Eusebio
Balbás Fernandez Profesor de historia, Torrelavega
(Cantabria)
Se
ha convertido en los últimos años en una sana costumbre.
Un grupo de alumnos y algunos profesores de La Paz, que aplazamos nuestras
cuitas y menesteres para compartir, a lo largo de veinticuatro horas,
un sueño pequeñito, hacer un periódico. Y entre
sus páginas, vivir juntos, compartir un pedazo pequeñito
de nuestras vidas, conocer todo que nos une, y que a veces inconscientemente
olvidamos, y mirarnos desde más cerca, tan cerca, que incluso
oímos así, por primera vez, nuestro corazón.
Solíamos
decir los delegados de curso, en mis lejanos tiempos de bachillerato,
que la educación tiene paredes frías. Que nos empecinamos
en exaltar el tedio y las monótonas jornadas dedicadas a sesudos
temas académicos, o a empantanarnos en discusiones, que pronto
descubres irrelevantes, entre compañeros, con alumnos o con cualquier
transeúnte de nuestro pequeño reino. Vivimos en la educación
envueltos en una vorágine de trámites administrativos,
controles de faltas, procesos de calidad, temarios, programaciones,
exámenes, visitas, fechas, incidencias, quejas, conflictos y
mediaciones, que oímos a diario tantas voces, que en ocasiones
no escuchamos ninguna. Y a veces, aunque solo sea un ratito, necesitamos
regresar a aquel sueño que nos llevó a ser maestros. Sentarnos
quietos entre nuestros alumnos, escuchar sus risas, oler su llanto,
tocar sus sueños, paladear sus chanzas, percibir sus caras de
sorpresa (esas que se nos quedan a todos cuando descubrimos poquito
a poco como es el mundo, y por nosotros mismos) y, si hay suerte, y
Dios nos quiere, reencontrarnos con aquellos a los que hemos ido despidiendo,
y que a tu llamada regresan, pero ahora ya como amigos, porque ya nada
puedes enseñarles.
Buscando otra forma de vivir la educación, hace diez años
se nos metió en el cuerpo el veneno de ser periodistas. Pretendíamos
usar esta herramienta como una forma de obligar a los jóvenes
a mirar al mundo con sus ojos, a diseccionarlo, a generar información,
a opinar, a criticar, a desarrollar un sentido ciudadano ... a no ser
un receptor pasivo de ideas, conceptos y valores, a crecer con ellos.
No viene al caso si en estos años autoridades educativas, jurados,
expertos o instituciones han considerado nuestro trabajo interesante,
valioso o merecedor de algún reconocimiento. Cuando el viernes
cenaba con ellos, cuando les veía reír a mi alrededor,
cuando les encontraba rebuscando en los juguetes de los niños
de cinco años, buscando entre ellos su infancia, cuando les vi
jugar, cuando les vi tensos, orgullosos o cansados, cuando mire el esfuerzo
de sus compañeros mayores, entonces comprendí que aquello
servia para algo.
Entre café y café, entre página y página
corregida, he tenido ocasión de recordar muchas cosas esa noche.
Aquella mañana del 91 en que nos escapamos a Puente Viesgo, para
entrevistar a Hierro. Las noches en vela, en los hoteles de Salou, jugando
a las cartas con Aranguren, o sentado en la moqueta de un pasillo, con
Luís, con Esteban o con Bea. Los días de teatro, pintando
decorados con Vicente o con Pajares, o ensayando con José Luis
o con Menchu. La aventura de la Séptima, en las catacumbas del
colegio, con la generación 10. Las conversaciones de los jueves
en aquellos días en que teníamos una radio. La necesidad
diaria de saber de Pablo, de Álvaro o de Ventu. La tarde en que
nos fuimos a Oviedo, sin comer, para escuchar embelesados a Iñaki
Gailondo. Las noches de cena y tertulia en mi casa con quienes son ahora
amigos. Las charlas en la calle. El viaje a Madrid con los campeones
de El país. La mañana del aeropuerto con Rubalcaba, el
viaje a Navarra con los de tercero, para mostrar a Hamlet. Los días
de riñas, las tardes alegres, las noches sin sueño. Recordaba
el día en que conocí a algunos, el día en que despedí
a otros, el día en que reencontré a tantos.
Voy a cumplir veinticinco años entre esas paredes de La Paz,
que no son frías. He cometido muchos errores, debería
pedir perdón a muchos crios, y necesitaría enmendar muchas
acciones, con adultos y con chicos, pero la noche del País me
recuerda que seguimos en primera persona del plural. Me recuerda que
no me equivoqué cuando decidí venir aquí, que hay
otras formas de educar y que soy un tipo con suerte. Que la vida me
ha permitido compartir mucho, y cada día de mi vida, con chicos
y chicas extraordinarios, con compañeros de trabajo que nadie
tiene. Personas todas a las que debo mucho, y sobre las solo puedo encontrar
palabras de agradecimiento. He recordado que ya no puedo vivir sin este
veneno diario que llamamos colegio. Un lugar donde están, estuvieron
y estarán personas maravillosas como estos tres amigos de la
foto, hoy ya imprescindibles.
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