232, noviembre 2007
   
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El laberinto pakistani

Eduardo Ingelmo
estudiante de bachillerato, Madrid



De izquierda a derecha Musharraf, en una reciente entrevista con Bush.
(Foto :jonkepa,wordpress)

Los gobiernos mas influyentes del mundo se encuentran hondamente preocupados por la declaración de estado de excepción en Pakistán a mano del general Pervez Musharraf , lo que le ha permitido suspender la Constitución, cerrar todos los medios de comunicación independientes, desplegar sus fuerzas en la capital, Islamabad, y , sobre todo, destituir al presidente del Tribunal Supremo, cuyos magistrados se habían convertido en los últimos meses en el primer obstáculo legal a su poder, liderando una creciente oposición popular a su gobierno.

El general Pervez Musharraf, uno de los hombres clave en el complejo tablero asiático es presidente de Pakistán y jefe del ejército desde su llegada al poder, tras un golpe incruento, en 1999.
Nacido en Nueva Delhi en 1943, se traslado a Pakistán en 1947, tras la partición del territorio posterior a la descolonización británica. De padre diplomático, su formación en colegios de elite y cristianos, y el hecho de haber residido en diversos lugares del mundo le ha otorgado una incuestionable formación política y militar. Militar de carrera desde 1964, ostenta diversas condecoraciones obtenidas en sus años de servicio en las guerras indo-pakistaníes, y en guerra desatada tras la secesión de Bangla Desh, lo que le ha valido, también una notable influencia y respeto en el seno del ejercito.
Precisamente ese hecho resultaría decisivo para su salto a la política desde la dirección de un cuerpo de elite en 1999. En un país marcado por una democracia formal, en la que le clientelismo, la existencia de clanes familiares que dominan la política y la existencia de amplias regiones del país fuera de control, por la presión tribal, la corrupción esta al cabo del día. Su prestigio, y esa situación política le permitieron, sin oposición, derribar al presidente democrático Nawaz Sahrif, y tras un periodo en que había prometido la interinidad suficiente para limpiar el país, proclamarse presidente de la republica (junio de 2001). Inicialmente el golpe contó con la tibia oposición internacional, preocupada por la desestabilización de uno de los países más influyentes de Asia, además de potencia nuclear declarada. Pero los acontecimientos de 2001 en Estados Unidos, y el ataque occidental a Afganistán, pais vecino del suyo, le convirtieron en una pieza imprescindible de la guerra contra el terrorismo internacional, consiguiendo el apoyo de la comunidad internacional. El pasado 6 de octubre, y en unas polémicas elecciones de escasas garantías, con la oposición maniatada, con la judicatura en contra, y una ola de violencia islamista sin precedentes, el general fue reelegido presidente. Pese a ello, los tribunales no han dado por buena su reelección, dado que al presentarse a la reelección debería, según la ley, debería haber renunciado previamente a su cargo militar, para evitar una posición privilegiada en el proceso. Quizá por ello, Musharraf ha tomado esta vía de eliminar el tribunal supremo, que le bloqueaba y lanzar una gran ofensiva contra los santuarios taliban del norte del país, una forma de conseguir el apoyo americano. []
Uno de los argumentos de Musharraf para proclamar el estado de excepción ha sido que "el "sistema gubernamental del país estaba paralizado por las injerencias judiciales", lo que exige "nuevo orden constitucional provisional". Al tiempo se prometía una provisionalidad que, dice, no impedirá la restauración de la democracia tras las elecciones generales previstas para enero de 2008. Tras oponerse al golpe y declarara al gobierno ilegal, el presidente el Tribunal Supremo de Pakistán, Iftikhar Chaudhry, ha sido puesto "bajo custodia" en un lugar no revelado.
También ha condenado la acción la ex primera ministra Benazir Bhutto, que ha regresado recientemente del exilio para dirigir su partido con vistas a las próximas elecciones. Por el contrario, en su declaración al país, Musharraf ha justificado las medidas en la hostilidad del poder judicial al estado, que obstaculiza la eficacia de este y amenaza la soberanía de Pakistán, acuciado por el terrorismo y el extremismo, que han provocado 420 muertes desde julio de 2007.
Pese a todo, la acción se vislumbra como un intento desesperado de conservar su poder frente a la creciente oposición desarrollada por el Tribunal Supremo, los partidos políticos y los islamistas radicales. Junto a los jueces, han sido detenidos destacados abogados paquistaníes, caso de Aitzaz Ahsan, que han encabezado importantes protestas desde primavera.


