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Un
barquito de cáscara de nuez
A
mi querido Emilio Aragón

“Un
barquito de cáscara de nuez” es, sin duda, una de las piezas
fundamentales de la banda sonora de mi vida. Nació en la tradición
cubana, de donde la familia Aragón la rescató en sus andanzas
por la isla en los años cuarenta. Los famosos payasos de la tele
la incorporaron a su repertorio en los setenta, aunque escondida tras
los pepitos, los josés y las gallinas turulecas de la época.
Seria en el año 1999 cuando la canción alcanzase la categoría
de himno en una poética versión interpretada por Emilio
Aragón y Miguel Bosé, en aquel disco de tantos recuerdos,
que fue “A mis niños de treinta años”. Desde
entonces, ha sido para muchos un verso musicado reverencial, que ha
pasado del silencio respetuoso, a las versiones de culto, como la ya
famosa de Enrique Bumbury en 2004. Pero siempre, asociada a una forma
de entender la vida, muy alejada, por desgracia, a la versión
oficial.
Me ha evocado sus compases el ver de nuevo otra muestra de ese espíritu,
el cortometraje “La Flor más grande del mundo”, una
historia en stop motion surgida del talento de José Saramago,
el ingenio de Juan Pablo Etcheverry y la magia de Emilio Aragón,
otra vez.
“La flor mas grande del mundo”, que El País ha vuelto
a poner de actualidad a través de su colección de cortometrajes,
es una fabula de belleza extraordinaria y extraña, que refleja
el valor de las pequeñas cosas, lo que debería ser el
motor de nuestras vidas. Nominada en la última edición
de los Goya al Mejor Corto de Animación, es una reflexión
sobre un mundo donde las cosas sencillas, la inocencia, la infancia
y la pureza han rendido armas al efectismo vacuo, y al interés
material. Como si Jeremy Bentham, el impulsor del utilitarismo reinara
de nuevo.
El cuento de Saramago ya cautivó en su día a quienes pudimos
acariciar aquellas páginas, pero ahora, un elemento añadido
a la historia ha colmado al cuento de símbolos y de enigmas.
Bajo la delicada batuta de Emilio, sobresale con más fuerza el
descubrimiento, la valentía y el altruismo que un niño
antepone a un paisaje barbechado por el individualismo, la desesperanza,
la violencia y la falta de ideales. Y que estos días se nos han
mostrado en Huelva, como en tantos sitios antes.
Ambas obras han tenido a un personaje en común, a un artista
que ha completado en sus 49 años un largo recorrido en busca
de respuestas a su inagotable curiosidad.
Nacido en La Habana, durante la estancia allí de sus padres,
obtuvo el titulo de piano en el Conservatorio Superior de Madrid, continuando
estudios de composición en el New England Conservatory de Boston,
y de dirección de orquesta con Richard Hoenich.
Su imagen pública esta asociada a su faceta de hombre espectáculo,
a través de programas de entretenimiento, series de televisión,
payaso mudo, o cómico en múltiples proyectos, y a su cargo
de ejecutivo, desde el que ha impulsado grandes estructuras empresariales
como la productora Globomedia, el grupo Árbol o, mas recientemente
“La Sexta”.
Pero esa es una parte menor de su actividad, el lado menos importante,
aunque vistoso de su figura. En el año 2000 creó la Fundación
Magistralia, de la cual aun es director artístico. Como el propio
Emilio la define, “la filosofía de Magistralia reside en
que cuanto más tiempo dediquemos a la música, menos se
oirán otros ruidos”. Radicada en Oviedo, la Fundación,
sin ánimo de lucro, trabaja en la difusión de la cultura
musical en la familia, la infancia y la juventud, mediante publicaciones
periódicas, exposiciones, organización de conciertos didácticos
y becas de formación complementaria a jóvenes músicos.
