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| Aintze Zaratagabaster Weyden |

 

fotografia de cabecera: Mª Elisa Duque | www.256colores.com
14 Julio, 2007
   
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Opinion


 

 

 

 

 

 

 

La sal asesina

La lucha contra el cambio climático que amenaza la vida en la tierra, permanece abierta en todos los frentes. La situación de riesgo, lejos de corregirse, se agrava cada día por una acción humana descontrolada y poco realista.
Uno de los casos más paradigmáticos es el de España, donde la política sigue su implacable destrucción medioambiental, amparada en una total falta de previsión y control urbanístico y una atomización de las administraciones públicas que impiden una gestión coherente de los recursos. Al hilo de ello, el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) ha emitido en estos días un informe en el que critica ásperamente la locura de un desarrollo sin freno de desaladoras en España. El informe, titulado 'Haciendo agua, desalinización: ¿opción o distracción para un mundo sediento?"', denuncia que España ha optado claramente por un gigantesco plan de desalación que le ha convertido en el país de Occidente con mayor capacidad en este campo, por encima de países con mayor capacidad tecnológica y necesidades hídricas. Aunque en un principio el plan se impulso para evitar los supuestos graves daños a los ecosistemas fluviales españoles que se verían afectados por el plan de trasvases del gobierno Aznar y su Plan Hidrológico Nacional, y con fines solo agrarios, lo cierto es que el plan actual de desaladoras ha respondido mas a cuestiones políticas (la gestión del Ebro por la Generalitat, y a seguir el rebufo de un urbanismo descontrolado del que son responsables los dos grandes partidos nacionales.
Jaime Pittock, director del Programa Mundial de Agua Dulce, explica que no estamos hablando de un sistema generalizable hasta el infinito, ni una primera opción a la hora de garantizar el suministro de agua a la población, dados sus altísimos costes, la emisión de gases de efecto invernadero, la destrucción de las costas, y el impacto de las salmueras resultantes sobre los ecosistemas marinos.
Aunque el fenómeno se esta generalizando de manera insólita, estando ya en marcha ambiciosos programas de desalación en Australia, Oriente Medio, EEUU, Reino Unido, India y China, la situación en España desborda los limites de lo razonable, según los expertos de la WWF. En el resto del mundo, la desalinización es una estrategia acompañada de otras medidas, como la reutilización de aguas fecales mediante técnicas de membrana, y para solucionar la falta de abastecimiento en áreas muy pobladas y carentes de recursos. Pero en ningún caso se ha empleado de forma masiva para convertir en áreas de cultivo terrenos áridos (Almería) o para poblar zonas previamente despobladas, destruyendo el ecosistema previo (la urbanización masiva de la costa. En este sentido, los informes de varias organizaciones ecologistas son claros. La construcción de áreas residencias en el último año, duplica el mismo fenómeno en Francia, Alemania y Reino Unido juntos.
La gravedad no solo esta en el impacto sobre el medio de la Península, sino la exportación del sistema a través de empresas españolas que han convertido esta maldad en un jugoso negocio, que están extendiendo a otros lugares.


La macrodesaladora de Carboneras


El fondo del problema radica en una deficiente gestión de los recursos, a un despilfarro irracional y aun planteamiento económico y urbano insostenible. De hecho, recordemos que España es el país del mundo que mas agua desalinizada dedica a la agricultura. Y el país occidental con mayor numero de segundas y terceras viviendas. Y ello por que pese al alto coste del agua desalinizada, el Gobierno español financia esa agua desde 1983, creando una situación de mercado irreal.
¿Soluciones?. De principio frenar este plan de construcción masivo y establecer un precio real que ajuste la relación oferta demanda. En segundo lugar se muestra urgente una política de amparo a recursos sostenibles de agua, y una protección de las fuentes naturales (ríos, acuíferos y zonas húmedas). En tercero, un replanteamiento de los usos agrarios, impidiendo aquellos de alto coste social y ambiental, a la vez que la administración central asume competencias exclusivas de planificación urbanística que eviten la locura destructiva de nuestros litorales, con las necesidades de servicios que ello plantea. En cuarto una gestión del agua que controle los malos usos y el despilfarro, tales como la modernización de redes de abastecimiento urbanas –en las que en la actualidad se pierde uno de cada cinco litros de agua- y de regadíos.
No es necesario ver documentales de Al Gore para ser conscientes de que nuestra relación con el medio atraviesa un momento critico que demanda una labor multidireccional y multidisciplinar, no basada solo en golpes de efecto y anuncios, sino en un replanteamiento total de nuestra forma de vida.

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