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A cada instante una palabra
Corría
el mismo año 2002, cuando a la sensibilidad y la militancia de
Patricia Ferreira y sus compañeros se añadía un
destacado impulso internacional, el Consenso de Monterrey. Una iniciativa
de Naciones Unidas que pretendía impulsar estudios y acciones
de sus miembros en seis grandes campos que ayudarían a erradicar,
entre otras maldades, el SIDA. El objetivo era movilizar recursos financieros
nacionales para el desarrollo, recursos internacionales para igual fin,
modificar los parámetros en que mueve el comercio internacional
para así promover el desarrollo, aumentar la cooperación
financiera y técnica internacional para el desarrollo, dar una
solución razonablemente humana al problema de la deuda externa
y tratar cuestiones estructurales que evitan la construcción
de los estados afectado, tales como fomento de la coherencia y cohesión
de los sistemas monetarios, financieros y comerciales internacionales
en apoyo del desarrollo, la potenciación de los elementos estatales
de cohesión y desarrollo social y educativo y el fomento garante
de los movimientos civiles. Pese a ello, las palabras, la retórica y las promesas sobrevuelan a cada instante nuestras vidas, ya sea como alianza de civilizaciones, objetivos del milenio o programas de cooperación. Lanzados al mundo en medio de una costosa, despilfarradora e inmoral pléyada de elementos publicitarios, tras los cuales no hay nada. Así, no es ya delictivo que dediquemos dinero español para el desarrollo en hacer una cúpula en la sede de Naciones Unidas, en lugar de vacunar, prevenir o alimentar. Es que bajo la cúpula no hay casi nada. El delito es tanto robar a quien padece miseria, como engañarnos tocante a lo que hacemos ante ella. Y
no exagero. De hecho, en los años transcurridos desde Monterrey,
la financiación de los programas de desarrollo, atención
al SIDA incluido, han sufrido una progresiva privatización, tanto
en lo tocante a préstamos e inversiones de cartera, como a las
inversiones directas, las dos principales vías de asistencia
al desarrollo. Hasta el punto de que hoy, seis años después,
la inversiones por ese concepto, de origen estatal son solo un 10% de
las que se realizaban en 2002. Tan solo si nos alejamos de nuestra actitud timorata y huidiza solo cimentada en gestos podremos iniciar el fin de estos problemas. La población de occidente debe tomar conciencia, y sus gobiernos a la cabeza, de que deberemos afrontar sacrificios, de renunciar a muchos de nuestros lujos y comodidades actuales, de sacrificar parte de nuestro lujo creciente, para construir un futuro más positivo y duradero. Solo así generaremos los recursos necesarios para afrontar un gigantesco plan de rescate de la humanidad olvidada, que genere, mediante inversiones masivas, grandes dinámicas de desarrollo permanente. Dinámicas no solo económicas, sino educativas y sociales, que afronten en todo el planeta los grandes retos aun aparcados, como el desarrollo de las infraestructuras de transportes, medioambiente, sanitarias o educativas, la promoción e igualación social de mujeres y niños, la lucha total contra las enfermedades endémicas o la ordenación de los flujos migratorios, evitando convertir el derecho a la libertad de movimientos en una obligación, evitando convertir la globalidad en un juego de muerte y favoreciendo las transferencias financieras de los emigrantes. Nada
es fácil, y esto no lo será. Deberemos luchar contra la
resistencia egoísta de gobiernos y poblaciones a afrontar sacrificios
presentes. Deberemos acabar, y podemos, con la corrupción generalizada
en los gobiernos destinados, irónicamente, a la protección
en esos terrenos de los ciudadanos y el desarrollo de esas políticas
sobre el terreno. Deberemos poner freno a la evasión y el fraude
fiscal masivos que practican las multinacionales que ahora rescatamos
de sus excesos con el fruto de nuestro trabajo diario y honrado, lleno
de privaciones. Deberemos olvidarnos de abandonar la cooperación
en manos de ONG y manos privadas para realizar ingentes esfuerzos públicos
de inversión. Esfuerzos para los que nos hemos comprometido,
y en los que tan solo cinco países de de la OCDE están
hasta ahora comprometidos, y eso que solo deberíamos destinar
el 0,7% del PIB nacional. Deberemos afrontar el inmenso desafío
medioambiental que se abre ante nosotros, asumiendo nuevos sacrificios
en el uso de la energía y la tecnología. Deberemos recordar
a cada instante la memoria de memoria de millones de seres humanos que
en el camino que todavía morirán en este camino. Deberemos
entrar en combate, implicarnos, renunciar y asumir sacrificios. Deberemos
actuar a cada instante y dejar de conformarnos con tan solo oír
palabras, a cada instante.
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