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El
error Quiroga
Gorka
Merchán estrena esta semana en España, “La casa
de mi padre”. Una opera prima que rezuma la pena de un pueblo
condenado a ser extranjero bajo sus propias estrellas. No cabe duda
de que estamos ante una película valiente, que revela una mirada
ácida y desilusionada de un pueblo sin norte.
Los populares saben de sobra que la marginación peneuvista va a tener consecuencias para la convivencia, y que su apartamiento total del poder evita una oportunidad histórica de entendimiento entre nacionalistas y no nacionalistas. Lo saben tanto como que al jugar con los socialistas se están tendiendo en un lecho de víboras, y que al menor descuido serán envenenados. Pero las huestes de Basagoiti no tienen más salida.La marcha de San Gil ha dejado a los populares muy tocados, con lo más experimentado fuera, y un grupo de críticos con mucha fuerza entre el empresariado medio, al mando de Barreda, dentro. Ante ello, Basagoiti y Oyarzabal, que han pretendido en estos meses una renovación del partido, con gente joven, sobre todo de Vizcaya, que evite una hemorragia hacia Rosa Diez y un hundimiento a nivel nacional de Rajoy. Maestro y aprendiz precisan éxitos rápidos que apuntalen a un partido acosado por la disputa del liderazgo y la corrupción. Pero un frente nuevo se ha cernido sobre el líder popular. Tras años de sequía, y la perdida progresiva de sus pequeñas cuotas de poder en Guipúzcoa y Álava, el partido se ha lanzado a una guerra sorda por controlar la organización, en vísperas, además, de un congreso regional, en el que los donostiarras de San Gil y los alaveses están dispuestos a dar batalla contra lo que ellos consideran el desembarco de un grupo de jóvenes inexpertos, dóciles a Madrid y extremadamente conservadores. Y es que muchos populares de siempre, de los de escolta y amenaza, que han dado mucha sangre y muchas lagrimas a esta tierra, no están por la labor de entregar el partido al Opus Dei.
Es una respuesta estratégica a la lucha por el poder, no una respuesta política a una situación, en esta legislatura, muy compleja y delicada. El peón, Arantza Quiroga Cia. De padre castellano y madre euskalduna, Arantxa entro en política a los 21 años, en el difícil ayuntamiento de Irún. Merece todo mi respeto quien, siendo mujer, algo nada fácil en esta sociedad, ha decidido jugarse el pellejo en la arena política, en torno, además, a unas ideas que son una invitación constante a la bala de las hienas de HB. Es de respetar el trabajo de quien tiene que oír cada día, como única valoración política que es guapa y tiene una sonrisa natural, que ya hay que ser mala persona para decir eso, pero solo eso. Y merece todo apoyo y respeto, quien se ha pasado toda la campaña recorriendo Euskadi, dando mítines e intentando explicar sus ideas, junto a un coche de la erzaintza y dos escoltas, todo un signo de normalidad y democracia. Pero esto no es un homenaje a quienes sufren, sino el diseño del futuro de un país. Basagoiti pretende poner a la manija del parlamento de Vitoria a un político inexperto, que no sabe euskera, que mantiene posiciones morales y sociales ante diluvianas y clasistas, que pertenece a una secta repudiada por la mayoría de los católicos vascos y cuya formación se reduce a la licenciatura en derecho. Vale que su simpatía le haya hecho acreedora a los guiños de Aznar, por quien pierden los huesos Oyarzabal y Basagoiti. Vale que el merito de hacer política españolista en el Goierri es inmenso. Vale que ha soportado muchas zancadillas en su propio partido. Pero eso no es bastante aquí.Mª Jose Usandizaga, la venerable diputada popular, contaba en una entrevista, hace pocos años, que del hambre viene los atracones. Y de la inocencia la ceguera. Este es un caso claro. La tímida Arantxa, con su proverbial tendencia a enclaustrase en lo español, y evadirse de lo vasco va camino así de convertirse en la primera demostración de la sensibilidad de Basagoiti, enamorado de si mismo y pagado de un triunfo que solo es el de ser el amante obligado. Euskadi espera un cambio que aúne progreso y reconciliación. Los populares esperan demostrar, tras tanto sufrimiento personal, que son útiles al país. Al final solo asistiremos a un error, el de quien mira al poder, y no a Euskadi.
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