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Del
amor a la muerte
http://aine-zw.blogspot.com

Asistimos estos días al baile de crocutas que ciertos grupos
sociales, con el inestimable apoyo de ciertas instituciones, despliegan
en torno a diversas clínicas abortistas españolas, a ciertos
profesionales de la medicina y, lo único importante, a ciertas
mujeres, a las que al dolor de presenciar con anuencia la muerte de
su hijo, añadimos ahora el escarnio público, la remoción
de los cimientos de su familia y la quiebra de la espiga que ha unido
débilmente su corazón a su alma, desde aquel instante
en que decidieron dar muerte a su hijo, y con él, en parte, a
ellas mismas.
Solo en ese preciso instante en que la vida te regala la nueva, de que
albergas a un niño, conoces en completo sentido la felicidad.
Es un sentimiento solo comparable a ese otro instante en el que de tus
entrañas brota la vida, y tras un reguero de dolor, tras una
llama intensa que parece quemarte, te abres como una flor para oír
el llanto de quien ya será para siempre parte de ti. Tan parte
de ti, como en el primer instante en que le sentiste, acariciaste a
través de tu piel su diminuto cuerpo encerrado en tu vientre,
y escuchaste el ritmo ilusionado y febril de su corazón, dentro
de ti. Nadie que no lo sea conoce la sensación de plenitud que
una madre siente, cuando presenta al mundo a su hijo, tras luchar arduamente
por él en un parto, sin saber aun cuantas lagrimas más
te pedirá la vida para que lo que antes fue tuyo, sea ahora él.
Por eso, querer pensar que para una mujer arrancar con estilete la vida
de las tripas es como ir al solarium, es vil. Por eso, reabrir heridas,
acosar mujeres y lanzar juicios públicos que marcaran de forma
indeleble la vida de aquellas, solo puede ser obra de un cobarde, o
de un insensato.
De lo segundo, porque es lo único que cabe pensar de quien supone
que una mujer disfruta, o se muestra indiferente y frívola ante
una decisión tan contraria a su naturaleza misma. De lo primero,
por que es lo menos ruin que alcanzo a concluir de quien se escuda en
hechos que despiertan tanta sensibilidad y pasión en la sociedad
española, para escanciar un puñado de votos. Y me refiero
a la oposición, que ya no sabe que tecla tocar para romper la
frustración de 2004. Y del gobierno, una veleta aun mayor y de
menor criterio, que aquella que la mitología cuenta construyo
Eolo en Beocia, solo para saciar su desmedido afán de conocer
anticipadamente para donde el viento movería sus cabellos.
Soy católica, fiel hija de ese Dios que un día me concedió
el don de albergar una nueva vida. Y ello me impulsa a mostrarme contraria
al aborto, a la par que albergar un respeto infinito a quienes han debido
dar ese paso, meditando todos los vértices del problema.
Soportamos una de las peores leyes reguladoras del derecho al aborto
que se conocen en el mundo occidental. Mala porque sigue la filosofía
española de hacer gestos (la creación de esta ley lo fue
en su día), para responder a las exigencias de algunos, y evitar
su crítica y su furia electoral. Al tiempo que soslayamos en
lo posible la oportunidad de desarrollarla o aplicarla, para no enfurecer
a quienes irrita su simple mirada. Y solo basta un repaso a hechos palmarios
como nuestra retirada de Irak, para mandar nuestras tropas al infierno
afgano o al libanés. O la predicación gubernamental a
favor de la enseñanza pública y el laicismo, cuando no
blandir la maza contra los obispos, a la par que pagamos a profesores
de religión que estos remueven a su capricho. Solo a su capricho.
Resultado, una ley que existe, pero ante la que todo el mundo mira hacia
otro lado, hasta que pase la tormenta.
Unido a esto aparece nuestro laberinto legal, cimentado en este enmarañado
dédalo de autonomías e intereses regionales, que hacen
de los derechos de los españoles una lotería geográfica,
que permite que en Andalucía aborten gratis hasta las amapolas,
y en Navarra, ni sobornando al ejecutivo, que en un autentico monumento
a la hipocresía, deniega el permiso a la creación de clínicas
abortistas o unidades de tal tipo en la sanidad pública, derivando
a las mujeres que precisan de esta intervención a otras comunidades
autónomas. Que ellas carguen con la mala imagen del problema.
La ambigüedad de la ley ha dejado, además, en un limbo legal
a la profesión médica, que soporta, según donde,
la arbitrariedad de una judicatura que posee de todo menos coherencia
y criterios de uniformidad nacional. Si a ello unimos la existencia
de un movimiento de objeción muy generalizado en al sanidad,
nos encontramos con la paradoja de que el estado, que promueve una ley
de interrupción del embarazo, es incapaz de garantizar su ejecución
material con sus propios medios, por lo que alquila los servicios de
entidades privadas que hagan el trabajo sucio. Un trabajo por el que
luego son perseguidas y, aun peor, también sus pacientes.
