nº 185 - diciembre 2006
   
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La Paz


 

 

 

 

 

 

 

Vicente Sámano

E. Balbás Fernandez

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Cuando el hombre se hace grande es cuando alcanza en plenitud su faceta de creador, esa que le entrega a los demás, que le lleva a la renuncia propia, si es preciso, para volcar toda su energía en el crecimiento y la exaltación de los otros. Así entendió Vicente Sámano Pacheco su vida. Una labor permanente e impenitente dedicada por entero a la creación. Sámano comenzó en 1958 una brillante carrera que le llevaría a ser pieza fundamental en la arquitectura de Cantabria. Durante mas de cuarenta años, no habría obra menor o mayor que no llevara su sello, en la que no ejerciera su impronta, que no fuera testigo de su afán creador y perfeccionista. El suyo ha sido desde siempre trabajo implicado y cómplice, volcado en sus hombres y junto a ellos, apoyado en los planos que elaboraba con maestría, y sustentado en el barro, la piedra y el cemento, junto a sus hombres, en cada paso de su creación. Fue protagonista de obras emblemáticas de nuestra región, como el Palacio de Festivales de Santander, que levanto junto al arquitecto Sainz de Oiza, o ,sobre todo, el Colegio de Ntra. Sra. de la Paz, obra de arte catalogada en el patrimonio de Cantabria,estudiada con afán en prestigiosas cátedras de arquitectura, y que llevaría a buen término junto a otros tres magníficos, el arquitecto Fray Coelho de Portugal, el escultor Xavier Subirachs y el Padre Angel Lucas. Junto a su obra arquitectónica, Sámano se volcó durante 37 años, y con auténtica devoción a otra labor creadora aun mas ingente, la de profesor y educador. Desde las aulas del Colegio La Paz, desarrollo un auténtico magisterio que muchas generaciones hemos admirado y agradecido. Ayudo desde ellas a forjar hombre y mujeres, a movilizar vocaciones, a educar ciudadanos y a tañer espíritus, menos adormecidos que los actuales. Fue así, y en todos los sentidos, maestro de una brillante generación de arquitectos, que desde Torrelavega se proyectan al mundo, y hacen grande nuestra comunidad. Socarrón, inteligente y generoso, se lleva consigo uno de los méritos que mas enhiesto puede lucir un hombre, crear y hacer feliz a los demás. Desde hoy, su recuerdo queda envuelto en salitre, el de la costa suancina que tanto quiso. Seguro que al amanecer, cada mañana de costa nos traerá entre la niebla sus trasuntos, envueltos en su voz ronca y amable, en su verbo agudo y su consejo adecuado y punzante. Lo oiremos entre las arenas de la Concha, y volveremos a decirle, gracias maestro.

 



 

     
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