Maite
Álvarez estudiantes de bachillerato, Valladolid
En
voz baja, y con la boca pequeña, pero la reunión del comité
federal socialista ha comenzado a entonar el mea culpa, en la gestión
del país. Una gestión que preparó nuestra economía
para que fuera incapaz de hacer frente a los retos que la crisis internacional
nos ha planteado. Lástima que las demás fuerzas políticas
no hayan hecho todavía acto de contrición de sus graves
errores en el pasado, de cuyos polvos vienen estos lodos. Pero el nacionalismo
vasco, en el poder hasta hace dos años, los nacionalistas catalanes,
en el poder, el partido popular, que administro un mercado inmobiliario
siniestro y que es responsable de buena parte del aparato autonómico
y municipal, incluso antes de mayo, e incluso izquierda unida, en el
poder en Euskadi y Cataluña hasta hace bien poco son culpables
de un despilfarro incomprensible, suicida, inmoral y, dada la situación
de miles de familias criminal.
Y es que la historia de nuestra democracia, en lo tocante a este tema,
bien se podría dividir en dos épocas muy diferenciadas.
Una primera comprendería los siete u ocho primeros años
de la pasada década y una segunda desde entonces hasta nuestros
días.
La primera fue la protagonista de de un gigantesco boom inmobiliario,
sostenido, a su vez, en la “generosidad” de los bancos y
cajas, que ofrecían créditos hipotecarios desmesurados
a personas que, con muy poco criterio, se endeudaban hasta las cejas
pensando solamente en el extraordinario momento económico que
pasábamos, con crecimientos anuales de nuestra economía
como nunca antes había habido, y en esa cultura, cuasi decimonónica,
de ver en la propiedad y el legado de la herencia, el objetivo fundamental
de nuestras vidas
Esta situación de constante gasto familiar, que estaba claro
que no podía perdurar eternamente, se torno a finales del 2007
cuando algunos países europeos comenzaron a entrar en crecimiento
negativo. Pero el momento culminante para el inicio de la crisis actual
sería la bancarrota declarada por el gigante americano Lheman
Brothers, un desastre que hizo saltar todas las alarmas sobre la naturaleza
y el estado de los bancos de inversión. Cuando las entidades
financieras constataron que muchas de las inversiones eran irrecuperables,
que muchos de los créditos entregados no podrían ser devueltos,
al superar con creces la capacidad de ahorro y generación de
riqueza de las familias, aquella gran estafa piramidal se vino abajo.
Automáticamente se cerró el grifo del crédito fácil
y con ello se frenó drásticamente la venta de viviendas
explotando la burbuja inmobiliaria. Pero esa contracción del
crédito también afecto a la financiación de las
empresas. De manera asociada e inmediata empezó a aumentar el
número de personas desempleadas que veían como sus empresas
cerraban ante la falta de trabajo y crédito.
Pero el problema no ha venido solo de la mano del mercado. El estado,
en todos sus niveles, también ha vivido por encima de sus posibilidades,
en una economía donde el control del gasto corriente de las administraciones
prácticamente no existe, los gastos sociales han sido en algunos
casos irracionales (los famosos 400 euros) y la economía sumergida
y el fraude fiscal dista mucho de ser solucionado, lo que limita los
ingresos estatales. Es una ecuación fatal. Mucho gasto innecesario
y mucho ingreso fallido.
Tres años después del inicio de la mayor crisis económica
de la historia europea, con 5 millones de parados en España y
con unas previsiones de crecimiento a corto plazo realmente malas, España
tiembla cuando mira las economías de sus vecinos del arco mediterráneo
rescatadas por el BCE (Grecia- Portugal), además de Irlanda,
y observando de reojo el sufrimiento de la economía italiana,
agobiada por su déficit público. Es ahora cuando el ciudadano
español empieza a valorar su situación y a darse cuenta
del derroche económico realizado y de las consecuencias que ello
puede traer. Analiza cómo y en qué se gastan los “dineros”
de sus impuestos, y estudia el dispendio de los fondos públicos.
