"Hay
un señor que se llama igual que yo y que no esta a la altura
de esto"
Mariano Fernandez Bermejo, ex ministro de justicia
Ventura
Gómez estudiante de bachillerato, Colegio La
Paz, Torrelavega (Cantabria)
Mariano Fernández
Bermejo (Arenas de San Pedro, Avila, 1948). Hijo de una familia relativamente
acomodada, estudió en Madrid, donde se doctoró en Derecho
e ingresó en la Carrera Fiscal con el número uno en su
promoción. Ha sido Fiscal del Tribunal Supremo, Fiscal Jefe del
Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Madrid y Fiscal Jefe de
la Sala Tercera del Tribunal Supremo. En febrero de 2007, fue nombrado
Ministro de Justicia. Dimitió el pasado mes de febrero, en pleno
revuelo mediático y político por su asistencia a una montería
en Jaén que compartió, entre otros, con el juez Garzón
y el Comisario General de la Policía Judicial, coincidiendo con
la instrucción del caso “Gürtel”. Actualmente
es diputado por Murcia.
Comillas. No es difícil encontrar al Sr. Bermejo: media tarde,
Corro de Campíos, terraza del Samovy. Lo abordo, le explico en
qué consiste nuestro proyecto eolapaz y le solicito una entrevista.
Accede muy amable, “yo siempre estoy encantado de colaborar con
los jóvenes”, y me convoca para cualquier tarde en el mismo
lugar y a la misma hora. Dos días después, le encuentro
con su esposa Susana, leyendo la prensa y tomando un café. Me
pide unos minutos para terminar, y se acerca a mi mesa.
¿Desde
cuándo veranea en Comillas?
Ni me acuerdo. Yo creo que fue allá por el año 78 o por
ahí. Mi mujer venía desde hacía unos cincuenta
años, con cuatro o cinco años ya estaba aquí, y
yo cuando me casé, al poco tiempo, fiché por Comillas,
por Cantabria, y bueno ha sido el mejor fichaje en el ámbito
del ocio y del descanso, una maravilla.
¿Cómo
es una jornada normal de verano para usted?
Una delicia, de ésas que firmaría uno para el resto. Depende
de dónde estemos, ¿sabes? Este año vivo unas vacaciones
un poco raras porque me marché fuera, a Marruecos, porque veranear
con escolta no es un plato de gusto y allí podía estar
más tranquilo. Pero por una desgracia familiar tuve que precipitar
el regreso a España, no me apetecía volver, y vinimos
a Comillas, que es lo seguro. Estamos instalados en un hotel, aunque
hemos hecho de todo aquí: hotel, apartamento, de todo. Tenemos
un prao y una cuadra que vamos a arreglar cuando podamos. Hemos venido
solos, sin mis hijos, y es muy sencillo: dormimos bien, porque aquí
se duerme de maravilla y hay un silencio, un fresco y un todo y nos
levantamos para ir a la playa, hacemos un recorrido de playa andando
mucho; comemos muy bien, de cuchara normalmente, nos encanta la comida
montañesa (hoy me he tomado unas lentejas que ardía el
misterio) sólo que cuando lo cuenta uno en la meseta hay gente
que no ha estado por aquí que pone una cara como el que ha visto
una aparición ¿no?. No pueden entender que en agosto se
fuera uno a tomar un plato de lentejas, pero claro, los que venimos
aquí sabemos muy bien que sí. Y yo le pego mucho al cocido
montañés, a las alubias… Comemos generalmente en
sitios que para el común de los turistas son sitios raros...
Nosotros conocemos muchos sitios. Cada día nos repartimos. Hacemos
luego un buen paseo, para bajar el cocido, las alubias o lo que sea.
Normalmente no hacemos siesta, nos venimos aquí al Samovy, desde
que Samovy tenía ahí un alto y cuatro mesas y estaban
Virgi y Juanjo, los dos hijos mayores, que tenían dieciocho o
diecinueve años y aquí éramos un grupo humano muy
reducido. Y aquí veníamos a tomar café, sin fallar
nunca. Por la tarde otro buen paseo, este ya urbano: al puerto, por
cierto como ha quedado de bonita la obra que han hecho en el puerto,
y nos acostamos cuando nos apetece, sin horarios. Además somos
grandes lectores, leo muchísimo de todo, pero ahora en verano
sobre todo novela.
Como ves, una vida sencilla pero que en su sencillez reside esta maravilla
a la que uno viene aquí, con lo que se encuentra: a disfrutar
del entorno, de este conjunto tan maravilloso que es el pueblo y los
alrededores. Ahora estamos muy metidos aquí, pero nos conocemos
muy bien toda la región.
¿Qué
libro o libros interesantes ha leído últimamente? ¿Cuál
nos recomendaría?
Como verás, cada pregunta que me haces es un riesgo. Luego corta
por donde quieras. Pues mira, acabé la tercera de Millenium en
Marruecos, se la pasé a Susana, que la acaba de terminar. Yo
ahora estoy leyendo al flamante Príncipe de Asturias, a Ismail
Kadaré; unas obras pequeñitas, cortas, relatos cortos
que me están gustando mucho. Yo no conocía a Kadaré
y me gusta muchísimo. He leído poco antes de venir aquí
una novela corta que se desarrolla en Comillas y que ha escrito una
ilustrísima, casi comillana, María Tena, directora general
en el Ministerio de Administraciones Públicas. Escribe y me regaló
su última novela, “Todavía tú”, que
se desarrolla en Comillas y que tiene una historia muy bonita de amor.
