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La
sonrisa de Felipe Gonzalez
Foto:
Elpais.es

Gonzalez
en una reciente entrevista con Iñaki Gabilondo, para Cuatro.
Foto El Pais
He
escuchado con suma atención las declaraciones de Felipe González
en el programa “Informe Semanal”, con motivo de la victoria
socialista hace 25 años. Una victoria positiva para el país,
pues enterró, hasta hoy, los fantasmas de la Guerra Civil, y
permitió asumir con naturalidad una alternancia política
que afianzo nuestra democracia. No me parece relevante hacer mención
a la ausencia en esas celebraciones de Alfonso Guerra, cuyo divorcio
con el ex secretario general es más que conocido y antiguo. Y
si me parece relevante resaltar los logros de aquellos catorce años,
años en los que se revolucionaron las infraestructuras, se generalizaron
los servicios públicos, se sentaron los cimientos del saneamiento
económico, con elevados sacrificios sociales, se consolido el
complejo sistema democrático español, y se fortaleció
la proyección internacional de España.
Pero la entrevista, que vuelve a revelar la clarividencia y las dotes
políticas de este hombre, me produjo un escalofrió estremecedor
en uno de sus pasajes. Con la sede de la soberanía popular asomada
en un punto de fuga del plano, González abordo, con toda naturalidad,
y ante una tímida y laxa pregunta de la entrevistadora, los turbios
años de la guerra contra ETA, la llamada “Guerra Sucia”.
Con toda cordialidad, el ex presidente supo dar la vuelta al calcetín,
afirmando sin sonrojo, que su gobierno acabó con las actividades
ilícitas contra el terrorismo, que en realidad se habían
iniciado en los gobiernos y etapas anteriores, y sentencio que cuando
un estado opta por esa vía (luego es una opción) “la
proporción es de veinte a uno”. A eso se le llama asumir
con estilo los efectos colaterales de la guerra. Se mostró conciliador
con los condenados por aquellas tramas (Vera y Barrionuevo), recordando
que la interpretación de ciertas sentencias, una del Tribunal
de Estrasburgo al menos, determinan que los políticos de su gobierno
condenados por corrupción, lo fueron sin pruebas, siendo meros
chivos expiatorios de una persecución contra su persona. Y todo
ello con una sonrisa. Una sonrisa abierta y acida. De esas que uno lanza
acechante y desafiante ante cualquiera que le asalte o rebusque en su
pasado, sabiéndose intocable. Y eso es lo que me resulta inquietante.
Las actividades del GAL, un grupo de matones dirigidos y financiados
a espaldas del control parlamentario, y de toda ética democrática,
durante los años 80 y 90, resultó una operación
contra el terrorismo reprobable, diga lo que diga González, empleada
ampliamente durante sus gobiernos, que afecto a las vidas de muchos
inocentes (y no solo Segundo Marey) y que provoco un daño, hasta
hoy, irreversible en la población vasca, pues ha permitido magnificar
la idea del estado colonizador y opresivo, vinculado al icono del cuartel
de la guardia civil de Intxaurondo y del general Galindo. Un daño
que sostiene, contumazmente, un lecho de 150.000 votos entre los grupos
radicales. Pero a González eso le da risa. La risa del impune.
La risa del que te mira la cara de tonto que se te queda, mientras masculla
“que ignorante eres, cuido de ti, y encima me criticas. Tu no
entiendes de estos asuntos”. Me recordó su pose a la de
Jack Nickolson en “A few good men”, la magnifica película
de Rob Reiner, en la que se analiza el maquiavelismo de los militares
americanos, dispuestos a justificar cualquier medio que justifique un
fin, su fin. Es curioso que 9 años después de aquella
cinta, ambientada en los turbios procedimientos de Guantánamo,
Bush abriese allí la más escarnecedora cárcel que
el mundo hoy conoce. Curioso, por que los manejos policiales que en
aquellos días del felipismo pudimos ver, aquel proceder a la
argentina contra la subversión que ahora se nos vende, asomaron
tímidamente el 12,13 y 14 de marzo de 2004. Solo asomaron. Bermúdez
y del Olmo los devolvieron a la oscuridad de la catacumbas de interior.

Gonzalez en la Feria del libro de Guadalajara,
Foto Amado Carpio
Cerrado
queda, y no cambio de tema, la herida del 11 de marzo. Y falta hace
que el silencio nos inunde en este asunto, para facilitar así
limpiar las heridas que en el alma han dejado tanto dolor de los asesinos
y tanta miseria moral de quienes desde el banco azul o el incoloro,
dibuja nuestros destinos. Comprendo, por cercanía personal, la
larga travesía al vacío que recorrerán quienes
aquel día se vieron desgarrados por un fantasma. Les debemos
todos nuestro respeto, alejarles de luchas y recriminaciones. Les debemos
una calma perdida y un silencio tal que solo puedan oír el corazón
de aquellos a quienes amaban. Nada más. Pero eso es para ellos.
Para el resto, tras ese silencio, el estado, no el gobierno, ni un partido,
deben continuar, con firmeza y discreción, perseverando en el
descubrimiento de la verdad, esa que tanto escriben los medios afines
al gobierno estos días, para convencernos de que hemos llegado
al final y que todo se acabo, pero que aun desconocemos. Alguien deberá
limpiar, discretamente, el aire de los fantasmas que han quedado. Han
quedado en el camino, como en los tristes días de los 90, decenas
de sombras de un poder oculto, sembradas desde los medios de seguridad
del estado, o quien sea, sombras retiradas tras los cadáveres
de Leganes, tras los trapicheos de Lavapies, tras la nube de polvo y
confusión levantada con su ignorancia y su avidez de revancha
ciega por Losantos y compañía.
Cada vez esta mas claro que nuestra modélica transición
política, poco tiene de ello. Migramos de la dictadura al actual
sistema en medio de un enjambre de calladas, basuras escondidas bajo
la alfombra y pactos de silencio que no comprometieran a nadie. Mantuvimos
en el poder a gentes acostumbradas a manejos y maneras, poco acordes
con los nuevos tiempos. Como me comentaba hace unos días la periodista
Elena Delgado, “en realidad poco sabemos de nuestra historia en
los últimos treinta años, mas ala de lo que vemos reflejado
en un espejo”. Suárez fue lacerado por su propio partido,
quizás por molestar en el reparto de poder pactado. En ese sentido,
la escasa belicosidad e intervención de los gobiernos de Aznar
en la corrupción socialista, es para meditar. Todo ha ido bien,
hasta que “algo” se salio del guión en marzo de 2004.
“Algo” tras lo que un delirante Rodríguez Zapatero
ha seguido improvisando diálogos, ante la desesperación
del otro actor, los populares, que descabezados tras Aznar, no alcanzan
a comprender el nuevo rumbo que han tomado los acontecimientos, ni a
frenar la deriva de estos, a lo que ellos solo contribuyen con pataleos
y una actitud desesperada por impotente. Y tras todo, las sombras de
interior, como hace 20 años. Y tras ello González, con
sus paternales llamadas al orden a José Luís. Y al fondo,
la sonrisa de Felipe.
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