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Entre
las piernas

He ahí
el rasgo fundamental que mide y talla nuestros actos, determinando de
manera clara, cuales de ellos merecen aprobación, y cuales oprobio.
1848, una pequeña capilla metodista del estado de Nueva York
es testigo del llanto liberador de Elisabeth Candy Stanton, una de las
heroínas del sufragismo americano, ante el nacimiento de la Declaración
de Séneca Falls, la primera que proclamaba al mundo que "La
historia de la humanidad es la historia de las repetidas vejaciones
y usurpaciones por parte del hombre con respecto a la mujer, y cuyo
objetivo directo es el establecimiento de una tiranía absoluta
sobre ella”. Quizá nunca pensó cuan largo seria
aun el camino para conseguir una igualdad que, aun hoy, sigue siendo
más un deseo voluntarioso que una realidad.
2008, Pedro Colomino, capitán del ejercito español, aconseja
a la soldado Sheila G. que retire una demanda por violación contra
su compañero Miguel Ángel M.G., aduciendo que existió
una provocación por parte de ella. Los hechos habían ocurrido
en 2005. La presunta amistad entre ambos (presunta por cuanto anteponer
el apetito sexual al respeto y la dignidad, no casa correctamente con
tal concepto) permitía compartir a ambos bromas y tiempos. Tras
desplazarse juntos a Torrejón para realizar unas compras y tomar
unas cañas, el joven, de camino al cuartel de Hoyo de Manzanares,
empujó a su compañera, la tiró al suelo, la penetró
a la fuerza y la abandonó en un callejón, como una alimaña,
como un trasto inútil ya usado (claro, el cuenta que fue sexo
consentido, y que incluso el enfado de ella, causa de la denuncia, es
no haber quedado plenamente satisfecha). Pero lo relevante para el capitán,
y presumo que para otros hombres, dentro y fuera de esa institución,
no es el hecho, sino el que el hombre respondiese, en la más
pura lógica de un mamífero en celo, a un estimulo de la
hembra. Nada más. Y puestos a arreglarlo, nuestro querido Pedro
Colomino emplea como argumentación ante la mujer, lo lioso del
procedimiento administrativo, una vez dada parte a sus superiores, y
las consecuencias del hecho sobre la hoja de servicios del agresor,
que en el fondo “es un buen muchacho, que no merece los perjuicios
que tales sucesos le podrían acarrear”. Para ella, como
es mujer, resulta intrascendente ser violada, humillada y colocada en
el pim pam pum público, del que sale como una buscona calienta
fusiles.
Y es que todo está entre las piernas, para muchos hombres es
el valor y la utilidad de una mujer, la justificación de las
acciones que sobre ellas se ciernen por parte del género masculino,
y el condicionante de los actos de ellos, incapaces de poseer sentido,
y sentir como hombres más allá de su función reproductora.
Hay en todo esto una concepción del sexo, la relación
entre iguales y la capacidad de amar, preocupante. Preocupante por cuanto
implica un desorden perverso en la conciencia de ciertos individuos,
y he ahí donde la ley, y su efecto transformador de la sociedad,
muere. La simple posesión de un órgano presupone para
algunos hombres una posibilidad de dominio, un elemento capaz de transformar
su comportamiento. Lo vemos cuando alguien se pone al volante de un
vehiculo, o porta un arma. Y ese concepto, no se corrige con una ley,
sino con un largo proceso educativo, que a tenor de lo que se nos presenta,
en poco o nada hemos iniciado. Siempre hablamos de la influencia de
los medios, de la perversión que sobre el comportamiento hacen
los modelos que transmiten películas, videojuegos o programas
del corazón. Pero quizá no tanto reparamos en la influencia
de quien, teniendo autoridad, conferida por otros o depositada por toda
la sociedad, lejos de ejemplificar los valores que esta precisa para
sobrevivir o crecer, los pisotea, o alimenta conductas contrarias a
la ética natural. No se que me preocupa más en el caso
de Sheila, si el calentón de la tropa, o la actuación
en frío de su capitán, entregado a echar tierra sobre
lo que debería airearse, para escarnio del que cometió
el delito, no contra la ley, sino contra la persona.
