Sonia
Fernandez Tejeria estudiante de secundaria, Torrelavega
(Cantabria)
El Diccionario
de la Real Academia de la Lengua Española define la palabra “rugby”
como: “Deporte que se practica entre 2 equipos generalmente de
15 jugadores con un balón ovalado que hay que dejar detrás
de la línea de fondo del campo contrario o pasarlo por encima
del travesaño horizontal de la portería”. Pero el
rugby es más que eso, es un deporte que se juega con sentimiento.
Un juego de amistad, compañerismo, organización e inteligencia.
Dicen que el rugby es más un deporte de combate que de contacto.
Y como tal, ganó batallas antes de conquistar partidos.
Las legiones romanas lo utilizaron para mantener en forma a sus soldados
durante las guerras con el enemigo.
Siglos después, los campos de rugby de Eton, Oxford y Rugby,
sirvieron como campo de instrucción del ejército inglés.
Pero el rugby moderno es una ramificación del llamado fútbol
multitudinario británico, un juego de pelota violento, con cientos
de participantes que tardaba días en decidir el ganador.
De allí se mudó a los elitistas colegios de Inglaterra
donde su primer fin fue quemar la adrenalina estudiantil. Las reglas
eran diferentes en cada pueblo, hasta que en 1823, en el colegio inglés
de Rugby, Willian Webb Ellis, cogió el balón con las manos,
con fina desobediencia de las reglas del fútbol, según
las crónicas de la época y echó a correr anotando
un gol. Aquel día el rugby se divorció del fútbol.
Al hemisferio sur, el rugby llegó en las bodegas de los barcos
británicos y desde el inicio los maoríes demostraron ser
los prohombres del rugby.
Mientras en Gran Bretaña, la vida de la clase trabajadora era
brutal, los pueblos medían su orgullo por el éxito de
los suyos en el deporte.
Y fue a partir de 1870, cuando mejoraron las condiciones de vida, y
los trabajadores comenzaron a disponer de tiempo libre los sábados,
cuando el rugby arraigó en las Islas.
Después el ferrocarril se encargaría de extenderlo por
todo el resto del Reino Unido.
En Irlanda, ajeno a las luchas nacionalistas, sus equipos alineaban
estudiantes católicos junto a granjeros de Ulster.
En Gales fue más allá, su triunfo sobre los All Blacks
en 1905, inspiró una nueva identidad nacional; 15 hombres sin
distinción de clases ni de origen se batían en el campo
de rugby con agresividad pero sin violencia, respetando unos códigos
de honor y una camaradería que convertían al compañero
en hermano, y al enemigo en respetado contrincante.
En barco fue también como llegó a Francia, fue en 1872,
el varón de Coubertin lo utilizó para levantar a una Francia
hundida tras la perdida de Alsaza y Lorena.
La semilla se plantó en Paris pero fue en el suroeste donde brotó.
Jean Prat alumbró el rugby en Lourdes, y en 1968, el “15
del gallo” conquistó Europa ganando el primer Grand Slam.
Mientras París ardía por las revueltas estudiantiles,
el general de Gaulle, recibía un escueto telegrama del capitán
francés Cristian Career: “misión cumplida”.
El rugby trascendía el deporte, desde Francia saltó a
España de la mano de un estudiante de veterinaria, Baldiri Aleu,
quien lo introdujo en 1921 en Cataluña, fundando “La Santboiana”.
A Valladolid llego de la mano de los curas, y a Madrid de los colegios.
Un largo trayecto que ha encontrado en la copa del mundo, su escaparate
perfecto. Allí descubrimos al devastador Jonah Lomu, que solo
se rindió sobre la Sudáfrica de Mandela en el 95, y allí
se asomó Johnny Wilkinson para dar a Inglaterra en el 2003, su
primer y único título mundial. Hoy el rugby es un deporte
profesional pero, pese a ello, mantiene su espíritu de combate,
amistad y sentimiento de identidad.
Como decía Collin Nets, el legendario delantero de los All Blacks:
“Soy jugador de rugby, no se me ocurre nada mejor que decir sobre
mi”.
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