|
|
El
laberinto pakistani
Eduardo
Ingelmo
estudiante de bachillerato, Madrid
De izquierda a derecha
Musharraf, en una reciente entrevista con Bush.
(Foto :jonkepa,wordpress)
Los
gobiernos mas influyentes del mundo se encuentran hondamente preocupados
por la declaración de estado de excepción en Pakistán
a mano del general Pervez Musharraf , lo que le ha permitido suspender
la Constitución, cerrar todos los medios de comunicación
independientes, desplegar sus fuerzas en la capital, Islamabad, y ,
sobre todo, destituir al presidente del Tribunal Supremo, cuyos magistrados
se habían convertido en los últimos meses en el primer
obstáculo legal a su poder, liderando una creciente oposición
popular a su gobierno.
El
general Pervez Musharraf, uno de los hombres clave en el complejo tablero
asiático es presidente de Pakistán y jefe del ejército
desde su llegada al poder, tras un golpe incruento, en 1999.
Nacido en Nueva Delhi en 1943, se traslado a Pakistán en 1947,
tras la partición del territorio posterior a la descolonización
británica. De padre diplomático, su formación en
colegios de elite y cristianos, y el hecho de haber residido en diversos
lugares del mundo le ha otorgado una incuestionable formación
política y militar. Militar de carrera desde 1964, ostenta diversas
condecoraciones obtenidas en sus años de servicio en las guerras
indo-pakistaníes, y en guerra desatada tras la secesión
de Bangla Desh, lo que le ha valido, también una notable influencia
y respeto en el seno del ejercito.
Precisamente ese hecho resultaría decisivo para su salto a la
política desde la dirección de un cuerpo de elite en 1999.
En un país marcado por una democracia formal, en la que le clientelismo,
la existencia de clanes familiares que dominan la política y
la existencia de amplias regiones del país fuera de control,
por la presión tribal, la corrupción esta al cabo del
día. Su prestigio, y esa situación política le
permitieron, sin oposición, derribar al presidente democrático
Nawaz Sahrif, y tras un periodo en que había prometido la interinidad
suficiente para limpiar el país, proclamarse presidente de la
republica (junio de 2001). Inicialmente el golpe contó con la
tibia oposición internacional, preocupada por la desestabilización
de uno de los países más influyentes de Asia, además
de potencia nuclear declarada. Pero los acontecimientos de 2001 en Estados
Unidos, y el ataque occidental a Afganistán, pais vecino del
suyo, le convirtieron en una pieza imprescindible de la guerra contra
el terrorismo internacional, consiguiendo el apoyo de la comunidad internacional.
El pasado 6 de octubre, y en unas polémicas elecciones de escasas
garantías, con la oposición maniatada, con la judicatura
en contra, y una ola de violencia islamista sin precedentes, el general
fue reelegido presidente. Pese a ello, los tribunales no han dado por
buena su reelección, dado que al presentarse a la reelección
debería, según la ley, debería haber renunciado
previamente a su cargo militar, para evitar una posición privilegiada
en el proceso. Quizá por ello, Musharraf ha tomado esta vía
de eliminar el tribunal supremo, que le bloqueaba y lanzar una gran
ofensiva contra los santuarios taliban del norte del país, una
forma de conseguir el apoyo americano. []
Uno de los argumentos de Musharraf para proclamar el estado de excepción
ha sido que "el "sistema gubernamental del país estaba
paralizado por las injerencias judiciales", lo que exige "nuevo
orden constitucional provisional". Al tiempo se prometía
una provisionalidad que, dice, no impedirá la restauración
de la democracia tras las elecciones generales previstas para enero
de 2008. Tras oponerse al golpe y declarara al gobierno ilegal, el presidente
el Tribunal Supremo de Pakistán, Iftikhar Chaudhry, ha sido puesto
"bajo custodia" en un lugar no revelado.
También ha condenado la acción la ex primera ministra
Benazir Bhutto, que ha regresado recientemente del exilio para dirigir
su partido con vistas a las próximas elecciones. Por el contrario,
en su declaración al país, Musharraf ha justificado las
medidas en la hostilidad del poder judicial al estado, que obstaculiza
la eficacia de este y amenaza la soberanía de Pakistán,
acuciado por el terrorismo y el extremismo, que han provocado 420 muertes
desde julio de 2007.
Pese a todo, la acción se vislumbra como un intento desesperado
de conservar su poder frente a la creciente oposición desarrollada
por el Tribunal Supremo, los partidos políticos y los islamistas
radicales. Junto a los jueces, han sido detenidos destacados abogados
paquistaníes, caso de Aitzaz Ahsan, que han encabezado importantes
protestas desde primavera.