Con la aparición de la crisis, los medios de comunicación
con duros titulares prueban lo mucho que se ha gastado y lo poco que
se ha ingresado, demostrando como se ha acumulado la deuda; es ahora
cuando más se destapa la corrupción el despilfarro y la
inoperancia de muchos de los altos cargos de este país dándose
cuenta el ciudadano de la ausencia de eficacia en los organismos reguladores,
que no han velado por la correcta utilización de sus impuestos,
y observando que los políticos europeos y sobre todo los españoles
no han estado a la altura de las circunstancias.
La mentalidad faraónica de algunos alcaldes y presidentes autonómicos
además de la mayoría de los gobernantes nacionales, unido
al hecho de que en España se cuenta con 17 autonomías
y más de 8000 ayuntamientos y que el Gobierno Central comparte
muchos poderes con ellos, lo que da pie a cientos de servicios duplicados,
ha permitido tener una manga demasiado ancha para el gasto y demasiado
estrecha para que la ley pueda pedir responsabilidades a algunas instituciones
en concreto, porque no está siempre bien definido quien tiene
la competencia de los pagos. Así las consecuencias del lamentable
endeudamiento de la gran parte de ayuntamientos y la práctica
totalidad de comunidades autónomas, unido a la urgente necesidad
del dinero exterior que tiene el estado, obliga a pagar la deuda que
se emite a unos precios que, de seguir así, llevaría al
igual que les ha sucedido a otros países, a la intervención
cuando no, a ser expulsados del euro. Denuncia merecen aquellos alcaldes
y concejales que se suben desmesuradamente y sin ningún pudor
sus ya, de por sí, abultados sueldos, y lo hacen de manera abusiva
ante los ojos de los ciudadanos. Por citar uno, ahí está
el alcalde de Calvia en Mallorca que cobra más que el presidente
del Gobierno español. Y eso incluye a los gestores de las entidades
públicas, como empresas y cajas.
A ello se une el derecho que tienen los diputados y senadores a tener
sueldos vitalicios, costumbre esta que quizá encaje más
en la época feudal que en el siglo XXI. No hay que olvidar que
el senado español (cámara de dudosa utilidad), le cuesta
al estado 3500 mill. de euros anuales para sólo 260 senadores
existentes.
Y, por enredar más la cuestión el que España posea
más diplomáticos que Alemania y el Reino Unido, que además
tiene, vergonzosamente, más coches oficiales que todo EEUU, aflorando
por doquier los consejeros y asesores, que en la mayoría de las
ocasiones no se sabe ni lo que hacen ni para qué sirven, a no
ser para engrosar el descomunal número de tarjetas “visa”
oficiales que como su gasto, en la práctica, no se controla,
permite adquirir joyas y viajes turísticos con cargo al ciudadano,
por no hablar de multitud de ayuntamientos que cuentan con despachos
llenos de muebles de diseño y lujos asiáticos.
Y si ya analizamos algunas de las grandes mega-obras nacionales el desconsuelo
es total, citemos algunas: La Expo del Agua de Zaragoza costo 700 mill.
de euros y hoy en día casi todos los edificios están cerrados,
y además costando varios millones de euros anuales su mantenimiento.
Las monumentales infraestructuras aeroportuarias públicas, como
el aeropuerto de Lleida, León, Ciudad Real o el de Burgos, tienen
astronómicas pérdidas año tras año y se
sigue sin tomar medidas paliativas que resuelvan tanto despropósito.
Contra el derogado plan hidrológico nacional, se apostó
por hacer fastuosas desaladoras en el levante español, algunas
de las cuales están acabadas y no se han puesto en funcionamiento
por diferencias políticas entre gobierno central y autonómico.
Como no se conocen despidos de los responsables de tales barbaridades
hay que entender que se está premiando la incompetencia .Y para
ir más lejos algunas medidas de corrección económica
pasan por congelar las pensiones recortando con ello los derechos adquiridos
por las personas durante toda su vida laboral o bajar el sueldo de los
funcionarios aunque hay que señalar que hay 1 por cada 7 trabajadores.
Igual son muchos, no se.
Quizá para sacar a España del atolladero económico
en que se encuentra haya que desarrollar un nuevo modelo productivo
y haya que racionalizar mucho más el gasto institucional. El
país, su importancia en Europa y su historia bien merecen el
esfuerzo.
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