Suelo tener en la mesilla un buen taco de libros. Acababa de leer antes
de venir aquí un ensayo muy bonito, “La Mujer del Maquis”,
escrito por alguien que está muy vinculado a este entorno, que
es Ana Ramírez Cañil. Cuenta los últimos momentos
del maquis en la región, en la zona de Gandarillas, de Paco Bedoya
y de Juanín, los dos últimos. Ha reconstruido la historia
a base de testimonios; muy bonito, un ensayo muy interesante, muy bien
escrito. Siempre suelo tener un buen taco de novelas, algún buen
ensayo y es muy frecuente que tenga algún libro de filosofía
en la mesilla; ahora ando con Séneca, que es un señor
que me cae especialmente bien porque el estoicismo, sobre todo en versión
cordobesa, es un ideario de vida que en los tiempos que corren yo creo
que es bueno recordar: esta “asunción”, en el sentido
más positivo del término, de “lo que hay”,
sin plantearte metas que te hacen infeliz; no quiere decir que te transformes
en alguien que asuma lo que venga sin pestañear, no, simplemente
que te traces unas metas que son las que tú quieres y que no
son metas imposibles y que, al ser posibles y conseguirlas, te van a
hacer feliz. Aquello de “no es más rico quien más
tiene, sino quien menos desea”. Esto es el estoicismo y Séneca
es un tío que es para leerlo, es muy bonito. Siempre tengo por
ahí esas cositas, ahora novela.
Además
de lo que nos ha contado, su afición más conocida es,
sin duda, la caza mayor. En una entrevista reciente decía que
“la izquierda no entiende la caza”. ¿Puede hacer
aquí una defensa de la caza ante tantos detractores?
La más conocida quizá, pero no mi afición. Mi afición
es la caza, la caza con mayúsculas, no mayor. Hago todo. Ahora
me haces la pregunta, pero te oriento: cuando yo tenía siete
años, mi padre me cargó con el morral y pasé a
engrosar la categoría última de los que salíamos
al campo que era el morralero, y así empecé. Claro a estas
alturas, yo tengo sesenta y un años, he hecho todas las modalidades
de caza, excepto una que no me gusta: el pájaro, el reclamo.
No me gusta porque no acabo de entender. Me gusta verlo, me gusta la
belleza del acercamiento, el reto, el pájaro. Pero cada vez que
he visto matar a un animal que andaba por allí encelado, me ha
parecido una cosa… Creo que en la caza hay dos cosas: una, el
principio de escasez: el día que la caza abunda tanto que ya
no hay que andar buscándola, la caza ya no es caza, es otra cosa,
como en esos enormes ojeos de perdiz. A mí me gusta la escasez,
el esfuerzo, y esto es la segunda cosa, que tiene que haber dificultad
hasta el último momento, hasta el momento del disparo. Si no
hay dificultad y tienes un pájaro a diez metros y le metes un
viaje en la indefensión más absoluta, me da como mucha
cosa. Dicho lo cual, lo que soy es enorme amante de la caza, pero no
especialmente de la caza mayor y mucho menos de la montería.
Yo en la caza mayor lo que hago es espera de jabalí y rececho,
hago mucho rececho, soy socio de un coto muy cerquita de aquí
en Asturias. Ahora empezamos, en septiembre, tenemos jabalí,
corzo, venado y algún gamo tonto que se ha colado.
Lo
que yo dije el otro día en El País es que la izquierda
urbanita no ha entendido la caza. Lo de urbanita es muy importante,
porque claro, la caza la entiende todo aquel, piense luego como piense,
que ha vivido en contacto con la naturaleza, con el hecho cinegético.
Hay gente que piensa de todas las maneras posibles, y yo no le pregunto
a nadie cuando voy de caza qué piensa, a mí que coño
me importa; a lo que vamos es a lo que vamos.
Cuando yo digo que la izquierda urbanita no entiende la caza me estoy
refiriendo a un dato evidente: los movimientos de izquierda del siglo
XIX se generan en las grandes ciudades, a partir de un momento industrial,
y se han desarrollado allí, en ese contexto. El hombre urbano
y el urbanita, y yo creo que tiene un tono un pelín peyorativo
incluso, pero sólo es en relación con la caza, se ha alejado
tantísimo del medio que vio nacer al hombre que sencillamente
es que no lo vive. ¿Cómo va a amar el bosque alguien que
sólo va de vez en cuando a hacer una paella a esos sitios que
había puesto el ICONA para que no se queme el monte? Pues hombre,
amará la paella y la sombra de ese árbol, pero la relación
con el bosque la da la dependencia recíproca. Los que hemos nacido
en un pueblo, y yo soy muy de pueblo, hemos vivido la relación
con el monte de dependencia económica, de dependencia vital,
social, la ganadería... Yo sé que la leche no viene del
tetrabrik, que yo ordeñaba cuando tenía siete años,
joder, pero hay gente que se cree que viene del tetrabrik y el dinero
de los cajeros: esto es la degradación urbanita, y a eso me refería.
