El
dia en que murio Yunia
Las otras victimas del 11m
Aintze
Zaratagabaster Weyden Licenciada en publicidad y relaciones
públicas y en Historia del arte. Montevideo (Uruguay)
A
penas había despertado el día y todos íbamos aquella
mañana de asunto en asunto, cuando un viento turbio abrazó
Madrid, era el viento de la muerte y el miedo, el de la ira contenida.
Mi línea de autobús, que atraviesa la plaza de Atocha,
fue desviada entre el arrullo de un enjambre de sirenas, alarmas y gritos.
Nunca llegamos a nuestro destino aquella mañana, el destino le
había cambiado. Caminamos desde Menendez Pelayo, en silencio
y entre un mar de gritos. Todo eran rumores y miedos. Pero Madrid es
muy grande para arredrarse ante un atajo de cobardes. Contra lo que
la lógica dicta, el caos se escondió, y el orden arrancó
de cada uno de nosotros en un estremecedor acto de responsabilidad colectiva
y espontánea. No podíamos ayudar, no podíamos acercarnos
a las zonas afectadas, así que un policía nos conmino
a dirigirnos a un centro medico. “Buscar vuestro sitio, pero buscar
uno” nos espeto con voz ronca y firme. Encontramos un hospital
de campaña en Antón Martin. No se cuanto habríamos
caminado, entre un bosque de miradas perdidas hasta llegar a una interminable
cola donde como nosotras,cientos, quizás miles de personas, aguardaban
en silencio su turno para donar su sangre.
Era el principio de la tarde cuando llegamos al fin a nuestra facultad.
Era el momento en que empezaba a abrirse a jirones nuestra unión
y se encendían los rencores y las sutiles bajezas entre nosotros.
Las primeras dudas sobre la identidad de los asesinos rescataban del
pasado los ánimos de venganza partidista. Y el silencio se volvió
vociferio.
Nunca olvidare la primera imagen que vimos al llegar a la facultad.
En uno de los baños, acurrucada en el suelo, temblando, pálida
y espectral la encontramos. Yunia es joven, delgada y europeizada en
su aspecto, pero con el alma quebrada de las mujeres, que como ella,
han nacido y vivido en mundos misóginos como su Argelia natal.
Llegada a España en busca de la paz y el respeto que su patria
le había negado, recobró aquel once de marzo todo el horror
y la desesperanza en la especie humana, que sus pocos años la
habían sembrado. Atemorizada y sin resuello de tanto llorar,
recordaba insistentemente los días en que vivió en sus
menudos ojos los atroces atentados de los grupos islámicos armados,
en los lejanos días de la guerra argelina. A duras penas la consolamos.
En los siguientes días su paz se turbo aun mas. La supuesta autoría
islámica de aquel día maldito, la marco ante muchos de
nuestros compañeros. No puedo acudir a las manifestaciones de
repudio, no pudo mezclar su sangre con la nuestra, no pudo llorar a
nuestro lado, no pudo gritar con nosotros de rabia, por que de un plumazo,
la rabia la había hecho ya no ser nosotros. Los siguientes meses,
a los sufrimientos de los inocentes se sumaron los de los otros inocentes.
Los de las Yunias de nuestra ciudad. En el funeral de la Almudena, donde
toda España se cobijo junto a sus reyes, para arropar a las familias
de los asesinados, un rumor de insultos la hecho de la que hasta aquel
día maldito era su casa. Si hubiera vivido en uno de los guetos
islámicos de Madrid, quizás hubiera pasado desapercibida,
como muchos. Pero ella tenía piel oscura, y alma blanca, y vivía
en casas blancas, y entre blancos. No tenía posibilidades.
Han pasado dos años. Setecientos treinta días de infierno,
para los muertos, para los vivos y para Yunia. Y no sabemos aun por
que. Se nos ha negado ese derecho. Sigo mirando de soslayo Atocha cada
mañana, camino de mis asuntos. Y me parece ver a Yunia entre
la gente. Pero su rostro es solo una imagen de mis deseos. Ella ya no
esta. Se marcho. Mataron aquel día los sueños de quienes
se fueron, los sueños de quienes quedaron… y los sueños
de quien no puede estar. Y Madrid es grande, es fuerte, es justa, es
honrada, es solidaria. Pero hay cosas que nos superan, o solo a algunos.
¿Y todo por que?. No lo sabemos. ¿Y por que?. Tampoco
lo sabemos. Leemos cada día nuevas pistas y suposiciones sobre
lo que ocurrió. Presenciamos reproches, escuchamos dudas, notamos
puñales furtivos que se agazapan, intuimos juegos que a nuestra
espalda ocultan, manipulan o entierran todo aquello por lo que hemos
sufrido tanto. Nadie pide venganza, no queremos dar cuentas a Dios por
ella. Pero tenemos derecho a impedir la impunidad, a exigir la justicia
y a enaltecer la verdad. ¿Quién nos mato un sueño
y por que puede disfrutar ahora de los beneficios de tanto horror?.
Y cuando pedimos quien, no pedimos el rostro de cuatro desgraciados,
borrachos de fanatismo, de un grupo de eriales abonados por su amo para
morir por el, a cambio de nunca sabremos que. Pedimos el nombre de quien
planeo tanta muerte, de quien se beneficio de tanta muerte, de quien
desde, no muy lejos de Madrid, y con otra piel menos aceituna nos llevo
al abismo. Eso deben explicar, quienes custodian nuestra voluntad colectiva,
a los que tuvieron que morir, a los que han tenido que vivir, y a Yunia.
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