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Benazir
Bhutto, el asesinato de un sueño
Irene
Martín Tomas
Estudiante de ingenieria electronica,
Madrid

A tiros la
líder opositora paquistaní y ex primera ministra Benazir
Bhutto ha sido asesinada en Rawalpindi durante un mitin de su partido,
el Partido Popular de Pakistán (PPP). Tras el crimen, su asesino
se hizo estallar en medio de la multitud de sus seguidores causando
decenas de muertos y heridos, y llevándose con él el secreto
de quien instigo el asesinato.
“Pinkie”, como solía llamarla su familia, la “hija
del este”, como gustaba de ser llamada, Benazir Bhutto ha muerto
dejando abierto, quizás, uno de los cofres de Pandora mas violentos
y horrendos.
La muerte de Bhutto deja huérfana a la oposición democrática
pakistaní, allana a la larga el camino dictatorial de Musharraf,
a la vez que siembra de dudas la viabilidad en paz de este complejo
país.
Bhutto representaba como nadie las ansias de libertad de este mosaico
racial y de esta tan importante pieza en el tablero en que se juega
el enfrentamiento internacional de occidente contra el islamismo radical.

Bhutto mezclaba en su persona, un aura de libertadora y defensora de
los derechos civiles, con el estigma nunca totalmente demostrado de
una corrupción salvaje.
Había sido la primera mujer en dirigir un país islámico.
Hija del líder demócrata Zulfikar Ali Bhutto, había
sido testigo con 20 años de la detención y ejecución
de su padre, hasta entonces primer ministro, por el dictador Zia Ul
Haq. Bella, elegante, culta y de una refinada y excelente preparación
en Harvard y Oxford, donde curso Ciencias Políticas, accedió
al poder, por primera vez en 1988, como primera ministra por el PPP
(Partido Popular del Pakistán), perdiendo el poder dos años
después. Volvería al poder en el periodo 1993-1996, año
en que también seria apartada acusada de corrupción, como
en el caso anterior. Esas acusaciones la habían llevado al exilio
en 1999, del que había regresado en junio de 2007, para liderar
la lucha contra Musarraf en las elecciones de enero de 2008.
Su vida ha estado marcada por los atentados (tres con el que le costo
la vida), largos periodos de exilio, prisión o arresto domiciliario,
y hasta un matrimonio de conveniencia (otra cárcel mas según
ella), del que lo mejor que se la ocurrió decir (a medio camino
entre su educación occidental y su respeto a las costumbres ancestrales
de su pueblo), fue «Un matrimonio de conveniencia tiene aspectos
muy positivos, acudes con pocas expectativas, y esto, en cierta medida,
hace más fácil la convivencia».
Las vicisitudes por las que atravesó su vida habían forjado
en ella un carácter recio e indomable, que atraía fuertemente
a su pueblo. En 1990, tras un triunfo arrollador en las primeras elecciones
tras la dictadura, el presidente Ishaq Khan la destituyó acusándola
de abuso de poder, nepotismo y corrupción, disolvió la
Asamblea y convocó nuevos comicios. Ante ello sus palabras resultaron
proféticas, “Mi carácter es muy luchador, cuando
más dificultades tengo más ganas de vencer me nacen. Cuando
me arrinconan contra la pared, más puedo luchar”.

