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Semana
Santa en Entrevias
Aintze
Zaratagabaster
Javier
Bauza, parroco de Entrevias sancionado
por el arzobispado de Madrid
No son buenos
tiempos para procesiones y muestras externas de fervor y pasión.
Son tiempos acaso mas propicios para el disfrute y el hedonismo, para
la autocomplacencia y el descarado ensimismamiento, ese que nos aleja
a cada paso de los demás. Es cierto que procesiones y demás
rituales propios de la estación se encuentran en claro ascenso,
hasta provocar el sonrojante y encendido enfrentamiento entre quienes,
por mas que se escudan en las tradiciones e irracionales miradas al
pasado, niegan al acceso a estas muestras religioso-culturales-festivas
a grupos como las mujeres o los inmigrantes, y los que soplan libertad
en este mundo de la fe. Pero las procesiones de hoy, son otra cosa.
Bajo el barniz del sentimiento y la fe, esta la cultura. Aséptica
y laica, el arte y el reclamo turístico, forjador de un negocio
que cae como mana en cada región española. Ahora de la
mano del sol, ahora de una carrera de coches, ahora de una ristra de
capirotes. Y llegara el día que se contraten extras, como ahora
de contratan costaleros, en algunas ciudades. Y es que el sufrimiento,
la muerte, el bien encarnado y lacerado, choca con una sociedad educada
por la publicidad y la educación en el positivismo infantil e
inconsciente, en los cuerpos danone y las caras limpias y desgranadas.
Y si uno no cumple esos cánones, pues nada, a la tele, que te
lo arreglan gratis, a cambio de un poco de share, y un mucho de vergüenza
ajena.
Porque si de verdad viviéramos y entendiéramos la pasión
de Cristo, mas haríamos para reducir las colas que cada dia se
montan frente a los comedores de caritas. Mas haríamos para ayudar
a Dios a clausurar tanta guerra que nos desangra, y mas tesón
pondríamos para, con una sonrisa en la boca y una cruz bien grande
en la frente, demostrar que somos cristianos, ante tanta infamia y tanta
ominosidad como a cada instante topamos. Y que conste, que hoy no vengo
a hablar ni de José Luís, ni de Candido, ni de Alfredo,
ni de Joan, ni de Mariano, ni siquiera de Federico.
Así que veremos estos días las calles llenas, y las iglesias
medio vacías. Las procesiones repletas, entre un alud de flases,
y los silencios hermosos de las oraciones, aun mas mudos, por mas que
las bocas no los elevaran a Dios pidiendo por esta tierra que se muere
de sed de justicia, mientras en medio de tanta casa rural y tanto resort,
los hospitales seguirán llenos, las cárceles repletas,
las cunetas con cadáveres, y las calles vascas con miedos
Un Dios raro el nuestro, que presencio impasible el horroroso tormento
de su hijo mayor, para salvar a esta prole de putativos en que nos hemos
convertido, y que andado el tiempo debe presenciar como su pueblo siembra
el horror humano tras cada esquina o dinamita su propia casa. Porque
en los días, en que un bello madero nos enseña el camino
de la libertad, en nuestra propia casa deberemos seguir oyendo el ruido
de sables y el desconcierto de quienes deben ejemplificar nuestros pasos.
Calle ante la reprimenda del Papa al teólogo de los pobres Jon
Sobrino. Pero en estos días en que, aun mas que a diario, Dios
nos pide un compromiso con el perdón, la beligerancia a favor
de la justicia, y la entrega a los mas desfavorecidos, no puedo aceptar
de buen grado la situación de la parroquia de Entrevias en Madrid.
Por mas que en primera persona la conozco.
En medio de la afrenta que suponen hechos como el final de Endesa o
el principio de la nueva HB, el arzobispado de Madrid decide cerrar
una parroquia de la capital, una casa de Dios, donde reciben acogida
y esperanza muchos marginados, por los hombres, que no por el señor.
Y hablo de la la parroquia de San Carlos Borromeo, en el barrio madrileño-vallecano
de Entrevías. Una decisión tan escandalosa y desconcertante
que ha llevado a sus tres sacerdotes, y a sus feligreses, a asumir el
gravísimo acto de desobediencia de negarse al cierre y disolución
de esta comunidad cristiana, según ha ordenado monseñor
Antonio Rouco Varela.

Un feligres de Entrevias preparando una pancarta
de apoyo a la comunidad religiosa del barrio
El motivo de esta decisión no es otro que haberse atrevido a
extender el mensaje evangélico en estado puro. O dicho de otro
modo, anteponer el amor al prójimo y la lucha pasional por la
justicia, bajo el sentido de Cristo, a los formalismos litúrgicos.
Es cierto, los curas de Entrevias no son oyentes de la COPE, no han
ido a ninguna manifestación de los sábados y no llevan
sotana. Pero han sembrado esperanza, han atraído al mensaje de
Cristo a decenas de jóvenes, han luchado contra la droga, han
fomentado la educación, han sacado a mujeres de las sombras de
la calle y han mostrado a Dios a muchos corazones de ese pozo que es
el Madrid que queda mas allá de la calle Serrano y los túneles
de la M30.
Ajeno al poder la jerarquía eclesiástica y critico con
el poder político, de la casa de la Villa o de la Moncloa, la
Semana de Pasión, ha sacado a la luz “un cristianismo muy
vivo y muy comprometido con el mensaje de Cristo, mensaje de amor, de
tolerancia, de misericordia, un cristianismo con el que somos muchos
los que comulgamos”, como recientemente ha expuesto Pedro Calvo
Hernando.
Son días de playa y caravana, días de procesiones turísticas
y religión de cartón piedra, Pero entre tanto ruido, Dios
sigue vivo y muchos le esperamos, con el corazón abierto, y la
mirada en Entrevias.
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