Si que hay un sector muy importante que no entiende lo de la caza. Reivindico
la caza, claro que la reivindico. Y no hace falta que yo lo haga porque
no hay peor sordo que el que no quiere oír. Yo hace mucho que
no discuto de esto con nadie. Me remito a lo que ha escrito Ortega y
Gasset, que no era precisamente un indocumentado: ese célebre
prólogo de aquella obra maravillosa que se llamaba “El
solitario”, la historia de un jabalí contada por sí
mismo, una preciosidad, donde explica cómo ve él la caza
y al hombre cazador. Pero no hay que irse tan lejos; hace muy poco,
un hombre que ha nacido muy cerca de aquí, Patxi Andión
(tú eres muy joven y lo mismo no le has oído cantar),
un cantante de al lado, de País Vasco, que es un cazador tremendo,
y que es sociólogo, escribió un prólogo el otro
día para un libro de caza muy bonito, un libro de historias de
aguardo y que ha sido lo que mejor he leído, explicándole
al que no lo sepa por qué razón el hecho social de la
caza continúa vivo, vigente… Bueno, yo le remito, al que
quiera enterarse bien de por qué cazamos, a que se lo lea, que
es más fácil. Pero por simplificar: primero porque los
que hemos nacido en contacto con la naturaleza, en un entorno rural,
hemos tenido una relación con el animal salvaje que no la puede
entender un señor que nace en el barrio de Argüelles de
Madrid, por poner un sitio. No puede entender la emoción de la
búsqueda, el acoso si se puede y el derribo de una pieza de caza.
No lo van a entender nunca. Yo se lo puedo explicar tranquilo, si son
capaces de escuchar con tranquilidad. La relación que uno tiene
con el campo y con los animales salvajes es la que tiene, simplemente.
El urbanita no sabe, no entiende y además no quiere entender
que la naturaleza es cruel, es muy cruel. Que venga conmigo una noche,
a un aguardo, y vea lo que yo he visto tantas veces: en la escala ecológica,
cada uno intentando a uno comerse al otro. A ver si, coño, se
dan cuenta de lo duro que es eso. Recuerdo una escena que viví
hace no mucho, que tenía una piara de ocho o diez cochinos (primalones
y algún rayón) comiendo y, de repente, yo con los prismáticos
encantado viéndolo (no iba a tirar, obviamente, allí no
había nada a lo que tirar, era para disfrutar aquello) veo a
mi derecha y oigo un ruidito, empecé a mirar y descubrí
entre un rastrojo como se aproximaba un zorro, reptando casi el muy
ladino, y venía a lo que venía, a ver si cazaba un rayón.
Hubo entonces un enfrentamiento entre un primaloncete, un guarrete,
que salió y se encaró y lo echó de allí.
Se enzarzaron allí en un duelo, que no llegó a mayores,
simplemente el otro dejó el terreno libre. Mientras esto ocurría,
teníamos en la parte de arriba un gato, pero no podía
identificarlo exactamente; se tiró el tío en lo que yo
hubiera apostado que era seguramente algún agujerillo con algún
topillo. Estaba el tío a la espera y se lo acabó comiendo,
lo que fuera, porque observé el movimiento. La noche en el campo
es durísima. Allí todo el mundo esta comiéndose
al que puede. Somos el vértice de esa pirámide y yo sé
que hay a quien no le gusta. A mí, sí. Yo lo que pido,
sobre todo, es respeto a todos aquellos que no les gusta la caza, mientras
sea legal, y yo voy a defender que lo siga siendo. Pero sobre todo que
se respete. He leído cosas ahora sobre el envenenamiento de carne
para cargarse a los sabuesos en la zona de Potes, creo que ha sido;
es un buen ejemplo de lo que no puede ser.
Como
ya sabrá, por estas calles y plazas de Comillas, puede encontrarse
en cualquier momento con un compañero de filas crítico
con la caza, y me refiero concretamente al lendahakari Paxti López.
No ha sido muy crítico Paxti conmigo, en absoluto. Creo que dijo
que no le gustaba la caza. Pues a mí sí, que le vamos
a hacer. No, eso no es ser crítico. Él ha dicho lo que
le ha parecido oportuno en relación con ese tema y no voy a insistir.
Creo que hay un sector de la izquierda que no entiende la caza, que
le vamos a hacer. Yo al que quiera se lo explico, porque lo mismo un
día le convenzo. También es verdad que cazadores vamos
quedando pocos, luego hay mucho gañán por ahí tirado
haciendo el salvaje por el campo. Pero vamos, a todos se les pone la
misma etiqueta: cazadores. Cazar es otra cosa. La caza es un sentimiento
de integración en el medio. Le reto a cualquiera a que se venga
conmigo y me siga durante una jornada de caza en la meseta de perdices,
nos andemos quince kilómetros y si hay suerte yo venga con una
perdiz o dos colgadas. Que venga detrás de mí, a ver si
puede. Luego que me diga si lo que ha visto es bonito o no. Que vea
a un braco trabajando en el campo y que vea lo que es un perro. Y al
que no le guste peor para él.
¿Qué
provocó realmente su salida del ministerio: los jueces y funcionarios
en pié de guerra, la campaña del PP o las críticas
de algunos compañeros socialistas?
Yo creo que todo, un poco de todo. Pero sobre todo mi propia decisión:
cuando participas de un proyecto y, en un momento dado, como a mí
me ocurría, te sientes utilizado por varias cuestiones, la caza
entre ellas… La caza fue el pretexto más tonto de todos
ellos, pero ahí estaba ¿no? Estar en una campaña
escuchando al líder de la oposición: “Son las noséqué
horas y el señor Zapatero no ha cesado a Bermejo…”
Yo me sentía una carga, y yo no he venido aquí para eso.
Antes de ser ministro yo tenía mi vida personal ya hecha: era
fiscal jefe de la Sala Tercera, en fin, había llegado hasta donde
podía llegar, estaba muy a gusto. Acepté porque es un
reto al que cómo coño vas decir que no, pero si sientes
que, en un momento dado, joder, te están utilizando de una manera
indigna y rastrera, porque al final la cosa era bastante obvia ¿no?