Escribía este fin de semana Maria Sahuquillo sobre la actitud
maliciosamente sesgada con que políticos y periodistas han recibido
a Soraya Sáenz de Santamaría, con esa frase tan repugnante
de "curva, muelle y blandita". Nadie osa hacer mella en la
honra de Moratinos, aludiendo a la vejez que se le intuye. Si es posible,
sin embargo, emplear a modo de arma la juventud de la nueva portavoz
popular, no acompañando a tal comentario el hecho de que con
26 años Sáenz de Santamaría ya había obtenido
plaza como abogada del estado, algo muy lejano a la mayoría de
sus convecinos de parlamento. Y es que no somos conscientes, como indica
Vicente Verdú, que la inducción a una clase de estética,
a un tipo de mensaje, e incluso de chanza, impulsa, simultáneamente,
una clase de cosmos. Jugamos dialécticamente con la vestimenta
de las mujeres que ocupan una posición pública, criticado
sus vestidos, peinados y poses, sin reparar en más mérito,
algo que nunca haríamos con un hombre. ¿Qué por
qué?. Porque la historia y el hombre nos han otorgado graciosamente
un papel inalterable de objeto, lo cual ensalza, lógicamente,
nuestra necesidad de ornato.
La fuerza de la historia, y nuestra contumaz persistencia, han obligado
al hombre a compartir ámbitos públicos (que no privados,
en los que seguimos resignadas a la soledad del esfuerzo) en los que
como protector y maestro muestra una proximidad que más presagia
domesticación que coparticipación. Una proximidad que
se muestra en ese uso ágil y reservado solo a nosotras del nombre
de pila. Un gesto útil en la distancia corta para ensalzar la
intimidad, la cercanía, la tolerancia paternal con que se acepta
nuestra presencia, no nuestro protagonismo o relevancia. Una familiaridad
que permite a nuestro capitán asimilar una violación como
el resultado aceptable de un coqueteo, y a nuestros políticos
la falda de una mujer como lo más interesante de su trabajo legislativo.
Lo que mira una mujer, lo que dice una mujer, no se enrasa o escucha
igual que en los labios de un hombre. La ambición, profesional
o política se entiende en nosotras como un signo negativo representativo
de nuestra baja ralea. En un hombre es la condición indispensable
para la proyección de su obra, y la dignificación de su
virilidad.
Todo ello nos obliga a una demostración constante de nuestras
habilidades y de nuestras virtudes, en un esfuerzo hercúleo en
cada instante, por abrir a codazos un pequeño hueco a donde asir
tan solo nuestra sombra, que el cuerpo es mejor no enseñarle.
Es curiosa nuestra fijación por criticar el burka afgano, al
menos ellos no esconden en hipocresía sus intenciones. A la mujer
se la tapa sin tapujos.
Igual la próxima vez, era cosa de empalar el intestino de un
cabo, si este nos guiña el ojo, que algo pretendería con
ello, o machacar a burlas las corbatas de Llamazares, los peinados de
Anasagasti, las hombreras de Zapatero o la barriga de Solbes .
Y es que poco han cambiado las mentalidades, que si las leyes, desde
que Elizabeth aplaudió la Séneca Falls. Somos madres y
mujeres antes que nada, y previo a ello, destino pasivo del deseo del
varón, que entiende en cada bateo de pestañas, una señal
de apertura del portón de la vida. Sin más merito por
nuestra parte, ni más utilidad medida. Y todo disponible y solicito
al macho, en nuestro rostro, en nuestro pelo, o entre nuestras piernas,
que el cerebro y el alma, siendo femeninos, no cuentan.
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