cárcel
Negra de El Aaiun. Un signo de la represión, donde centenares
de saharauis y opositores se hacinan en cubículos de 6 metros
cuadrados, unos encima de otros, sin apenas comida ni agua, y bajo temperaturas
altísimas.
“Creo que allí, y tras ese incidente se fraguó la
idea del Campamento Dignidad, la primera concentración pacífica
de oposición que vivió el Norte de África en esta
secuencia actual”, relata Maite.
A finales de octubre, los familiares de los presos, algunos colaboradores
magrebíes y jóvenes que habían ido escapando de
las persecuciones y las cárceles decidieron plantar cara al ocupante
y crear el campamento. “Somos pocos, y muy controlados, apenas
una cuarta parte de los 250.000 habitantes de la zona, y fácilmente
identificables, por los rasgos, el idioma y las secuelas de la mala
alimentación. Cuando decidimos dar el paso yo asumí las
tareas de seguridad. Advertir de la llegada de las fuerzas policiales,
evitar la entrada de maleantes y traficantes, enviados por el gobierno
para desprestigiar nuestro movimiento y coordinar a los voluntarios
que cuidaban de la población acampada. La situación fue
muy tensa, pues estábamos decididos a todo para recuperar nuestra
dignidad como pueblo, pero es difícil sin ayuda. Ningún
país quiere problemas con Marruecos, un bastión de Occidente
en la región. Los propios marroquíes, que protestan entre
dientes de la corrupción, la miseria que les arroja a la emigración
y los abusos de la monarquía, son cobardes, y se conforman con
las limosnas del régimen”. Es Jalil, uno de los pocos que
escapó a la represión. “Terminaba mi turno de vigilancia,
cuando vimos helicópteros, y miles de soldados del ejercito de
Marruecos, entonces reuní a todos los vigilantes de forma urgente,
y dimos prioridad a sacar del campamento a mujeres, niños y ancianos”
asegura Jalil, mientras hace una pausa, seguramente pensando en alguna
persona que conocía y perdió allí la vida, “Los
mas jóvenes hicimos cadenas humanas, para dar tiempo a nuestras
familias a huir hacia el Aaiun” “Tras toda la noche de enfrentamientos
de piedras contra metralletas, ya no pudimos estar mas, y nos fuimos
al Aaiun”, hace una pausa y toma café, y después
de un largo suspiro, “ Lo peor fue al regresar a casa, ver todos
los muertos en la cunetas”.
En
noviembre, el ejercito asalto el campamento poniendo fin a la revuelta,
y principio a las persecuciones.
“Desde
entonces seguimos movilizados, aunque el gobierno marroquí se
está encargando de fracturar el grupo y así romper la
fuerza de la lucha. La mayoría de los jóvenes están
siendo deportados a otros países para evitar las concentraciones.
Están consiguiendo una población de niños, mujeres
y ancianos. Pero no nos rendimos, aunque Occidente nos haya colocado
sordina, al contrario que a Libia o a Tunez”.
Jalil para su narración. De vez en cuando sufre ausencias, se
queda absorto, y es cuando en esta conversación con ambos, en
un café de Santander, Maite retoma el hilo. “Pese a que
ya no se habla de ellos, todavía quedan jóvenes, que se
están reorganizando, pero todo esta muy controlado. La policía
se encarga de vigilar la situación. Están atentos ante
cualquier movimiento o reunión en la que haya más de diez
personas, quieren mantener a todos a raya. A las ocho hay un “toque
de queda” y todos tienen que estar en sus casas. Y no se andan
con miramientos, han llegado hasta pegar un tiro a los que lo incumplen”.
Y es entonces cuado Jalil regresa a la realidad. “Y todavía
hay quien se pregunta porque aquello fracasó. No se puede llegar
a lo mismo que en Túnez si tienes que enfrentarte a un policía
con una K47 o una automática, con una navaja o unas piedras.
Además somos un grupo reducido de gente, en el caso de Túnez
o Egipto se ha volcado la población entera. En nuestro caso somos
solo los saharauis. En el caso de que estallaran las revueltas, los
marroquíes saben que seria nuestra oportunidad para defender
nuestros derechos, y el gobierno les ha inculcado esa prioridad, el
nacionalismo. Muchas veces, en las calles hablamos con los marroquíes
y les decimos que porque no se revolucionan y ellos siempre responden,
empezar vosotros y nosotros os seguimos. Están a la espera para
ver qué sucede e ir ellos detrás. Pero no irán
detrás. Marruecos no esta maduro para iniciar una transición.
Como en la España de Franco, el régimen tiene apoyos en
la población.
En enero, la situación se volvió tan peligrosa que Jalil
tuvo que huir y hoy sigue aquí, en Santander, bajo la protección
de Maite y otros activistas, siempre pendiente de una visita inesperada.
Siempre pendiente de su tierra.
Pero el problema al final no es el Sahara, ni Libia, ni Egipto. El problema
es que en pleno siglo XXI hemos alcanzado en occidente el progreso,
dejando miles de muertos en el camino, en nombre de la libertad y de
los derechos humanos, de los nuestros claro, admitiendo como asumible,
la desgracia de otros como un precio a nuestro bienestar. Jalil esta
triste porque sabe que las potencias no han comprendido que su papel
internacional no es solo vigilar sus intereses, sino asumir responsabilidades
y solventar los problemas comunes. Al final, nada ha cambiado desde
la Prehistoria, el progreso sigue siendo el resultado de la lucha entre
estados, del conflicto, y este, los saharauis lo han perdido, y quien
sabe cuantos pueblos más.
¿Y
tu que opinas?
Opina
y reflexiona, pero ser respetuoso. Esta web permite los comentarios
sin ser usuario registrado, pero te sugerimos que te identifiques,
como una forma de crear comunidad y compartir ideas.