Yo creo que ahora se ve mejor, con lo que está pasando. Cada
uno que peche con sus problemas. Lo que no se puede pretender es tapar
los problemas de uno a base de decir cosas raras. ¿Los jueces?
Es muy difícil ir a la política, como yo he ido, a cambiar
las cosas, a cambiar la justicia, que le hace mucha falta a este país,
que le vamos a hacer, y hacerlo agarrando el toro por los cuernos. Ha
habido una reacción muy fuerte por parte de la corporación
judicial, que no quería esos cambios, porque siempre las corporaciones
se resisten a los cambios. Naturalmente, acabarán ocurriendo
esos cambios, pero, en el escenario de crisis que teníamos, abrir
esa pelea, políticamente tenía un coste muy elevado. Naturalmente
que eso ha pesado, naturalmente que ha pesado el tema cinegético…
pero son pretextos. Lo que ha pesado sobre todo es la estrategia del
Partido Popular, a mi juicio en una decisión de la que se arrepentirá
su actual dirigente. Hablamos a veces de los partidos y no nos damos
cuenta de que los partidos duran, que son las personas las que cambian.
Yo creo que se está equivocando el señor Rajoy completamente,
porque cuando uno tiene un tema tan grave de corrupción como
él tiene, no sirve echarle la culpa al recadero, al que en definitiva
te lo está señalando o efectivamente al que pasa por allí,
que era mi caso. ¿Era yo el problema? Yo creo que ya está
bastante claro que no, que el problema lo tiene el dentro. Hubiera sido
muy bueno en alguien que quiere ser Presidente del Gobierno de un país,
arreglar el problema que tiene dentro, en vez de negarlo y que luego
siga el goteo. Yo no he cesado al señor alcalde de Pozuelo, Majadahonda…
por corrupción pura y dura. Gente que ha recibido dinero indebidamente
y ha tenido que dimitir por recibir dinero de un grupo de corruptos.
Bueno, pues mire usted, arregle eso y no eche cortinas de humo. Tiene
usted a un ministro que ha dicho: “Adiós, buenos días”.
Yo no estoy aquí para eso. Yo no he venido aquí para durar,
joder. Yo estoy aquí para arreglar cosas y si veo que no puedo:
“Adiós, buenos días” ¿Y ahora qué?
Yo aquí estoy tomando un café contigo, la mar de contento,
tan relajado. ¿Y el país que necesita? Otro mensaje: un
mensaje decidido de lucha contra la corrupción. Si no hay ese
mensaje, acabaremos siendo un país como Italia, poco serio. Y
eso es muy malo. Que le vamos a hacer.
Otra
persona a la que puede encontrar por aquí, el periodista Miguel
Ángel Aguilar, lo definió como “una pieza importante
cobrada por Pedro Jota”. ¿Está de acuerdo?
No, no puedo estar de acuerdo. Yo creo que es mucho más complicado
que todo eso. Los periodistas tienden a mirarse al ombligo. Todos tendemos
a mirarnos al ombligo, pero los periodistas mucho. Tienden a reforzar
su propio ego a base de reforzar el ego del otro. La prensa es importante,
no cabe duda, porque hay una opinión publicada que es ésa.
Pero yo siempre he creído que en este país hay un severo
divorcio entre la opinión pública y la opinión
publicada. Severo. ¿Por qué digo eso? A mí me preocuparía,
si fuera periodista, que cada vez que sale una encuesta del CIS, acerca
la valoración de los españoles de las distintas instituciones,
la prensa esté en el último lugar o en el penúltimo.
Me preocuparía. Creo que lo mío, que es anecdótico,
tiene que ver con muchas cosas pero tiene que ver sobre todo con el
contexto de crisis en que estábamos; en que un Gobierno quiera
continuar con una cosa tan dura como cambiar las cosas de justicia,
una reacción importante, y sabiendo que va a haber ahí
una brecha muy importante. Es duro, y lo mejor es probablemente lo que
yo he hecho, para mí es lo mejor desde luego. ¿Tanto por
ciento que le toca a cada uno? No me atrevo a decirlo. Pero sí
puedo afirmar que no, esta afirmación es un exceso verbal de
Miguel Ángel Aguilar, que por otra parte es un excelente periodista,
no cabe duda.
De
su biografía era posible deducir su afición al fútbol
o incluso a la caza, pero lo de la música… Cuénteme
algo de Los Cirros, que no he encontrado ningún vídeo
de ellos en Youtube.
Ah, pues sí hay algún vídeo por ahí. Los
Cirros fue un grupo que fundamos un grupo de chavales de diecisiete
años allá por el sesenta y cuatro; gente a la que nos
gustaba mucho la música. Los músicos de ahora son mucho
mejores, no cabe la menor duda. Son mejores porque son músicos.
Yo toco de oído, yo no he sabido música en mi vida. Y
toco cualquier cosa, hasta el piano: así suena, claro. Lo pasamos
muy bien, hicimos un periplo muy interesante porque en una época
que no es como ahora, en que era difícil que un chaval con dieciocho,
diecinueve años tuviera un mínimo de independencia económica.
Nosotros nos buscamos la vida por ese lado, lo pasamos muy bien, tuvimos
un nombre y fuimos un grupo telonero de los grandes grupos de entonces:
Los Bravos, Los Brincos... El otro día me encontré con
el Dúo Dinámico, con Manolo y Ramón, y recordamos
un premio que nos dieron: a ellos el mandarina de pura dulzura y a mí
el limón, coño, pero bueno, dio igual, nos reencontramos.
