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El
amor viste de blanco
Busco
en la noche huir, deambulando por un dial que correoso, me permitió
reencontrarme, hace unos dias, con Nacho Martín, aquel padre
de familia, que rezumaba humanidad y desprendía ternura en la
ya legendaria serie “Medico de familia”. Fue casi un viaje
a mi infancia, enredada como estuvo, en parte, en la hiedra de aquella
comedia televisiva, que acerco a nuestras casas, durante cinco años,
las aventuras y dudas de un padre de familia, entregado a definir su
vida sentimental, y a encontrar un amor perdido que, sin embargo, no
había restado un ápice su desbordada humanidad. No era
casual, era médico.

Luego he recordado, como en el tramo final de la serie, y como atraído
por el vértigo del abismo, el doctor Martín abandonaba
el calor de su despacho y se integraba en una unidad del SAMUR, aun
poniendo en riesgo uno de los anhelos de su vida, el amor compartido
con Alicia Soller, la adorable Lydia Bosch, que en su lucha por ganar
el corazón de Nacho, nos puso en vilo a medio país durante
años. Pero en ese juego amoroso, y en cuantas vicisitudes hubo
de bregar aquella familia, una magmática humanidad estuvo siempre
presente. No era casual, él era médico.
Ha sido un tema recurrente este de la medicina en la ficción
y los medios. A veces envuelto en sarracín lenguaje, a veces
con admiración contenida. Nunca con la justicia del pago de la
deuda social que para con ellos tenemos.
Un ejemplo nos enamora cada día en Madrid, y se llama SAMUR.
Una obra compleja, pero de una humanidad desatada, nacida en 1967 de
la mano de Simón Viñals, un héroe anónimo,
que perfiló su obra en una tesis doctoral, que solo conseguiría
cuajar treinta y cuatro años después, cuando Alvarez del
Manzano , llegado a la alcaldía, la echo a andar. Eso es paciencia.
Pero la obra ya esta en marcha. Hoy el SAMUR moviliza cada día
a más de 600 personas y 1.500 voluntarios, ha desarrollado ya
mas de 100.000 activaciones y se emplea a fondo, mas de 300 veces cada
día. Un servicio público que ha despertado la envidia
de complejos institucionales como el ayuntamiento de Nueva York, o que
se ha adelantado en el tiempo y la efectividad a estados como el francés.
Desde su llegada a nuestras vidas, la mortalidad entre los afectados
por tráficos se ha reducido en nuestra comunidad en un 50%, y
la esperanza de vida de los ingresos en estado crítico en los
hospitales de la comunidad ha aumentado en un 75%. Y ello pese a sus
vacilantes principios, en los que muchos médicos ponían
medios de su cuenta particular, y tiempo del que les prestaban sus familias.
Tiempos en los era necesario acudir a los bancos para medicalizar una
ambulancia. Tiempos en los que pese a ello los equipos del SAMUR imponían
medios desconocidos en Europa, como los ecógrafos portátiles,
o protocolos revolucionarios, como aquel que recogía 1.500 preguntas
tópicas de una emergencia.En ingles, porque la vida no tiene
color ni lenguaje, solo el amor del que la salva.
Fueron los tiempos, y han seguido siendo, de Alfredo, salvado de las
garras de un ictus, de Rubén, que creyó ver a la parca
en el fondo de una piscina, de Donatila, que dejo de oír su corazón
a las puertas de los 82, de Miriam, arrancada de las fauces de un metro,
y un loco furtivo, de Przemyslaw , a quien un puñal quiso arrancar
el alma, que una mano del SAMUR le devolvió, de…. Son tantas
vidas, son tantos riesgos, son tantas gracias, son tantos gestos de
humanidad.
Más
allá de un trabajo, el SAMUR se ha convertido en la sombra de
la vida en Madrid. Una sombra penumbrosa, y como todas, pisada o arrostrada
tras cada esquina. Pocos recuerdan hoy las críticas levantadas
contra ellos, cuando se iniciaron los simulacros de emergencias. “Despilfarros
banales” se dijo, poco antes de que aquel entreno permitiese pulir
esa ajustada maquinaria humana, que tantas vidas y tantos corazones
salvo el 11 de marzo de 2004. Y pocos recuerdan las voces que desde
el propio SAMUR se alzaron tras aquel día infame, contra si mismos,
señalando sus “faltas”, sus “errores”,
sus impotencias, en una ejercicio de autocrítica insólito
en una país en el que, como en ninguno, se despacha la culpa
como montada en un AVE. Pero no es casual tanta decencia, y tanta humanidad,
son médicos.

Hoy su historia sigue, sus anhelos se acrecientan y su dedicación
nos redime como sociedad, de una moral pendular, que, por momentos,
nos aleja de nuestro lado humano. Presumen no de si mismos, sino del
apoyo de sus conciudadanos, que dicen, no es cierto, les ha convertido
en un ejemplo mundial de servicio de urgencias extrahospitalarias.
Y no es bastante, no para ellos, se sienten frágiles, arañan
con las yemas de sus dedos cada vida, dejándose el alma para
arrebatársela a Hades. El servicio se ha volcado en una revolución
técnica constante, aumentando continuamente los fondos necesarios
para el reciclaje continuo de su inmenso capital humano, creando secciones
dedicadas a la investigación, acudiendo a foros y congresos,
o aumentando, desde la administración pública hasta el
Colegio de médicos, las dotaciones de becas formativas e investigadoras.
Y se ha volcado hacia la sociedad, en su trabajo, en la formación
y preparación de otros servicios médicos, o en la atención
generosa a quienes, por lejana que sea su tierra y desteñida
su bandera, han precisado de su ayuda.
Hace
poco mas de un año, en el XVIII Congreso Nacional de SEMES de
Madrid, un afamado medico asistente contaba a un grupo de colegas y
de legos como yo, y envuelto en una mirada de sana envidia, que el no
podía presumir de ser un SAMUR, un privilegio, reservado solo
para los mejores. Un halago menor, si se compara con la admiración
desprendida para con ellos, en otoño pasado en el
4th European Congress on Emergency Medicine Heraklion , o mas recientemente
en el IV Congresso Nazionale (CISMAI) de Montesilvano, en Italia, o
en…
Hace tiempo conocí a un hombre encantador, sensato, inteligente
y apuesto. De esos que no inyectan humanidad por las venas, sino que
te hacen calar el amor por la vida y quien la guarece hasta los huesos,
por vía intraosea. Pero tanta maravilla en un hombre no es casual,
es medico, es un SAMUR.
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