¿Que hay clínicas que extralimitan su capacidad operativa
, en aras del beneficio económico?. Por supuesto que si . ¿Qué
los escrúpulos son escasos en ciertas redes de centros abortistas?.
Si. ¿Qué se han cometido irregularidades?. Si. Como también
injusticias, visibles en muchos médicos manchados en su honor
para siempre, por cumplir su deber legal, y visibles en madres que ven
ahora remover su pasado y destruir su futuro, por la miserable actitud
de quienes están estos días de caza.
Pero la aplicación de la ley, la ampliación de los supuestos
legales o el control de la ejecución de estas prácticas
no es la raíz del problema. Para que una madre pierda hasta su
llanto, con el adiós a su hijo, algo ha fallado primero. Ha fallado
nuestra capacidad de detección precoz, que motiva tener que colocar
en la balanza la vida del feto, o la vida de quien le alberga. Ha fallado
un sistema educativo, familiar y social, que desarrolla la propensión
en nuestros jóvenes al hedonismo, el placer fácil y al
sexo inanimado, ese carente de los componentes afectivos y emocionales
que le confieren el carácter de la facultad humana mas primordial
y más plena, convirtiéndola en un acto incontrolado e
incontrolable, que acaba con la muerte de un inocente, ante la desesperación
de quien no sabia que estaba llamando a las puertas de la vida, cada
vez que se abría de piernas con dos copas encima. Ha fallado
un compendio de tareas formativas, informativas y educativas que facilitan
la madurez sexual de nuestros jóvenes y les otorgan la capacidad
de ordenar y controlar su sexualidad de manera madura y responsable,
confiriéndoles la capacidad de emplear sensata y conscientemente
una facultad indisociable a sus vidas, de tal forma que la llegada de
un hijo no devenga en un drama humano, o en la avocación a un
asesinato, sino en el disfrute de la mayor experiencia humana. Ha fallado
una organización institucional que no soluciona la dificultad
de muchas mujeres a una adecuada educación sexual, al acceso
a medios materiales de control de natalidad, al acceso en tiempo y forma
a las redes de planificación familiar o a los medios económicos
para desarrollar una sexualidad plena y responsable. Hemos fallado al
no prever el crecimiento en nuestra sociedad de nuevos grupos o sectores
que rompen los patrones culturales y de comportamiento sexual, que tiene
necesidades y problemas para los que no tenemos aun respuesta, porque
no nos hemos hecho la pregunta de cómo se comportan y que problemas
tienen otras culturas que están ya entre nosotros, para las cuales
un hijo, en un medio rural y conservador como el de su origen, no plantea
los mismos interrogantes que nuestro medio urbano y consumista, para
desesperación de las madres atrapadas en esa contradicción.
Ni nos preguntamos como actúa un joven sin trabajo, sin orden
familiar, pululante en la calle, vaso y porro en mano todo el santo
día, sin freno de ninguna clase, al que educación sexual
no le daremos, pero solares para hacer botellón si. Y para el
que no basta colocar expendedores de preservativos en cada esquina,
cuando no sabe como colocárselos, no acierta a controlar la pasión,
que el impide echar mano al bolsillo trasero, antes que a la bragueta,
o, si es mujer, no va a ser capaz de imponer un criterio de protección
en sus relaciones, por que no le tiene, o porque su rol social, la sigue
convirtiendo en un cero a la izquierda. O aun peor, un objeto sexual,
idóneo para fiestas de fin de semana, que pide guerra, como todas,
y apechugar debe con lo que salga de la aventura, que en eso hemos convertido
el sexo. Y no voy solo por el tema de los jóvenes, sino también
por el de aquellas mujeres aun sumidas en el desconocimiento de su cuerpo,
o sometidas a una pareja a la que decir no, o imponer tiempos o condiciones
en su relación, puede costar muy caro. Con lo que la única
opción es soportar estoicamente el uso y abuso de su cuerpo,
y luego….
La ley debe existir, en cuanto que la sociedad en su conjunto tiene
el derecho a regular cuantos actos pueden afectar a la comunidad, y
la obligación de proteger de las decisiones de unos, los derechos
de quienes aun no pueden decidir. Pero ni la ley, ni la sociedad pueden
juzgar la moral, las intenciones o el sufrimiento de quien alberga una
vida que cree no puede forjar.
Ante esto, más nos valdría a los católicos, en
lugar de tanta denuncia en los juzgados, tanta pancarta y tanta cantinela
opusina, mostrarnos más como Dios nos pide. En posición
de mano tendida, ávidos de percibir los problemas del prójimo,
alertas a defender al más débil, y prestos a ejercer la
caridad, tal como Pablo nos transmitió, como una muestra de amor,
como una entrega ilimitada a los demás, no a su ruina. Y cuando
hallamos hecho todo cuanto la razón y el corazón piden
para evitar un aborto, discutamos que hacer ante lo irremediable. Pero
hasta entonces, un poco más de esfuerzo en sacar vida de cordones
y placentas, y un poco menos de interés en añadir dolor
a las madres.
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