Habíamos actuado muchas veces juntos.
El grupo sonaba en directo bastante bien: música rock, composiciones
propias. Hicimos un primer disco que no se vendió mal y grabamos
el segundo, claro, que no se vendió tan bien y no hubo tercero,
como suele ocurrir. Yo estuve, no llego a seis años en el grupo,
hasta que acabé la carrera y me dediqué a otras cosas.
Pero mantenemos una relación de amistad tan profunda, éramos
sobre todo amigos, que nos seguimos viendo, nos seguimos reuniendo,
comiendo... Hicimos un apaño con todo lo que habíamos
grabado (los dos discos eran dos singles): cogimos grabaciones de televisión
y cosas e hicimos un compact para propia satisfacción, se lo
regalamos a los amigos y yo ya no tengo ninguno, si no te regalaría
uno. Pero a estas alturas de la vida pues… Se pasó muy
bien.
Ese grupo tuvo la culpa de que yo no me dedicara al fútbol. Era
mi gran pasión. Pero no era compatible. Las noches de juerga,
de trabajo son horarios incompatibles con un entreno, con la facultad
y con lo demás, había mil cosas. Teníamos mucho
tiempo. No teníamos un duro y por eso probablemente teníamos
tantísimo tiempo: por eso probablemente hicimos tantas cosas.
¿Cuáles
son ahora sus gustos musicales?
Me sigue gustando yo creo que el mismo tipo de música que me
ha gustado siempre. Escucho mucha música sinfónica: me
gusta mucho la ópera, soy abonado al Real y soy abonado al Auditorio.
Y miro a Susana, mi mujer, porque somos abonados al Auditorio, mis hijos
también. Y no pierdo oportunidad. Ahora, estos años, no
he podido, prácticamente no he ido. Tienes que sacrificar muchas
cosas de esas, pero ahora vuelvo otra vez. Tenemos abono en el Bernabeu,
un abono en mitad del campo, precioso, se ve que no veas, en el Auditorio
y en el Real. Y escucho mucha música. Me gusta la sinfónica,
sobre todo, de cualquiera de sus épocas, me gusta mucho. Me encanta
también el rock, soy un gran enamorado de los Beatles, me parecieron
un mundo diferente, también de aquellos grupos de la Costa Oeste
Americana, como Beach Boys, gente que hizo una música preciosa.
Me encanta también la música sudamericana. En definitiva,
cualquier música que sea buena, que en todas las partes las hay.
Hablando
de música, la eterna canción de los problemas de la justicia…
Cuando supo que iba a entrevistarle, Eusebio, mi profesor, me recordó
aquello de que la justicia tenía personal del siglo XX, una organización
del XIX y retos del siglo XXI. ¿Realmente es posible conseguir
que la justicia funcione con la calidad y rapidez de otros servicios
públicos?
No es sólo que pueda, es que debe y en eso estábamos.
Las comparaciones son odiosas. Mucha gente ha dicho que la justicia
no se había informatizado y que cómo era posible que se
hubieran informatizado Hacienda y la Seguridad Social y la justicia
no. Hacer un programa para un banco o para Hacienda o para la Seguridad
Social es sencillísimo. La lucha por informatizar la Justicia
parte de una realidad complicadísima: lo que traduces en el lenguaje
informático son procedimientos, y los procedimientos son, por
definición, sistemas de garantía, sistemas para garantizar
la igualdad de armas en un proceso, lo cual hace que haya multitud de
incidencias, pero no siempre las mismas, ni necesariamente todas. Esto
casa muy mal con la informática. Y la gran pelea, ha sido, está
siendo y será, aunque la batalla se ganará, conseguir
entender que, antes de meterse en una informatización a lo loco,
habría que sanear los procedimientos: aclarar muy bien ese soporte
sobre el que va a recaer el componente informático. No haberlo
hecho así durante los últimos treinta años se está
pagando muy caro. Se empezó, probablemente, sin las ideas muy
claras, pero cada día se tienen más.
En cuanto al personal, como en toda la función pública,
hay gente muy buena y gente no tanto. Matizaré a Eusebio: hace
falta también un reciclaje, no del personal, sino del modo de
seleccionar al personal. Este es el matiz que introduzco: no es el personal.
Hay gente muy inteligente, muy buena, muy preparada, muy trabajadora,
no tanto, vagos de solemnidad, hay de todo. En un colectivo de sesenta
mil, qué no habrá. ¿Y cuál es el tema? Pues
yo creo que el tema es previo, y se lo dices a Eusebio de mi parte:
¿Cómo seleccionamos al personal? ¿Por procedimientos
del XIX o procedimientos del siglo XXI? Y eso es lo que peor llevaron
mis jueces y lo digo en el sentido más cariñoso del término,
no son míos obviamente. No entendieron que ya no se puede seguir
seleccionando al personal por ese sistema oposición que yo disfruté
y digo disfruté pues al fin y al cabo yo triunfé. Pero
hubo gente que se quedó: gente muy válida, gente muy preparada,
gente con la cabeza muy organizada, pero que se negaba a estarse cinco
años memorizando lo que ya sabía. Eso no es soportable
y hay que modificar los sistemas de selección de jueces, fiscales,
de los funcionarios, desde el primero hasta el último. Y este
es un reto que se afronta, o ahí tendremos unos de los grandes
problemas, sin duda.
