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Y
lloró el cielo sobre una mujer
Aintze
Zaratagabaster

Nunca he tenido la virtud de manifestarme monárquica, y no considero
adecuado el momento, por más que no seria sincero. Hoy no quisiera
reflexionar sobre una princesa, sino sobre una mujer. Me mantengo al
margen de la polémica sobre la vulgarización de la monarquía,
que el casamiento del príncipe de Asturias con una plebeya implica.
Siento desairar al señor Peñafiel, pero ya bastante poco
favor se hace él mismo no colocando un candado en sus hediondos
labios, para hacerle mas propaganda. Estos días, todos los medios
de comunicación se han deshecho en un respetuoso silencio alrededor
de la Princesa de Asturias, tras la muerte de su hermana pequeña.
Un velo de complicidad se ha extendido en la élite de la comunicación,
ahogando en penas la realidad, el suicidio de una mujer joven que deja
desamparada a una hija, y triste y sin consuelo a una familia. Incluso
los medios que han osado tratar abiertamente el tema han sido criticados.
No se muy bien si por romper ese pacto no escrito de cierre de filas
en torno a la pobre princesa, o por envidia hacia quien les ha arrancado
la carnaza de entre las fauces. Pero no nos engañemos, la gente
no se suicida, se la mata. El suicidio es una forma difusa, colectiva
y legal de asesinato. Cuando alguien ya no puede sostener su sino, ni
esconderse de las sombras que la acechan, ni soportar las maledicencias,
críticas y malas intenciones envueltas en palabras, cuando ya
no puede esconderse del sonrojante acoso de la risita sarcástica
y el “ya, ya”, que acostumbramos, le ahorra la bala al enemigo
y la pone de su bolsillo. Conocí a Erika hace pocos meses en
la sede de una conocida agencia de publicidad de Madrid, coincidimos
en dos equipos de trabajo, que se encontraron fugazmente para un encargo,
cada uno a un lado de una mesa. Fue el tiempo suficiente para un hola
alejado y un beso escapado en la mejilla. Lo suficiente para detectar
en alguien una sensibilidad, amabilidad y ternura exquisitas. Lo necesario
para dar pie tras la reunión a uno de esos repugnantes comentarios
a los que ciertos hombre están tan acostumbrados, y a los que
se sienten con derecho y sabiduría, porque ellos son hombres
(eso dicen), y nosotras mujeres. “Ya sabes, es la hermana de..”,
me espetó. Si tuve el "honor" de tan nauseabundo comentario,
siendo tan solo una compañera de trabajo ocasional, que no dirán
entre si los buitres en sus comadreos. A los efectos no era la hija
de nadie, era ella misma.Una mujer sencilla, trabajadora, sincera, sensible….
Y débil. Y lo mas doloroso es esta hipócrita procesión
de dolor de muchos medios, sobre alguien que previamente, y con la boca
en mueca, y la voz impostada, para no delatarse, ha sido criticada y
manchada en público y privado, con la sordina necesaria, para
no poner en aprietos a quien lo hace. Y no me refiero solo a la difunta,
sino también a su hermana. Leticia Ortiz Rocasolano, o lo que
es menos importante, la Princesa de Asturias. Y Leticia sólo
es una mujer. Una mujer culta, entusiasta y encorvada hacia el futuro,
que se enamoró de un hombre y asumió el riesgo de vivir
junto a él, abandonando su vida y su identidad, colocándose
en el pim, pam pum de esta España cainita (frase de Pérez
Reverte), que no tolera que el mérito se imponga y las mujeres
alcancen el protagonismo que reclama su valor.

Y no son frases. Frases son las que crípticamente denostan a
Leticia Ortiz cada día con argumentos tan falaces como su carácter
dominante, sus querellas con sus cuñadas, sus desaires al protocolo,
su ambición ilimitada o no se cuantas memeces mas. Frases eran
las que muchos eunucos mentales vertieron sobre ella en columnas y foros
en los días previos al enlace, sobre el advenimiento de la republica,
el desprestigio de la monarquía, la entrada del vulgo en Palacio,
su esterilidad o el estigma de su divorcio. Republicanos o monárquicos,
la institución real es solo un símbolo de nuestra comunidad
y nuestro futuro a fecha de hoy, llevado con dignidad y acierto por
sus legítimos representantes, en el momento actual. Y la familia
de la esposa del príncipe nada tiene que ver con el como se gobierna
este país. No son los vestidos de la princesa, la línea
sucesoria, o el trabajo de sus hermanas nuestro problema, porque este
no vive en Zarzuela, sino en Moncloa. Ya nos gustaría a los vascos
recibir de la Carrera de San Jerónimo, o de Moncloa, o de Génova,
la mitad de sensibilidad y cordura, que de Zarzuela. Sin embargo, y
ante el regocijo de muchos su boda se tiñó de lluvia.
La llegada de su hija, se tiñó de lluvia, y el cielo volvió
a llorar con su hermana, como si por mas que una casualidad, quisiera
ver en ello, nuestro lado mas rufián y vengativo, una premonición.
Ha muerto una mujer, cuya alma delicada no supo soportar la sombra afilada
de la España navajera de aliento de hiena. Y su familia, que
la admiraba y amaba, la llora. Como tantas viudas y hermanas lloran
en este país a quien la droga, la carretera, las alimañas
de eta, o su simple condición de mujer arrebatan la vida. Nada
más. Y nada menos
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