194 febrero 2007
   
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La opinion


 

 

 

 

 

 

 

Y lloró el cielo sobre una mujer

Aintze Zaratagabaster


Nunca he tenido la virtud de manifestarme monárquica, y no considero adecuado el momento, por más que no seria sincero. Hoy no quisiera reflexionar sobre una princesa, sino sobre una mujer. Me mantengo al margen de la polémica sobre la vulgarización de la monarquía, que el casamiento del príncipe de Asturias con una plebeya implica. Siento desairar al señor Peñafiel, pero ya bastante poco favor se hace él mismo no colocando un candado en sus hediondos labios, para hacerle mas propaganda. Estos días, todos los medios de comunicación se han deshecho en un respetuoso silencio alrededor de la Princesa de Asturias, tras la muerte de su hermana pequeña. Un velo de complicidad se ha extendido en la élite de la comunicación, ahogando en penas la realidad, el suicidio de una mujer joven que deja desamparada a una hija, y triste y sin consuelo a una familia. Incluso los medios que han osado tratar abiertamente el tema han sido criticados. No se muy bien si por romper ese pacto no escrito de cierre de filas en torno a la pobre princesa, o por envidia hacia quien les ha arrancado la carnaza de entre las fauces. Pero no nos engañemos, la gente no se suicida, se la mata. El suicidio es una forma difusa, colectiva y legal de asesinato. Cuando alguien ya no puede sostener su sino, ni esconderse de las sombras que la acechan, ni soportar las maledicencias, críticas y malas intenciones envueltas en palabras, cuando ya no puede esconderse del sonrojante acoso de la risita sarcástica y el “ya, ya”, que acostumbramos, le ahorra la bala al enemigo y la pone de su bolsillo. Conocí a Erika hace pocos meses en la sede de una conocida agencia de publicidad de Madrid, coincidimos en dos equipos de trabajo, que se encontraron fugazmente para un encargo, cada uno a un lado de una mesa. Fue el tiempo suficiente para un hola alejado y un beso escapado en la mejilla. Lo suficiente para detectar en alguien una sensibilidad, amabilidad y ternura exquisitas. Lo necesario para dar pie tras la reunión a uno de esos repugnantes comentarios a los que ciertos hombre están tan acostumbrados, y a los que se sienten con derecho y sabiduría, porque ellos son hombres (eso dicen), y nosotras mujeres. “Ya sabes, es la hermana de..”, me espetó. Si tuve el "honor" de tan nauseabundo comentario, siendo tan solo una compañera de trabajo ocasional, que no dirán entre si los buitres en sus comadreos. A los efectos no era la hija de nadie, era ella misma.Una mujer sencilla, trabajadora, sincera, sensible…. Y débil. Y lo mas doloroso es esta hipócrita procesión de dolor de muchos medios, sobre alguien que previamente, y con la boca en mueca, y la voz impostada, para no delatarse, ha sido criticada y manchada en público y privado, con la sordina necesaria, para no poner en aprietos a quien lo hace. Y no me refiero solo a la difunta, sino también a su hermana. Leticia Ortiz Rocasolano, o lo que es menos importante, la Princesa de Asturias. Y Leticia sólo es una mujer. Una mujer culta, entusiasta y encorvada hacia el futuro, que se enamoró de un hombre y asumió el riesgo de vivir junto a él, abandonando su vida y su identidad, colocándose en el pim, pam pum de esta España cainita (frase de Pérez Reverte), que no tolera que el mérito se imponga y las mujeres alcancen el protagonismo que reclama su valor.


Y no son frases. Frases son las que crípticamente denostan a Leticia Ortiz cada día con argumentos tan falaces como su carácter dominante, sus querellas con sus cuñadas, sus desaires al protocolo, su ambición ilimitada o no se cuantas memeces mas. Frases eran las que muchos eunucos mentales vertieron sobre ella en columnas y foros en los días previos al enlace, sobre el advenimiento de la republica, el desprestigio de la monarquía, la entrada del vulgo en Palacio, su esterilidad o el estigma de su divorcio. Republicanos o monárquicos, la institución real es solo un símbolo de nuestra comunidad y nuestro futuro a fecha de hoy, llevado con dignidad y acierto por sus legítimos representantes, en el momento actual. Y la familia de la esposa del príncipe nada tiene que ver con el como se gobierna este país. No son los vestidos de la princesa, la línea sucesoria, o el trabajo de sus hermanas nuestro problema, porque este no vive en Zarzuela, sino en Moncloa. Ya nos gustaría a los vascos recibir de la Carrera de San Jerónimo, o de Moncloa, o de Génova, la mitad de sensibilidad y cordura, que de Zarzuela. Sin embargo, y ante el regocijo de muchos su boda se tiñó de lluvia. La llegada de su hija, se tiñó de lluvia, y el cielo volvió a llorar con su hermana, como si por mas que una casualidad, quisiera ver en ello, nuestro lado mas rufián y vengativo, una premonición.
Ha muerto una mujer, cuya alma delicada no supo soportar la sombra afilada de la España navajera de aliento de hiena. Y su familia, que la admiraba y amaba, la llora. Como tantas viudas y hermanas lloran en este país a quien la droga, la carretera, las alimañas de eta, o su simple condición de mujer arrebatan la vida. Nada más. Y nada menos



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