Sobre
el papel de la fiscalía, la penúltima protesta del PP
contra el Gobierno se centra en la supuesta utilización de la
policía, los fiscales y los jueces contra el principal partido
de la oposición. ¿Cuál es la función de
los fiscales? ¿Entre ellas está mirar hacia otra parte
ante indicios delictivos dependiendo de su origen político?
Creo que el Partido Popular está incurriendo en un gravísimo
error y en una dosis de irresponsabilidad inmensa. Cuando uno tiene
problemas dentro, cuando tiene chorizos en casa, debe utilizar toda
la fuerza de la organización en sanear la organización.
Es el primer partido de la oposición y por tanto la responsabilidad
debe de estar a ese nivel. Intentar echar cortinas de humo, en fin…
Si a tu tesorero lo imputa la sala Segunda del Tribunal Supremo, supongo
que entonces a la Sala Segunda del Tribunal Supremo, por cierto compuesta
en su inmensa mayoría por jueces conservadores, la vamos a poner
también bajo sospecha. Y entonces al Tribunal Supremo, al Tribunal
Superior de Justicia de Madrid, al Tribunal Superior de Justicia de
Valencia…Yo creo que hay un señor, que se llama como yo,
que no está a la altura de esto. No lo está. Así
no se puede llegar a presidente del Gobierno, porque no se puede echar
cortinas. Lo está haciendo para tapar sus vergüenzas; arregle
sus vergüenzas. Si tiene que cesar al señor tesorero, céselo
hombre, céselo. El Partido Popular es más importante que
el tesorero. ¿O es que no puede? Que se vaya él, entonces.
Si no puede cesar al tesorero que diga por qué y si no que dimita.
Al final, ni lo uno, ni lo otro. Y tira, ¿contra quién?
¿Contra la sala Segunda del Tribunal Supremo? ¿Qué
fuerte, no? Contra la Fiscalía ya no es noticia. La Fiscalía
está continuamente bajo sospecha. Pero, ¿sospecha de qué?
La desmemoria en los políticos es terrible, pero terrible. Cuando
por ejemplo en Baleares, que está ahora muy de moda, echas un
vistazo, ves que ahí han caído tirios, troyanos y merenganos,
porque hay mucho golfo, coño, con muchas etiquetas políticas.
Y ¿qué pasa?; ¿qué cuando son las de uno
es cuando hay que empezar a poner a las instituciones bajo sospecha?
No es compatible con la responsabilidad ni con la decencia. Y me da
la impresión de que hay aquí un señor llamado Don
Mariano Rajoy que está, primero, equivocándose, y, segundo,
incurriendo en una gravísima responsabilidad de la que se acabará
arrepintiendo. La vida hay que llevarla por lo derecho. Y si tiene golfos
dentro, que los eche y, si él no puede, que explique por qué
o que se vaya.
De
las leyes que regulan el funcionamiento del Ministerio Fiscal, ¿alguna
tiene paternidad exclusivamente socialista?
No. En 1981 se hizo el primer estatuto de la democracia del Ministerio
Fiscal y de ahí viene todo lo demás. Luego se ha modificado,
pero siempre con consenso, y esto es muy importante. En la última
modificación he sido yo el padre de la criatura. Esto creo que
le da a la institución una dosis de legitimidad. No es porque
yo sea fiscal, pero me da mucha pena cada vez que a unos y otros, según
quien toque, les oigo poner en duda a los miembros del Ministerio Fiscal,
que eso es lo que se hace cuando se pone en duda al Fiscal General del
Estado. Hay quien se cree que el Fiscal General del Estado es como el
general de división: le da una orden al coronel, el coronel al
otro y así sucesivamente y todo el mundo patas arriba. ¡Vaya
ignorancia de la situación! El ámbito de decisión
de los fiscales como funcionarios públicos, es absolutamente
diferente del de cualquier otro funcionario público. Yo lo primero
que aprendí cuando me hice fiscal, y ya son treinta y seis años,
fue que yo tenía absoluta libertad de criterio cuando informaba
oralmente ante un tribunal, con todo lo que esto significa. Y si un
jefe me da una orden que yo no comparto, yo tengo el derecho, porque
lo dice ese estatuto que viene desde la UCD para acá, a pedírsela
por escrito y, ante esa orden, si la da por escrito, lo cual lleva toda
la responsabilidad de su persona, pedir que se me releve con todo lo
que esto conlleva. Como puedes imaginar, en el sistema racional de una
institución es el extremo. Rarísima vez ha ocurrido. ¿Por
qué? Porque ha funcionado con normalidad un principio: que el
fiscal que actúa en un caso tiene un margen de maniobra enorme.
Si a mí me da una orden el Fiscal General del Estado de turno,
yo tengo que reunir a la Junta de Fiscales de Sala de la Fiscalía
y oír a esa junta tomar posición, es decir, hay unos filtros
enormes que profesionalizan mucho la decisión. Y esto la gente
no tiene por qué saberlo, porque no tiene por qué estar
enterada, pero los políticos lo saben y cada vez que se tira
con bala al Fiscal General del Estado se está tirando con bala
a los dos mil doscientos fiscales que hay en este país en su
conjunto, como ocurre con los jueces, que a mí me parece gente
muy respetable que hace muy bien su trabajo. Luego les vienen las tortas
según de quién: si te metes con uno, del otro y si te
metes con otro, del uno. Siempre es así, que le vamos a hacer.
Pero, insisto, nos quedaremos roncos algunos protestando y exigiendo
respeto a las instituciones porque se le hace un flaco servicio al país
cuando ataca uno a las instituciones para echar humo sobre su propio
problema. Arregla tu problema, que es mejor.