La pasión por la cultura de este hombre ha llegado a utilizar
la música como un instrumento terapéutico que consigue
importantes beneficios entre personas con problemas mentales y físicos,
consiguiendo grandes avances en su sociabilidad, auto confianza, movilidad
y desarrollo intelectual. Madrid, sin ir mas lejos, tiene en este momento
en marcha un ambicioso proyecto para crear un gran organismo que coordinará
las escuelas municipales de música, las iniciativas privadas
musicales y los proyectos de cultura para jóvenes, y que tendrá
su sede en un modélico centro cultural ubicado en el Palacete
de la Quinta de los Molinos, gracias a la labor combinada del Ayuntamiento
y de Emilio Aragón, que aporta esfuerzos, experiencia y dinero,
a través de Magistralia.
El sueño musical de Emilio ya ha dado frutos en estos años,
y no solo por la labor directa con cientos de jóvenes, sino como
impulsor cultural. Su primer reconocimiento fue con el estreno en 2001
de "Parks", una obra musical para jóvenes estrenada
en el Jordan Hall de Boston. Un año después se lanzaría
a la caza de una de sus piezas más ambiciosas, la composición
de cuentos sinfónicos. Así nacerían "El Soldadito
de Plomo", en 2002, “Blancanieves”, en 2004 y "La
Flor más grande del mundo" en 2007. Estas y otras obras
han sido estrenadas en varios festivales europeos y americanos, traducidas
a siete lenguas, editadas por sellos musicales prestigiosos como Deutsche
Grammophon y servido de soporte didáctico en los programas de
estudio de una veintena de países.

Traspasar fronteras, aunar culturas y tender puentes entre tiempos que
alejados y ocultos por el mercadeo cultural de nuestros tiempos, nos
impiden aprender de un legado que se pierde en la vorágine vertiginosa
de la pseudo creación artística de OT y compañía,
es también su objetivo. Muestra de ello, el nacimiento en 2006
de "Bach to Cuba", una rareza musical que empapa a Juan Sebastián
Bach en ritmos caribeños como la conga, el danzón o el
guaguancó y el joropo venezolano, gracias a la colaboración
de el contrabajista cubano Alain Pérez, el extraordinario Paco
de Lucía, y los ritmos del venezolano Ernesto "Tato"
Ruiz.
Ahora esta inmerso en una pieza religiosa, "El Diluvio de Noé"
de Benjamín Britten, o la grabación de "Canciones
Líricas", una pieza musical que pretende acercar los textos
de Lorca a los jóvenes, dentro del proyecto "Córdoba,
lejana y sola".
Y todo ello dentro de la cabeza del hombre que compone a menudo para
Celia Cruz, Mocedades, Raimundo Amador o Miguel Bosé. Que tiene
en su haber casi la mitad de las sintonías televisivas de nuestro
país ("Médico de Familia", "Periodistas",
"Siete Vidas", "Javier ya no vive sólo",
"Casi Perfectos", "El Gran juego de la Oca", "Noche,
noche") de series infantiles y producciones cinematográficas
("Esquimales en el Caribe", "Defensor Cinco", "Los
Gnomos", "Los Ewoks" y "Droids" de George Lucas),
decenas de anuncios, y hasta tres discos "Atrapado" 1993,
"Eso es así" 1992 disco de oro y "Te huelen los
pies" 1991, cuatro discos de platino).
Este verano, la Fundación Comillas, el invento del inefable Miguel
Ángel Revilla, organizó un ciclo musical, bajo el nombre
“Caprichos Musicales de Comillas”. Una de las citas ineludibles
del ciclo tuvo como protagonista a Emilio. Llegado sin resuello, desde
los cursos de la Carlos III en Colmenarejo, la figura amable e imponente
de Emilio, como un gran niño, tímido y febril de ilusión,
inundo los maravillosos jardines del Palacio de Sobrellano, la noche
del 27 de julio, junto a su fiel Joaquín Valdeón. Su Joven
Orquesta Magistralia ejecutó aquella noche con maestría
'La flor más grande del mundo', que el mismo narró. Tras
el concierto, un Emilio ansioso y emocionado defendía con sus
manos volando en el aire, y el balbuceo propio de quien piensa y siente
mas veloz de lo que se articula en su garganta, la necesidad de incentivar
y promocionar la afición por la música clásica
entre todo tipo de públicos, mediante medios que deben ser necesariamente
innovadores, didácticos y atractivos.