Policias pakistanies custodian la sede del Tribunal Supremo tras el golpe de noviembre de 2007.
(Foto: Elpais)

Tras estos acontecimientos, diversos medios internacionales se han hecho eco de la posibilidad de que Musharraf este moviéndose para evitar lo que podría ser una operación de ataque en toda regla de su antaño aliado EE.UU.
Demócratas y republicanos, se muestran desde hace meses preocupados por la tendencia del dictador a tolerar “elementos” en el ejército y en los servicios de inteligencia que mantienen vínculos ideológicos y estratégicos con militantes islámicos “extremistas”.
Aunque en un principio, Washington considero a Pakistán un elemento clave en su guerra global contra el terrorismo internacional, al poseer este país una larga frontera con Afganistán, y ser las provincias occidentales pakistaníes sede de tribus, clanes y grupos pro talibanes, la falta de implicación total de Musharraf en la guerra, y las conocidas relaciones del dictador con esos grupos, para mantener su poder en esas lejanas zonas (como en u reciente reportaje ha demostrado la BBC), han hecho cuestionar a Bush la conveniencia de mantener al general en el poder, sobre todo después del gran cuestionamiento social que sufre. Y es que la CIA ha mantenido en los últimos años una especie de subcontratación de operaciones con grupos y países (es el caso de Pakistán), hasta que estos, sumidos en el doble juego de sus intereses locales y los de Washington, caen en la esquizofrenia. De hecho, ya hace una semana, el gobierno pakistaní tuvo que hacer frente a los comentarios sobre una posible intervención militar americana en suelo pakistaní para neutralizar los refugios talibanes. De hecho, la pasada semana, el gobierno notifico la muerte del comandante talibán, Abdulah Mehsud, supuestamente liberado por los americanos de la cárcel de Guantánamo para, con ayuda de la CIA, desestabilizar al gobierno de Musharraf en Pakistán.
Según medios occidentales, entre los medios locales circulan versiones que apuntan a un intento por parte del presidente Musharraf de adelantarse a una especie de “golpe de mano” que estarían preparando diferentes sectores del país para justificar una intervención de EEUU en Pakistán. Intervención que también estaría fundamentada en el crecimiento de la violencia yihadista, una de cuyas pruebas seria la rebelión y sangrienta represión de los ocupantes de la Mezquita Roja, de este pasado verano.
Lo cierto es que los grupos más conservadores de EEUU se muestran preocupados por los acuerdos del gobierno de Musharraf en 2004 y 2006 con los grupos pro-talibanes en las provincias fronterizas Waziristán del Sur y del Norte, y que de hecho solo han servido para que estos grupos crezcan en número de combatientes y en capacidad logística.
Un testimonio contundente ha sido el de la periodista Carlotta Gall, corresponsal del diario The New York Times, que tras su visita en enero a la frontera afgano-pakistaní señalo que “las autoridades de Pakistán fomentan a los insurgentes, si no los auspician”.
En las provincias pakistaníes fronterizas con Afganistán abundan las madrassas (escuelas islámicas), de donde surgen combatientes musulmanes. El número de partidarios del terrorismo islámico en Pakistán se estima en cientos de miles, señaló la corresponsal.
Cabe recordar que Musharraf ayudó al partido Jammat-e-Islami, que tuvo en el pasado supuestos “vínculos con Al Qaeda”, y a otros cinco grupos musulmanes aliados a ganar las elecciones regionales de octubre de 2002 en las provincias fronterizas con Afganistán.
Por ello, y aunque parezca aparentemente descabellado, no lo es tanto el hecho de que la CIA haya pactado con un sector talibán para desestabilizar y derrocar a Musharraf, justificando así la intervención militar en Pakistán, hecho que el dictador sabe.
Ya en febrero pasado, el vicepresidente Dick Cheney visitó Islamabad acompañado del vicedirector de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Stephen R. Kappes, después de que varios funcionarios del departamento de estado filtraran al periódico The Washington Post que tenían evidencias de que campamentos de Al Qaeda en Pakistán estaban entrenando a combatientes islámicos. Las amenazas vertidas por Cheney en aquel viaje (suspender la asistencia a Pakistán si Islamabad no actuaba decididamente contra Al Qaeda), estan en el origen de los acontecimientos de esta semana, tras lo que esconde la falta de confianza de Bush en su antiguo aliado, y los preparativos de este para defenderse y obtener apoyos internos ante una eventual guerra civil, golpe de estado o invasión.

 


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