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Sobre
Sergio Pitol, la libertad y lo universal
Aintze
Zaratagabaster
Quien tenga la fortuna de adentrarse en el mundo de
Sergio Pitol, a través de su último libro, descubrirá
en él la fascinación propia de un gran escritor y de un
gran hombre por lo universal. “El mago de Viena”, la ultima
aventura del flamante premio Cervantes, recrea un marco de libertades
humanas, donde el hombre escapa de sus prisiones, y sigue la estela
del autor del Quijote y de sus deudos, todos los escritores que merezcan
tal nombre según Pitol, en un mundo en el que, hasta la locura
del hidalgo es una vía voluntaria a la libertad. Y es que el
gran mago mexicano de la palabra es un hombre de influencias intensas,
pero todas marcadas por la búsqueda de la libertad.

Viernes 21 de abril de 2006, Sergio Pitol
recibe de manos
del rey Juan Carlos I el premio Cervantes 2005
En el mundo convulso del México del XX, marcado
por las revoluciones y la dialéctica entre polos ideológicos,
entre dicotomías laico-religiosas se hizo amante de la palabra.
El niño huérfano y aquejado de malaria, creció
en la inestable América de las guerras europeas, en la libertad
de las palabras europeas. Su refugio aquellos años dolorosos
fue la constante visita al Olimpo de Bergamin, de Pérez Galdos,
de Zambrano, de Cernuda o mas tarde de Paz. En su lectura Pitol descubrió
el ansia por la libertad humana, el cosmopolitismo, la extravagancia
y la capacidad de contar y transmitir sentimientos a través de
una lengua que él usa como nadie de forma oblicua, sutil, anticipadora
e intensa, como ha definido Carmen Calvo.
Quizás toda esa riqueza española no hubiera llegado a
México, y no hubiera cuajado en una generación de prohombres
como nuestro protagonista, sin la ayuda involuntaria del exilio. La
marea de hombres y mujeres que salieron de su patria durante el siglo
XX y la continuaron en la otra orilla de España, en el otro extremo
de la ruta Colon. Eso es innegable. De ellos aprendió, como otros,
a aliviar lo grave sin que dejara de ser intenso, a narrar, a traducir
en letras llenas de musicalidad sentimientos, a desarrollar una infinita
capacidad combinatoria de lenguajes y de pensamientos, a amar eso que
llamamos lo español, y que se ha convertido con el paso del tiempo
en un sinónimo de universal. Que ocasión perdida. Que
momento mas magnifico para reivindicarnos como cultura excelsa de lo
humano, soslayada. Nuestra proverbial tendencia al reduccionismo a la
simplificación y al sectarismo excluyente ha llevado a convertir,
sutilmente, la entrega del Cervantes 2005 en una exaltación del
espíritu republicano. Solo del republicano.
Tenía 17 años, cuando mi padre me regalo “El arte
de la fuga”, una autobiografía precoz de Pitol, que el
mismo definió como el resultado del alma de un huérfano
casado con la malaria, escrita tras una sesión de hipnosis. “Si
quieres saber por que es importante la lengua, y como se busca la libertad
personal, léelo”, me justifico mi padre al entregármelo.
Años después, el coordinador de esta revista me contaba
una de sus fascinaciones mas pertinaces, la que le aqueja por lo que
el llama los hombres del atlántico. Uno de sus amigos mas admirados,
un filosofo docente, nació en México, del encuentro en
una parte de España (México), con otras dos partes de
España (una familia de exiliados republicanos y una familia de
emigrantes buscadores de su destino y su futuro). Del encuentro nació
un hombre de convicciones, sabio, sereno, reflexivo y abierto al mundo,
amante de la verdad y la gente. Una muestra prototípica de la
cultura de lo español, mestiza, ecléctica. Mitad celestial,
mitad terrenal. Mitad real, mitad republicana. Mitad rural, mitad urbana.
Mitad genial, mitad…
Ya sabemos que la actual dirigencia hurga en la historia con la intención
no escondida de alimentar la legitimidad de sus proyectos en la segunda
republica. Pero, aun con sus innegables valores, nuestra identidad y
nuestros éxitos como comunidad no se reducen a esa etapa. Convendría
que alguno leyera a Thomas Khun, el defensor del concepto acumulativo
de la historia y las sociedades. Convendría que alguno leyera
a Pitol en “Domar a la divina Garza”, para que envuelto
en la flor del café que crece y perfuma en sus páginas,
le preguntara a Rosa Regás, en que parte del espíritu
libre y respetuoso de la republica se defiende que es oportuno molestar
y ofender moviendo y arrinconando estatuas de grandes pensadores como
Pereda o Pidal o Pelayo, que han ayudado a crecer el alma aguda y humana
de grandes hombres como Sergio Pitol.
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