Una lucha que no conocía fronteras. De hecho, en la actualidad
había alcanzado un acuerdo con Musharraf, su gran enemigo, con
el que alcanzó un acuerdo para su regreso y participar en el
proceso electoral, a cambio de no elevar sus criticas, pacificar a sus
masas y recibir el carpetazo en los procesos judiciales abiertos contra
ella. Este pacto dio argumentos a quienes la tachaban de ambiciosa,
oportunista con sed de poder, y traidora por colaborar con la dictadura.
Criticas que eran visibles y conocidas incluso entre miembros de su
familia. Pero eso no arredro en estos meses a Benazir. Era una mujer
sin pelos en la lengua que siempre iba más allá de cualquier
respuesta que se esperase y que sentía un especial placer contando
sus sueños y sus planes, la mayoría vinculados a la libertad
de su pueblo, y a la libertad de las mujeres en el seno del Islam. Era
consciente de esa crítica y se defendía argumentando que
no era ciega a la falta de limpieza del régimen, pero que había
que ser realista, había que intentar por cualquier vía,
incluso la del compromiso con el tirano salvar la democracia y preparar
el terreno a unas elecciones imparciales. Era solo un paso en un plan
gradual y largo, y espinoso hacia una democracia más completa.
Y esa actitud formaba el complejo puzzle de sus enemigos. El gobierno
de Musarraf, que veía en ella, callada o gritando al aire, un
enemigo mortal para su poder dictatorial, los radicales islámicos,
que se negaban a someterse a una mujer que, además, había
manifestado reiteradamente su compromiso en una guerra sin cuartel con
Al Qaeda, grupo con grandes apoyos en las frontera tribal con Afganistán,
y su compromiso con la desnuclearización de la zona.

Pero
su mayor enemigo siempre fue, sin duda, su pasado. Encumbrada e idolatrada
cuando alcanzo el poder en 1988, como la gran esperanza para acabar
contra la pobreza, las desigualdades sociales y el analfabetismo, pronto
se revelo como una gran líder, pero como una gobernante más
que discutible. La razón, desconfiaba de todo el mundo, no delegaba,
se aislaba del pueblo rodeada por una camarilla de pelotas y tramposos,
entre ellos la familia de su esposo, de una voracidad por robar increíble.
Su alejamiento del poder parecía irremediable, hasta que los
atentados de Nueva Cork en 2001, convirtieron a Pakistán, al
Pakistán canalla y tiránico de Musarraf un aliado imprescindible
para los Estados Unidos. Pero el plan contaba con un fallo, su falta
de pedigrí democrático, y ahí entraba Bhutto, ella,
si colaboraba con el poder para organizar una pantomima de elecciones,
favorecería el reingreso de su país en la comunidad internacional
de la que estaba aislado por su carácter dictatorial y feroz.
Pero en los planes de Bhutto, que se presto al juego, no entraba ser
la comparsa, y quizá eso la ha matado. Su entrada en ese juego
con Estados Unidos y con el dictador no solo la revelo como una mujer
ambiciosa, con pocos escrúpulos políticos, sino que la
atrajo nuevos enemigos, aquellos favorables a la Yihad o Guerra Santa,
los mas críticos con Estados Unidos (amigo a la vez de su tradicional
enemigo India), favorables a la lucha anti occidental de Al Qaeda, antiguos
partidarios del anterior dictador Zia Ul Haq y oficiales jóvenes
del Ejército y de las Fuerzas Aéreas. Hecho este sobre
el que resulta significativo que el asesinato de Bhutto se produjera
en la ciudad de Rawalpindi, sede del cuartel general del Ejército
y de los poderosos Servicios de Inteligencia Interior.
Todos
esos riesgos eran de sobra conocidos por Bhutto cuando decidió
hace unos meses regresar a Pakistán, como ella dijo entonces
para defenderse con la fuerza de la democracia y demostrar que el auténtico
Islam se opone a la violencia y al terrorismo. Un regreso que pretendía
hacer ver al mundo que Pakistán vivía desde hacia tiempo
al limite de su supervivencia, con un ejercito sobredimensionado que
coloca el riesgo innecesario a sus soldados, y gobierno vuelto sobre
si que pone en riesgo a toda la sociedad civil. Para alcanzar esos objetivos
Bhutto pretendía desarrollar un programa basado en dos puntos.
Primero preparar lo más rápidamente posible la reforma
electoral. Después crear una comisión parlamentaria para
iniciar el proceso de separación entre el Ejército y la
política. Nunca podrá llevar a cabo su plan. O quizás
si, si su maldición se cumple: "Quien arranque la vida de
una mujer arderá en el infierno". ¿Pero quien será
el nuevo inquilino de Lucifer?
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