El
viento, es el único que, acaso cuando no se invierna, nos trae
desde la oscuridad de nuestro desvalido olvido, las figuras anónimas
que nos construyen, y mas aun, nos redimen a través de cuanto
crean. Bella entre las bellas, como la definió Miguel Bose, Guillian
Watling, es una de esas figuras. De solar español y boceto ingles,
Guillian es una mujer extraordinaria. Una intelectual de avidez incontenible,
de reflexión serena, de gesto adusto, ironía rampante
y dulzura rezumada. Digna de ella ha resuelto ser su hija, Eli Ceballos,
en la intimidad de su hueste, Leonor Watling para todos nosotros. Entregada,
como su marido, a la lectura, ha sabido despertar siempre entre su gente
una querencia intensa por el arte y el pensamiento, que ha labrado con
tesón en sus hijos. Niña era Leonor, cuando cada noche,
a la puesta del sol, su madre acompañaba su acompasado parpadeo
a los sueños, entre las páginas de un libro, también
de sueños. Nada de cuentos. Lejana a las fabulas infantiles,
Guillian acunaba a su niña junto al descubrimiento de algún
misterio, de alguna idea, o de alguna quimera. Historias de Egipto,
tratados de Roma o escudriñadas miradas a las estrellas. Y cuando
no, el lego. Esa pasión constructora y creativa, en la que Leonor
también encontró el resuello de su madre. Y así
creció Leonor Watling, en un hogar que impulsaba el estudio,
que alentaba el éxito académico, pero que alababa y ensalzaba,
con prioridad intransigente, el arte, las facetas que desarrollan el
espíritu y todo cuanto significara en sus hijos crear. Era mitad
española y mitad inglesa. Cantaba canciones en inglés
y francés, sin saber muy bien las cantinelas que los demás
niños tonaban, mientras miraban asombrados la ropa, los estuches
y la impedimenta que sus tíos, amigos y allegados la enviaban
desde las islas. Una aureola extraña, eso que ahora llamamos
friki, la envolvía en su colegio, hasta proporcionarla un cierto
aislamiento, que solo rompió una niña suiza, que compartió,
tiempo después, su diferencia. Era pequeña, era distinta.
Y eso no la hacia creerse superior, pero si ser consciente de su fragilidad.
Pronto
aprendió que ser discreta y negociar era una salida, la violencia,
con su altura, un suicidio. Por que su altura, o la falta de ella, la
hizo sentir aun más rara. Pero nada importó pues sus padres
y sus tres hermanos inculcaban en la menor de los Ceballos, la virtud
de la independencia y la distinción, como rasgos que habían
sido de Leonor de Aquitana, aquella valiente mujer a quien debía
su nombre.
Doce años habían pasado cuando un accidente arrancó
de su vida a dos de sus tías. Una cirujana eminente y una doctora
en ciencias. Como su madre, dos mujeres pioneras, en los años
en que ser mujer y morar en la universidad, y además con éxito,
no eran elementos simbióticos. En medio de ese aire cosmopolita
y aparentemente invulnerable, esa falta modificó el carácter
de Leonor. Tanto como la muerte de su padre, seis años después.
“A la muerte de mis tías, sus legajos, tratados y apuntes
se destruyeron. Pero sus cuadros, sus relatos, aquello en lo que ellas
depositaban su tiempo, no”, diría tiempo después.
La joven había descubierto en el arte la inmortalidad, aquello
que nos sobrevive, el legado que merece la pena guardar. Esa convicción
quedó fraguada en el molde de un carácter seguro y convencido.
Con dieciocho años, la muerte de tus seres queridos te ofrece
una superioridad tangible sobre tus iguales, tú has vivido y
sentido algo que los demás no, uno de los secretos de la vida
esta a tu alcance, y eso te hace superior, al tiempo que te permite
ser distinto. Porque tus rarezas, tus comportamientos distantes y distintos,
son comprendidos en el marco del dolor que desprendes. Y así
nacería una de las señas de la modernidad artística
española. Rara, profunda, distinta, sensible, serena, segura,
adusta, sarcástica, reflexiva, amorosa y hermosa. Envuelta en
sociedad y comprometida con ella, pero alejada de la estirpe superflua
que reina, Leonor Watling. Traicionada por una de sus rodillas, su carrera
como bailarina clásica derrotó a la escena donde la voz
cita, recita y canta, donde la piel muda en cada personaje, y la mueca
nos aprieta el estomago y nos abre el alma.