Concluyó aquella jornada en la plaza de la villa, para tomar
en el mítico Samovy, el último café de la noche.
Y Emilio seguía contando entusiasmado sus proyectos, al igual
que el niño de Saramago contaba la necesidad de que salgamos
de nuestras casas, a buscar flores marchitas y hacerlas revivir mediante
nuestro esfuerzo personal. Y darlas tanta vida, que al final, sus pétalos
se harán tan grandes, que nos darán protección,
hasta de nosotros mismos. Y es que vivimos encerrados en una casa ficticia,
que hemos construido con la imposición comercial, el aborregamiento
de nuestra sociedad, y el acomodo a nuestros gustos más primarios,
más fáciles, y más llevaderos sin esfuerzo.

No vamos a negar ahora que somos seres plagados de instintos, y que,
posiblemente, nacemos sujetos a tendencias muy primarias, pero que son
tendencias que podemos dominar, corregir y utilizar en nuestro provecho.
Porque de no hacerlo haremos imposibles nuestra evolución, nuestro
enriquecimiento y la obtención de la felicidad verdadera, al
ser esclavos solo del instinto, en lugar de ser libres para crear y
moldear nuestra vida. Pero hay más, el hecho de ser seres sociales
compromete con nuestros actos la vida de los demás, y eso no
es admisible, al tiempo que toda la sociedad se convierte, aunque solo
sea por autodefensa, en responsable de la educación, con mayúsculas,
de cada individuo. Pero eso requiere una inversión moral y de
disponibilidad a la que nos resistimos. Debemos y podemos despertar
nuestra humanidad, y la música es un instrumento para ello. Porque
somos animales sensibles, entregados, creativos y capaces de ver, leer
y tocar lo inmaterial, y esa capacidad la debemos potenciar, y ahí
la música puede ser una ayuda primordial. No podemos dejar que
los jóvenes se eduquen en la máxima de que solo existe
lo que se toca, que el placer es inmediato e individual, que sentir
es despreciable, y que la empatia es una miseria. Pero de nada sirve
mi esfuerzo, el tuyo o el de aquel, si se sirve aislado y en contra
de lo que se impone, porque da dinero. Y ahí las familias tenemos
culpa, la de abandonar la educación de sus hijos a las instituciones
o a maquinas que nos eviten el esfuerzo de tocar y vivir con sus hijos.
Las instituciones tienen , que organizan un concierto, no quiero saber
porque, al tiempo que permiten, en completa impunidad, que grupos de
jóvenes tomen al asalto la playa que esta a medio kilómetro,
educándose en el todo vale. Y los medios tienen culpa, porque
colocan el vender y el entretenimiento fácil y seguro, muchos
peldaños por encima de la obligación moral de un medio
de masas de crear sociedad. Es mentira eso de que al público
le gusta más esto o aquello. Es mentira que todos seamos iguales,
según para que. Un niño no es igual a un adulto, un analfabeto
funcional no es igual a un hombre o mujer cultivados, y no hablo de
derechos. Tenemos la obligación de doblegar la voluntad de un
niño para que coma pescado y legumbre, porque sabemos que ello
le protegerá y nos hará más fuertes como grupo.
Pues también tenemos la obligación de educar sus sentimientos
y de musicar su vida, por el mismo motivo.
Y mientras aquí seguimos, como un frágil barquito de cáscara
de nuez, remando en la tempestad.
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