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Byron
estaría en Tibet
Nada tenue
es mi infancia. Sobre sus firmes y añorados recuerdos siempre
cabe impresionada la figura de mi colegio, del San Ignacio de Loyola.
Un lugar luminoso donde me inculcaron el Ikasi, Pentsatu, Hezi (aprender,
pensar, educar). Las tardes de mayo, calurosas en Guipúzcoa,
eran apropiadas, al entender del padre Argoitia, para ser escenario
de uno de sus largos paseos junto a nosotros, en los que el caminar
se hacia compañero de disertaciones sobre historia. Era también
monitor del grupo juvenil Padre Arrupe, y ahí debía nacer
su pasión por las andanzas. Del Colegio a la playa de Zurriola,
y tras el paseo, la vuelta. Paraba unos minutos de espaldas al Kursal,
y señalando el mar con su mirada, nos contaba la aventura humana,
ese legado dispendiado por todos aquellos cuya sola ambición
nos gobierna, no el deseo de servir, ni la locura de crear.
Había quien en aquellas épocas llamaba al Padre Argoitia,
Lord Byron, compilando sobre él aquellas frases de Lady Carolina
Lamb que escribían sobre el versátil británico
aquello de “loco, malo y peligroso de conocer”. Nada cierto,
nada cuerdo, considerar tal a mi buen padre. Salvo que locura sea ver
con ilusión la humanidad, y entregarse con trepidante denuedo
a su rescate.
“Byron es vuestro ejemplo”, decía reiteradamente.
Era la eterna palabra en su boca, mientras entrelazaba tensamente sus
pequeñas manos, conteniendo ante nosotros su ilusión por
tal figura. Y es que, concluyó hoy, tener por guía a un
sodomita, incestuoso y revolucionario, no parece la recomendación
más cabal de un educador cristiano. ¿O si?.
La primera vez que visite su tumba en el interior de Westminster, comprendí
a mi maestro. «Los amados de los dioses mueren jóvenes»,
dejaron escrito los clásicos griegos. Y él era amado de
ellos. No solo por su poesía, sino por su entrega a la humanidad.
Como otros muchos aventureros románticos, Byron abandonó
su acomodada vida en las cosmopolitas ciudades occidentales, sus pequeños
y grandes lujos, su seguridad y su calor, para embarcarse en aventuras
extrañas y lejanas. En riesgos eludibles. Solo por un sueño,
y tan solo por una promesa. La libertad humana, que sin dignidad no
existe. Combatió en Italia y en Grecia a favor de la libertad
de sus pueblos. Respetando sus estirpes y sus ideales, pero contribuyendo
a ellos con su ardor, con su dinero y con su muerte.
Como otros románticos, Byron se involucró en la revolución
griega de los años 20, aquella en la que popes y campesinos se
levantaron en armas contra el usurpador turco. Aporto 4000 libras para
levantar un regimiento y, en primera línea, lo dirigió
a la gloria, hasta que los dioses, renombrados malaria, se la arrebataron
de forma vulgar, en Missolonghi.
Hoy, aquel pueblo no lo recuerda como un ocupante, sino como un hermano
que apostó su vida por la de ellos y ganó la eternidad
de ambos. Si paseáis algún día por Atenas, detener
vuestros pasos en el barrio de Vironya, así llamado en su nombre,
y destilareis del aire aun su perfumada piel.
Nada queda de aquello en nuestra cultura. Hoy nuestros guerreros deambulan
entre el fango que ante sus botas extienden los gobiernos que entonces,
en la era romántica, surgieron de entre las cenizas del despotismo
y la desigualdad. Esa misma que nosotros, no solo alentamos, sino pagamos
en vidas y haciendas en Congo, Birmania, China o Marruecos.