Siempre creyó que la vida quedaría dibujada en el patio
del colegio. Pero se equivoco. Creció, en humanidad y cuerpo,
en una evolución casi darwiniana, en todo su ser. Porque antes
miraba a los ojos de la gente, y ahora se sabe las aceras de Madrid
de memoria, de tanto mirarlas para evitar que la alegría de la
gente al encontrarla, llame a zafarrancho a su pudor. Ahora ha aprendido
a relativizar la existencia, porque el amor te desconecta de muchas
preguntas. Que más da el sentido de la vida, cuando el amor es
lo único que tiene sentido. Ha aprendido a valorar el presente
y buscar lo esencial, desprendiéndose de lo innecesario. Una
vez le explicó al gran Wyoming que en su casa nada había
que no se pudiera romper, para evitar la esclavitud a las cosas, y la
pena ante insignificancias, que los dramas, y lo esencial son otros,
y eso ya se lo enseñó la vida.
Hoy es Leonor Watling, con el apellido de su madre, porque así
preserva la intimidad de sus hermanos, y así no deben avergonzarse
de ser pariente de famoso, o de las miserias que le atormenten, y porque
Eli Caballos nunca actuaría, es demasiado tímida, y demasiado
celosa de lo que siente, como para pregonarlo ante todos. Una estrella
en la constelación de Natalia Verbeke, Ingrid Rubio, Elena Anaya
o Maria Voto.
Debutó en el cine con 18 años, y de la mano de Pablo Llorca,
en “Los jardines colgantes”. Una prueba, para ella, de su
necesidad de vivir en escena, pero de ganarse el derecho a residir en
ella. Por lo que abandonó un instante, para volver a su raíz,
a Londres, y prepararse en el Actor’s Center, al tiempo que el
trabajo en bares, hoteles y tiendas completaban su tiempo y su exiguo
presupuesto, al igual que lo hacia su labor de actriz de doblaje de,
entre otras, Penélope Cruz.
Volvería a España en 1994, para seguir creciendo de la
mano de Juan Carlos Corraza, y asomarse al gran publico a través
de series como “Hermanos de Leche” (Antena 3), o “Querido
maestro” (Tele 5). Tras esos comienzos, su ingenio y control de
la escena, y sus grandes recursos dramáticos irían ganando
adeptos en piezas como “Un solo de cello”, “Sueños
de sal”, “Todas hieren” , “Grandes ocasiones”
, “La primera noche de mi vida” y “No respires, el
amor está en el aire” .
Su primera nominación a los Goya, y el primer gran reconocimiento
de la crítica vendría en 1998, en la obra de Mercero “La
hora de los valientes”, tras la que se consagraría con
la serie “Raquel busca su sitio”, de la cadena publica y
el excelente drama romántico “Son de mar” , de Bigas
Luna.
Después todo han sido éxitos y reconocimientos a una labor
impecable, que le ha valido el fotograma de plata a la mejor actriz,
y segunda nominación a los Goya en 2002 por “A mi madre
le gustan las mujeres” de Daniela Fejerman e Inés París.
Y el aplauso del publico y la critica por trabajos como “Hable
con ella”, de Almodóvar, “Deseo” de Gerardo
Vera o “Mi vida sin mí” , de Isabel Coixet, que la
valdria el premio de la Unión de Actores.
“En la ciudad” de Cesc Gay, “Mauvais Esprit”
de Patrick Alessandrin, “La mala educación” de Pedro
Almodóvar, “Inconscientes” de Joaquín Oristrell,
“Crónicas” de Sebastián Cordero, “La
vida secreta de las palabras” de Isabel Coixet, “Malas temporadas”
(2005) de Manuel Martín Cuenca, “Tirant Lo Blanc”
, “El carnaval de Sodoma” de Arturo Ripstein, “Salvador”
de Manuel Huerga, “Paris, je t’aime”, “Historias
para no dormir” de Alex de la Iglesia, “La habitación
del hijo” , “Teresa, muerte y vida” de Ray Loriga,
o las recientes “Belle du Seigneur”de Glenio Bonder y “Los
Crímenes de Oxford” de Álex de la Iglesia, son algunos
de los porques de la admiración que despierta.
Pero el arte no admite especializaciones, porque el alma no tiene compartimentos,
por lo que su carrera no ha quedado ahí. Crecida en la música
junto a su madre y junto a los coros de gospel de la Iglesia Anglicana
de Madrid, pronto buscó el calor el abrigo de la música
en grupos de jazz y soul, hasta que la aventura de descubrir la llevo
a unirse a Alejandro Pelayo y a Oscar Ybarra, para iniciar un experimento
llamado "Marlango", un grupo, como ella, distinto, nacido
en el regazo seco del piano de Tom Waits, que busca sensaciones en el
jazz y el soul de los cabarets de entreguerras, que adora penetrar en
terrenos vedados o vírgenes, que habla en inglés y canta
en humano, como es palpable en sus dos obras hasta hoy “Marlango”
(Disco de Oro) , y “Automatic Imperfection” .
Y esta es la sencilla historia de Leonor. Una mujer bella en todo su
ser que es ejemplo de cuantos límites tenemos los seres humanos.
Ninguno. Y de cuanto tiempo debemos dedicar a lo superfluo, a lo banal
y a lo burdo. Nada.