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Etica,
engaños y publicidad

Explicaba
el psicólogo publicitario Ernest Dichter a sus alumnos que una
agencia de publicidad resultará prospera si es capaz de manipular
los motivos y deseos humanos, engendrando una necesidad de bienes desconocidos
o inclusive rechazados hasta entonces. En realidad esta filosofía
y mecánica de actuación, no es más que una traslación
al mundo del marketing de las teorías del neurofisiólogo
ruso Ivan Pavlov, el hábil estudioso de los ciclos de los reflejos
condicionados con sus ya famosos perros. No somos perros, pero para
el caso es igual, en las actuales sociedades el consumo y el mercado
se alimenta de esa estructura de comportamiento.
Hay ciertos incidentes actuales en el mundo publicitario (Intel, Aramani,
Movistar, o incluso “El Jueves”) que nos llevan a pensar
que, o bien los seres humanos somos unos irreflexivos animales que solo
nos movemos por estímulos y respuestas. O bien que los medios
que empleamos los publicitarios, u otros manipuladores y poderosos,
son perversamente eficientes y capaces de mantener ese estatus de dominio
de ciertas minorías sobre las masas.
Hasta
ahora, sin embargo, y salvo excepciones, habíamos asistido al
espectáculo de un mercantilismo manipulador, deseoso de sacarnos
los cuartos, con cualquier engaño. Todos hemos asistido a la
visión de juguetes que se mueven solos en los anuncios, entradas
de cine que regala Movistar, pero que solo son para 14 provincias, una
película y dos horarios (los famosos martes de cine), modelos
espectaculares atraídas por un spray, o precios o condiciones
de venta ambiguos, cuando no directamente falsos. En los últimos
tiempos, sin embargo, la cosa ha trascendido al resbaladizo terreno
de la ética. O somos muy susceptibles, quizás, o los especialistas
en publicidad han decidido dar un salto cualitativo importante. Aunque
no se en que dirección. No se si en la del atrevimiento que proporciona
la soberbia de saberse capaz de dominar conciencias, o si en la de directamente
pasar de dominar bolsillos, a controlar comportamientos, creencias y
valores. En el fondo quizás siempre haya sido así, y solo
ahora somos conscientes de ello.
Un caso claro ha ocurrido hace unos días. El gigante americano
Intel, pretendía lanzar a nivel mundial su nueva plataforma tecnológica
“Core 2 Duo”. Para ello, el anuncio central de la campaña
nos ofrece a un hombre blanco puesto en pie, rodeado de seis corredores
negros en posición de salida. La idea de un nuevo procesador
de gran velocidad (identificada con los grandes velocistas de raza negra),
no ha calado entre los analistas. Estos han transmitido al gran público
una interpretación abiertamente racista. Y es que la imagen de
seis afro americanos agachados ante el hombre de negocios blanco, por
mucho que el slogan diga "Multiplique su rendimiento informático
y maximice el poder de sus empleados", ha sido interpretado como
una ofensa que coloca de parte del blanco la inteligencia, y del negro
la fuerza bruta sumisa.

Pero lo curioso, y esta es otra de las maravillas de la publicidad,
es que este mensaje subliminal, intencionado o no, no ha sido percibido
por su destinatario, el gran público, sino descubierto, explicado
y difundido por analistas y estudiosos, lo que crea un curioso canal
indirecto de distribución de ideas.
De hecho el escándalo saltó, no por alguna organización
de consumidores, ni por cartas a los periódicos, sino por un
conocido blog tecnológico, el Gizmodo, desde donde se distribuyó,
de manera que ni siquiera los agentes de Intel habían sospechado.
La reacción de la multinacional ha sido inmediata. Intel retiro
todos sus anuncios y elementos de campaña, ofreciendo su vicepresidente
de marketing, Dan MacDonald, las oportunas disculpas “Solo pretendíamos
transmitir la nueva potencia de nuestros procesadores a través
de una metáfora visual, pero somos conscientes de que en lugar
de comunicar ese mensaje, hemos enviado otro que resulta culturalmente
insensible e insultante”. Conociendo todo el enjundioso y largo
proceso de creación de una campaña, resulta difícil
creer que no se evaluara este riesgo.
No es el único caso, pero si el resuelto de manera mas elegante,
y el mas sospechoso de buscar publicidad gratuita, o de desvelar, sin
querer, los valores reales de sus autores. Bien distinto fue el caso
de Armani, cuando hace unos meses presento una ambiciosa campaña
en la que dos niñas de cinco años y aspecto oriental,
maquilladas y vestidas con biquini y 'short', aparecían en pose
mas que sexy, para anunciar la línea de ropa Armani Junior. La
campaña choco de plano con la agencia de protección del
menor, en la que Arturo Canalda defendió la retirada del anuncio,
al presentar a niñas envueltas en una imagen, que buscaba jugar
con la seducción, el ansia de ser mayor y, digámoslo claramente,
con las prostitutas orientales que pululan por algunos paraísos
turísticos.
La notoriedad se consiguió, al obtener gratis primeras planas
y minutos de televisión, con una imagen que seducía a
los adultos (el cliente no usuario, pero que paga), y que transmitía
una ética confusa a los niños, al sugerirles lo bueno
de asumir pautas inadecuadas para su edad y ciclo madurativo. Armani
cedió, pero no de buen grado. Como tampoco Dolce&Gabana,
coqueteando con pautas de sumisión femenina, reduccionismo sexual
de la mujer, clichés de belleza y permisividad hacia la violencia
de género.

Dolce&Gabana perdió el pulso con la administración
española, y posteriormente con la ASA, organismo que regula la
publicidad en Inglaterra, que no solo prohibió el anuncio, sino,
incluso, varias fotografías de un catálogo publicitario
de D&G, y de otro de ropa para niños de la firma No Added
Sugar al considerar que, como en los dos casos anteriores, eran "sexualmente
provocativas". En una de las imágenes se mostraba a una
niña arrodillada con la leyenda "Un caballero nunca debe
hacer esperar a una dama y una mujer de verdad debe actuar como tal".
En España existen cada vez más mecanismos de protección,
no solo de los intereses mercantiles del usuario, sino de los valores
sociales que pretendemos perpetuar. Mecanismos que van desde Ley General
de la Publicidad, hasta el código de autorregulación,
pasando por los organismos de protección del menor.
Pero no basta. De hecho las intervenciones y frenos se producen cuando
las campañas están en marcha, ofreciéndolas, muchas
veces plataformas de conocimiento aun mayores y gratuitas.
Y todo por que las agencias y creativos, en una guerra económica
sin cuartel, han decidido utilizar medios innecesarios (sexualidad y
niños), pero impactantes y rentables en el corto plazo, y destinatarios
débiles, incapaces de discernir, pero, en nuestra sociedad con
capacidad de influencia sobre el comprador efectivo, y me refiero a
los niños sobre los padres.
Pero junto a todo ellos, cabe preguntarse, si tanta incidencia en estos
aspectos, no esconde una intencionalidad extra económica, que
pretende fomentar una concepción de la vida sexista, racista,
violenta y tendente a sostener un status de dominio social que perdura
ya mucho.
Están bien iniciativas como las del regulador de comunicación
ingles, Ofcom, que ha pedido que se prohíba el uso de famosos
o personajes de dibujos animados asociados a comida basura en los anuncios
publicitarios dirigidos a menores, o como el Parlamento italiano, que
ha prohibido que los menores de 14 años aparezcan en los 'spot'
televisivos. Esta muy bien. Pero a los adultos, ¿de donde les
quitamos?
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