Policias pakistanies custodian la sede del Tribunal
Supremo tras el golpe de noviembre de 2007.
(Foto: Elpais)
Tras
estos acontecimientos, diversos medios internacionales se han hecho
eco de la posibilidad de que Musharraf este moviéndose para evitar
lo que podría ser una operación de ataque en toda regla
de su antaño aliado EE.UU.
Demócratas y republicanos, se muestran desde hace meses preocupados
por la tendencia del dictador a tolerar “elementos” en el
ejército y en los servicios de inteligencia que mantienen vínculos
ideológicos y estratégicos con militantes islámicos
“extremistas”.
Aunque en un principio, Washington considero a Pakistán un elemento
clave en su guerra global contra el terrorismo internacional, al poseer
este país una larga frontera con Afganistán, y ser las
provincias occidentales pakistaníes sede de tribus, clanes y
grupos pro talibanes, la falta de implicación total de Musharraf
en la guerra, y las conocidas relaciones del dictador con esos grupos,
para mantener su poder en esas lejanas zonas (como en u reciente reportaje
ha demostrado la BBC), han hecho cuestionar a Bush la conveniencia de
mantener al general en el poder, sobre todo después del gran
cuestionamiento social que sufre. Y es que la CIA ha mantenido en los
últimos años una especie de subcontratación de
operaciones con grupos y países (es el caso de Pakistán),
hasta que estos, sumidos en el doble juego de sus intereses locales
y los de Washington, caen en la esquizofrenia. De hecho, ya hace una
semana, el gobierno pakistaní tuvo que hacer frente a los comentarios
sobre una posible intervención militar americana en suelo pakistaní
para neutralizar los refugios talibanes. De hecho, la pasada semana,
el gobierno notifico la muerte del comandante talibán, Abdulah
Mehsud, supuestamente liberado por los americanos de la cárcel
de Guantánamo para, con ayuda de la CIA, desestabilizar al gobierno
de Musharraf en Pakistán.
Según medios occidentales, entre los medios locales circulan
versiones que apuntan a un intento por parte del presidente Musharraf
de adelantarse a una especie de “golpe de mano” que estarían
preparando diferentes sectores del país para justificar una intervención
de EEUU en Pakistán. Intervención que también estaría
fundamentada en el crecimiento de la violencia yihadista, una de cuyas
pruebas seria la rebelión y sangrienta represión de los
ocupantes de la Mezquita Roja, de este pasado verano.
Lo cierto es que los grupos más conservadores de EEUU se muestran
preocupados por los acuerdos del gobierno de Musharraf en 2004 y 2006
con los grupos pro-talibanes en las provincias fronterizas Waziristán
del Sur y del Norte, y que de hecho solo han servido para que estos
grupos crezcan en número de combatientes y en capacidad logística.
Un testimonio contundente ha sido el de la periodista Carlotta Gall,
corresponsal del diario The New York Times, que tras su visita en enero
a la frontera afgano-pakistaní señalo que “las autoridades
de Pakistán fomentan a los insurgentes, si no los auspician”.
En las provincias pakistaníes fronterizas con Afganistán
abundan las madrassas (escuelas islámicas), de donde surgen combatientes
musulmanes. El número de partidarios del terrorismo islámico
en Pakistán se estima en cientos de miles, señaló
la corresponsal.
Cabe recordar que Musharraf ayudó al partido Jammat-e-Islami,
que tuvo en el pasado supuestos “vínculos con Al Qaeda”,
y a otros cinco grupos musulmanes aliados a ganar las elecciones regionales
de octubre de 2002 en las provincias fronterizas con Afganistán.
Por ello, y aunque parezca aparentemente descabellado, no lo es tanto
el hecho de que la CIA haya pactado con un sector talibán para
desestabilizar y derrocar a Musharraf, justificando así la intervención
militar en Pakistán, hecho que el dictador sabe.
Ya en febrero pasado, el vicepresidente Dick Cheney visitó Islamabad
acompañado del vicedirector de la Agencia Central de Inteligencia
(CIA), Stephen R. Kappes, después de que varios funcionarios
del departamento de estado filtraran al periódico The Washington
Post que tenían evidencias de que campamentos de Al Qaeda en
Pakistán estaban entrenando a combatientes islámicos.
Las amenazas vertidas por Cheney en aquel viaje (suspender la asistencia
a Pakistán si Islamabad no actuaba decididamente contra Al Qaeda),
estan en el origen de los acontecimientos de esta semana, tras lo que
esconde la falta de confianza de Bush en su antiguo aliado, y los preparativos
de este para defenderse y obtener apoyos internos ante una eventual
guerra civil, golpe de estado o invasión.
Opina y vota por este artículo
|

|