Asistimos
continuamente a decisiones de los más altos órganos judiciales,
fundamentalmente Consejo General del Poder Judicial y Tribunal Constitucional,
donde la orientación política de sus miembros y su relación
de fuerzas determinan casi automáticamente el sentido de las
decisiones o sentencias que emiten. ¿Firmaría usted la
necrológica de Montesquieu que enunció en su día
Alfonso Guerra?
A Montesquieu se le suele citar tanto como no se le suele leer. No lo
digo por Alfonso Guerra, que me consta que lo ha leído. Pero
es muy frecuente citar a Montesquieu sin haberlo leído. Esto
plantea un problema muy serio. Si ahora mismo resucitáramos al
juez de Montesquieu, yo no sé qué oiríamos. En
la división de poderes de Montesquieu hay un estado puro, un
ejecutivo, que tiene que materializar, ejecutar, gestionar las leyes
que un Parlamento produce. Hasta aquí algo que hoy ya no se parece
mucho a la evolución del constitucionalismo en el que, como sabes,
el poder legislativo ha perdido presencia, por los regímenes
de equilibrio, en beneficio del ejecutivo, que es realmente el poder
más fuerte. ¿Pero qué pasa con los jueces en Montesquieu?
Montesquieu tiene una prevención de los jueces brutal: le gusta
un juez mudo, ciego y sordo, que aplique ciegamente la ley, es decir,
un juez sin margen de maniobra. Cualquiera al que le contemos hoy eso
en el sistema, no sólo aquí, en todas partes, sobre todo
en el modelo anglosajón, en que en el juez se ha depositado un
margen de interpretación de una legislación a veces inexistente.
En los países anglosajones, son gente con muchísimo margen
de maniobra. Ése no es el juez de Montesquieu. Por lo tanto,
lo primero es entrar en la cuestión históricamente y saber
de qué estamos hablando.
Si lo que se quiere decir es que deberíamos ir a un modelo con
mayor margen para los jueces, lo que tenemos que discutir es otra cosa.
Que es bueno que los jueces tengan libertad, independencia… por
eso hay que luchar. La imparcialidad exige independencia y viceversa,
pero entonces hay que decidir quién controla ese poder, porque
lo que no puede haber en el sistema democrático es un poder que
no esté controlado por alguien. Tenemos muy controlados los ejecutivos,
tenemos un régimen razonable de los legislativos, pero yo creo
que, en el momento presente, no tiene bien resuelto el sistema de control
de los jueces, porque hemos generado un órgano, el Consejo General
del Poder Judicial, del todo imperfecto; creo que es el gran lunar de
la Constitución. Y ahí sí que merecería
la pena que, entre todos, nos empleáramos en conseguir un modelo
de control de los jueces en el que los permitiéramos mayor independencia,
mayor imparcialidad por tanto, pero claro, tiene que haber control.
No hemos conseguido eso, es evidente. Pero no creo que la culpa la tenga
ni Montesquieu ni las lecturas de Montesquieu que no se han hecho, por
cierto. Se habla de él de oído sin haberlo leído.
Que le vamos a hacer.
¿Cree
que los jueces que han ocupado cargos políticos deben de volver
a la judicatura? ¿En qué condiciones?
Ése es un debate que quedó resuelto en una modificación
legal que se produjo en su día y que implica varias cosas. Si
se trata de un magistrado del Tribunal Supremo, pierde la condición.
Si se trata de un juez normal de escalafón, tiene, para volver,
una serie de tempos que tiene que preservar antes de volver. Pero, obviamente,
no tiene porque haber un camino sin regreso. Lo que pasa es que este
país todavía no ha evolucionado democráticamente
y ustedes tendrán que dar el paso que les toca dar, porque los
jóvenes habéis mamado ya el sistema democrático.
Pero no se duerman en los laureles; hay que seguir profundizando en
los valores de la democracia, los de verdad. Y uno de ellos es fortalecer
la política. La política tiene en este país una
prensa horrorosa, y yo creo que no se merece tan mala prensa. Lo digo
con sinceridad. Yo ahora soy un político, porque estoy ahí,
pero no lo he sido nunca ni creo que mi alma sea de político;
y tantos años de fiscal hacen muy difícil que yo me transmute.
Es una pena que no se valore el esfuerzo de la inmensa mayoría
de los políticos con buena voluntad y honestos y sin embargo
hay muy mala prensa. A mí me parece que eso nos llevaría
a no plantearnos como un drama el hecho de que un juez esté un
tiempo en política y que luego vuelva a poner sentencia. En lo
público, la defensa de todos se puede hacer en muchos sitios
y yo he tenido la fortuna de estar en los tres sitios: en el ámbito
del poder judicial, aunque no como juez pero sí como fiscal en
las posiciones más altas, en el ejecutivo como ministro y ahora
en el Parlamento como diputado. ¿Qué he hecho toda mi
vida? Defender lo público, lo de todos, me encuentro a gusto
en cualquier lado. Yo creo que eso convendría tenerlo presente,
dejando de lado esos prejuicios que todavía existen y que creo
que a ustedes les toca levantar.
A
lo largo de su vida profesional, ha trabajado especialmente algunos
temas: la legislación sobre menores o contra los delitos económicos
y medioambientales. ¿Podemos dejar exclusivamente en manos de
las leyes y los juzgados la solución de estos y otros problemas
sociales?
