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Opinion |
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Y el rey rugió
La reacción del rey Juan Carlos I en la cumbre iberoamericana, ante las provocaciones de varios dirigentes, encabezados por Hugo Chavez, ha sorprendido a la opinión publica española y a medios diplomáticos, pues no se corresponde con la imagen comedida y controlada de la que el rey ha sido ejemplo en estos años, en los que el monarca ha sido un modelo a seguir en cuanto al dominio de sentimientos, emociones y tensiones, siempre abordadas por él de manera ejemplar. Pero,
por encima de su reacción, tres cuestiones causales destacan
en este grave incidente.
En segundo lugar, la reprobable actitud de Ortega, Chavez y Kichner
esta avalada por una larga lista de dejaciones de autoridad por nuestra
parte. Hemos abandonado nuestros principios y con ellos a la oposición
cubana, venezolana o boliviana en aras de no enemistarnos con gobiernos
que envalentonados, nos critican, animan a grupos subversivos, si no
terroristas, de nuestro país y atacan los intereses de empresas
claves en el desarrollo económico español. Hasta el punto
de haber ennegrecido nuestra relación con aliados estratégicos
como Francia, Italia o EE.UU. por defender los intereses de esos países,
en forma de contratos militares, derechos preferenciales de comercio
o explotación de recursos. Llegando al sin sentido de que una
potencia histórica y económica como España, que
tiene obligaciones con nuestras ex colonias, pero también un
ascendente moral y ético, se arrodille ante republicas de democracia
cuestionable o inexistente como Bolivia, Venezuela o Cuba, que persiguen
a nuestros ciudadanos, olvidando el papel mantenido por nuestros empresarios
en su desarrollo, y la constancia en la inversión y el mantenimiento
de empleo en esos países, en gravísimas circunstancias,
en las que otros estados abandonaron a las economías latinoamericanas
a su suerte. Hoy América Latina está, no lo olvidemos,
dividida en dos grandes grupos político-económicos. Los
países pro-occidentales del ALCA, y un grupo minoritario, el
ALBA, amalgamado por una estética revolucionaria de verbo bolivariano,
que bajo premisas caducas y en parte falsas azuza a las sociedades de
sus países contra lo que llaman el neocolonialismo español,
acusando a nuestro país de controlar sus servicios básicos
(luz, gas, teléfono, residuos) a través de nuestras multinacionales,
sin percatarse de que ellas mantienen unos servicios que sin ellas,
probablemente no existirían. Y que esas compañías
van guarnecidas por una legión de ONG, proyectos de desarrollo
a fondo perdido por parte del gobierno, o fundaciones privadas de esas
mismas compañías, y que han evitado y evitan a esas poblaciones
precipitarse al abismo de una sociedad aun mas pobre e injusta. En un tercer plano, la actitud del rey es cuando menos desconcertante, por inesperada, y también porque revela un comportamiento desafortunado en un servidor público profesional (pese a las dudas que existen de que parte de su comportamiento estuviera pactado con le presidente del ejecutivo), por cuanto los sentimientos deben ser, en este tipo de situaciones y oficios, sustituidos por el autocontrol preciso para defender la posición mas adecuada del colectivo al que se representa. Pero dicho eso, el gobierno no ha estado fino en la previsión de un incidente que se veía venir. Tanto por los precedentes en otras cumbres (Perú por ejemplo), como por la actitud de hostilidad hacia España y sus empresas mantenida por Chávez y sus correligionarios, desde hace meses. Con esos avisos, mantener al jefe del estado subido al ring, 24 horas después del primer ataque verbal del venezolano, no parece prudente, pues el rey, por encima de los partidos representa a la nación, sin política, y no puede permanecer impasible ante tales provocaciones. Pero es que además, es comprensible en lo humano, no en lo político, la irascibilidad del monarca, una manifestación mas de la tensión que se vive en la vida política española, en su caso jalonada de ataques en algunos medios (parece mentira que de la iglesia), diatribas esquizofrenicas de personajes acabados para la política como Anasagasti, que a través de la critica visceral pretenden recuperar protagonismo, y actos repudiables, como la mofa, la calumnia o la quema de imágenes. Olvidando que el rey es un simbolo de todos nosotros.
Convendría,
en aras de la pedagogía, recordar a las nuevas generaciones,
que este tipo de actitudes, por muy masculinas y patrióticas
que parezcan, no resultan, ni ejemplificadoras, ni convenientes, ni
propias de un rey. Al tiempo que es preciso recordar que el rey del
que hablamos, no es un rey cualquiera, sino uno capaz de enfrentarse
a poderosos grupos de presión para defender los derechos democráticos
de su pueblo, traer a España la democracia, en paz, defenderla
de golpistas y mediar entre fuerzas e intereses contrapuestos durante
mas de treinta años, los treinta años de mayor calma y
prosperidad que nuestra sociedad ha conocido, y de los que él
es uno de los máximos artífices.
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