Que fácil es, apretando un botón, sostener en el aire
un país inexistente como Kosovo, rompiendo a otro, derramando
odios con calderos de plata y alentando un estado superfluo, incapaz
de cobijar y alimentar a sus gentes. Pero cuando el enemigo no es una
débil Serbia, o una insignificante Birmania, o una interesante
Marruecos. Cuando el pueblo maldito es pasto de un dragón asiático,
pérfido y poderoso, nada vale, nada cuenta, nada importa que
nos haga ser Byron, levar anclas y poner nuestro pecho entre sus balas
y sus vidas.
Europa abandonó a los birmanos, a los ruandeses, a los sierra
leoneses, a los saharauis, a los tibetanos, a los hombres de tantos
lugares remotos. Y lo seguirá haciendo. Las revoluciones del
XIX se construyeron, aunque algunas mal, sobre el ideal de los pueblos
liberados. Hoy las aventuras militares se solventan sobre el interés
del ocupador, con lo que nunca hay liberados. Y sin embargo el sueño
pervive. Se ve en los ojos de quienes en Kosovo, en Macedonia o en Lasha,
nombran con devoción al amigo americano, casi nunca europeo,
que aparecerá en sus caballos de hierro para salvarles. Mejor
que no. Descubrirían muy pronto que ellos ya perdieron el viento
de la historia, hoy solo son un negro peón, en el tablero del
dinero.
Los nuevos griegos, los atletas modernos, escudados tras las chequeras
de patrocinadores que solo leen letras cuando son de cambio, velan armas
estos días en espera del asalto al olimpo. Un olimpo sucio y
ruin. Vejador de hombres y lacerador de herencias, poblado en rostro
de cabezas como una hydra, al que llamamos Pekín. Y mientras
nuestros guerreros mueren por nada en Irak, pues nada hemos conseguido,
salvo acelerar la muerte, y nuestros héroes tensan sus músculos
en la vieja Europa, cientos de tibetanos mueren o sufren en las lejanas
montañas del techo del mundo, extendiendo su mano al lar de los
dioses, que nuestros libros les han contado, viven en Grecia, en Europa,
en la Europa que les ignora, pues ya alcanzó, digamos, su sueño,
y el de los demás no la importa.

No abandono esta historia si os digo que azafrán debería
ser nuestra lección. Como antaño en América, donde
cientos de misioneros murieron defendiendo los derechos de los más
débiles, sufriendo la tortura padecida por su Dios, hoy las mareas
humanas que por la libertad discurren en Asia, llevan ese color azafrán
esculpido. Monjes birmanos, primero, y tibetanos, ahora, se han constituido
en los símbolos de la lucha contra la opresión, como en
la Grecia de Byron.
Curiosa diferencia la que apreciamos entre muchos de nuestros Roucos,
y esos míseros monjes apaleados y vueltos a levantarse para auxiliar
a su pueblo, hoy, en plena Semana Santa, en días en que volvemos
la mirada a nuestro corazón, buscando en que lejano ventrículo
se ha escondido Jesús, para que seamos tan malos con nuestros
hermanos, Curiosa la diferencia entre la ostentación vaticana
y la mísera celda en la que el Dalai Lama ora y labora en la
insignificante Dharamsala.
Dios murió sin cuidados paliativos, proclama estos días
un clérigo español, abanderado de la lucha contra la eutanasia.
¿Y eso nos disculpa de no auxiliar a quien sufre?. No somos dioses,
solo sus siervos amados.
Me enseñaron que ser cristiana es estar a favor, a favor de la
vida, de la libertad, de la justicia, y de Dios. Y en España
nos hemos acostumbrado demasiado a ver a nuestros ministros abanderando
manifestaciones que van en contra. Contra los que quieren vivir el amor
en su propio sexo, contra los que enseñan a vivir en comunidad
en las escuelas, contra quienes buscan en el pasado su dignidad. Pero
pocas veces a favor. Es una imagen injusta, pues no se atiene al esfuerzo
diario de quienes se dejan la vida codo con codo con los más
desfavorecidos. Pero es la imagen que transmitimos como iglesia. Nada
que ver con los hombres azafrán, que en Rangún o en Lasha
mueren a favor de la vida. Como Byron, Como Jesús.

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