Eso sería el gran error. Y fíjate en lo que has citado:
legislación de menores, el futuro de un país; legislación
medioambiental, el futuro de un planeta; sistema de persecución
de la corrupción económica, el futuro sociológico
de un país entero, el futuro social. ¿Dejarlo en manos
de los jueces? ¡Hay que horror! Eso es una labor colectiva que
tiene que empezar por ustedes, los más jóvenes, teniendo
las cosas claras sobre qué es lo que tenemos y sobre qué
es lo que tenemos que defender. Antes hablamos de la caza; una de las
razones por la que esto anda tan quemado es porque hemos abandonado
el monte. Antes se vivía del monte: la madera, las explotaciones
resineras… Ahora el monte se ha abandonado, la población
se ha concentrado en las grandes ciudades. El monte es un sitio donde
se va de vez en cuando, no hay tanta relación de dependencia
del hombre con el bosque y con la naturaleza y su consecuencia está
ahí: una degradación tremenda. Me parece que ustedes van
a tener un gran reto para ver que planeta quieren dejar a los que vengan
detrás y una pelea por el medio ambiente especial. Yo lo tuve
claro hace treinta años. Mire, en el año 73, cuando yo
empecé a ser fiscal, todavía en la dictadura, había
en este país doscientos y pico fiscales y con eso valía.
¿Por qué? El sistema era una dictadura, un sistema de
control de otra manera, en el que el delincuente era un choricillo que
robaba las bellotas al de al lado, el que llevaba a cabo espigueo abusivo,
el que entraba después de que hubieran pasado los de la hoz y
se llevaba lo que quedaba por el suelo. El delincuente era el que quitaba
algo al otro a lo bruto, básicamente, aunque había otras
cosas. Treinta años de evolución de una sociedad que fíjese
que cambiazo ha pegado (…)
¿Cómo
pueden conciliarse la presunción de inocencia y el secreto sumarial
con una sociedad donde la constitución consagra la libertad de
información y de opinión?
De un modo enormemente complicado, sin duda. Estamos continuamente,
en las sociedades democráticas, en una tensión de derechos
y de obligaciones que las caracterizan. En un país de escasa
o nula calidad democrática, estas cosas no pasan. ¿Sabes
dónde se plantean estos temas? En los países que aspiran
o aspiramos a una calidad democrática. La presunción de
inocencia, lo primero que hay que hacer con ella, es entenderla. Es
otro de los términos de los que el político abusa cuando
le conviene. Y cuando digo político, me refiero al político
de cualquier color, obviamente. La presunción de inocencia es
una institución del ámbito judicial; que no se pretenda
que juegue extramuros del ámbito judicial, porque es del proceso.
¿Qué quiero decir? En el proceso penal, nadie puede ser
condenado sin que quien acusa pruebe lo que afirma. Eso es la presunción
de inocencia, y juega en un proceso, pero no en la vida política.
¿Desde cuándo se ha invocado en la vida política
la presunción de inocencia? Si ha usted le ha imputado un juez
y sólo un juez, y esto me quedaré ronco diciéndolo,
declarando la existencia de indicios racionales de criminalidad, lo
que tiene que hacer es entregar el puesto que tenga o el acta en el
ámbito político y dedicarse a defenderse en el ámbito
judicial, amparado por la presunción de inocencia, faltaría
más. Pero que no pretenda sacarse de la manga la presunción
de inocencia para prohibir que se diga en el periódico que el
juez Fulano ha imputado a este señor por prevaricación
o por corrupción. La libertad de expresión y de opinión,
es fundamental en el estado de derecho; no sobreviviría un estado
de derecho sin ellas. Pero es verdad que es muy difícil, a veces,
luchar contra las grandes unidades de prensa, es muy difícil.
Pero aun así son unas de las libertades a las que no se puede
renunciar, porque eso es la democracia. Lo que hay que hacer es ser
muy exigente con las personas que están en lo público:
cuando un juez, insisto, encuentra indicios de criminalidad, se acabó
lo que se daba; defiéndete y vuelve, si puedes.
¿Se
deja alguna vez de ser ministro?
Mientras lo eres no. Mientras lo eres no tienes tiempo ni de enterarte
de lo que eres. Son veinticuatro horas de veinticuatro. Es la experiencia
más apasionante que yo he vivido. Para alguien que ha estado
entregado a lo público, es la entrega ya sin resquicio. Es una
intensidad de trabajo emocionante, apasionante; es precioso. Te dejas
ahí la piel. Cuando te sale una cosa bien es formidable, pero
no te dura un minuto, porque abarcas todo tu área y luego está
el de los demás. A lo mejor estás tan contento y llegas
a un consejo de ministros y allí hay un problema más grave.
En política las alegrías te duran poquito, pero es apasionante,
una cosa maravillosa.
Protocolariamente, parece que no dejas nunca de ser ministro, pero eso
es una sandez; dejas de ser ministro el día que en el Boletín
Oficial aparece que ya no lo eres. Y a partir de ese momento, eres lo
que tú quieras ser o te dejen. Yo en este momento soy diputado
por la región de Murcia y estoy en el Congreso, trabajando en
lo público de nuevo en la elaboración las leyes, aportando
mi grano de arena. ¿En mi futuro? Pues no lo sé. Soy fiscal
y no sé si un día volveré a esa profesión.
Hoy por hoy estoy en el Parlamento. Pero ministro fui y ya se me ha
olvidado. Ahora lo que soy es un comillano, pasándomelo aquí
divinamente, respirando buen aire, y, en este caso, pasando un buen
rato en tú compañía.
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