Gonzalo
Perales estudiante de bachillerato, Torrelavega
(Cantabria)
Como decía
Collin Nets, el legendario delantero de los All Blacks: “Soy jugador
de rugby, no se me ocurre nada mejor que decir sobre mi”.
La frase encierra más que una definición, y su historia,
algo más que una forma de vivir. Adiestrada en el campo para
el respeto, la nobleza y el sacrificio en equipo, Sonia Fernández
(Torrelavega 1997), ejemplifica todas las carencias del deporte base,
los abandonos que sufren los deportes menos mediáticos y los
campos minados, que aun hoy, debe soportar el deporte femenino.
En la ciudad solo existe un campo de rugby, el de Sierrallana, junto
al hospital comarcal. En realidad un prado irregular, en lo alto de
una colina, donde los y las deportistas debían entrenar sin luz,
sin agua caliente y en una inseguridad constante que ya había
costado algún robo, y algún mal encuentro. Tras diez años
de peticiones, el ayuntamiento se dignó a arreglarle. Sonia entrenó
toda la pasada campaña en uno de los campos de tierra del complejo
Oscar Freire, un patatal situado frente a la factoría de Sniace
donde, según sople el viento, el aire es irrespirable, con ese
empalagoso olor a huevos podridos que destilan las químicas.
Hacían deporte porque se empeñaron. Acudían cada
tarde a entrenar y participar en la liga, pese a no tener condiciones
para hacer casi nada.
A comienzos de este curso el ayuntamiento les entregó Sierrallana
con la cara lavada. Por fin vestuarios, limpios, calefacción,
agua caliente, y luz, para poder prepararnos en las tardes de invierno,
esas en las que anochece a las cinco de la tarde. Ni los mayores, que
entrenan con el equipo femenino se lo creían. El espectáculo
era tan insólito, que hasta la televisión fue a grabarlo,
más que nada para retratar al concejal, en su saque inaugural.
Lastima que no volvieran, para dar fe de como a los dos meses, y ante
la falta de vigilancia y mantenimiento, nos han dejado sin parte del
cobre, de los bancos, de los lavabos...
Pero eso no ha mermado su interés por el juego. Ni eso ni su
rotura de clavícula, ni la oposición de su padre a las
duras condiciones de entreno, ni los malintencionados comentarios de
algunos sobre las mujeres que, como ella, ejercen su derecho al deporte,
ni los 0º de cada tarde de invierno, ni el tener que jugar con
los faros de los coches encendidos para poder ver, ni la imposibilidad
de formar aquí un equipo femenino. Pero superó todo. Este
invierno, su entrenadora, la jugadora de la nacional Eva Rincón,
la propuso abandonar este destierro y enrolarse en el Getxo ya que este
constituía un equipo femenino y ella aceptó.
Desde entonces, Sonia se desplaza a Bilbao para entrenar, a las seis
de la tarde, y regresa a las doce. `` Espero poder jugar la próxima
temporada, estaría bien, se nota mucho el entrenar solamente
chicas, además que tres ellas, juegan en la española y
la verdad es que se aprende mucho y es todo totalmente diferente´´.
Al final es el triunfo de su tenacidad y la derrota de un deporte en
que Cantabria vuelve a perder sus promesas. Cuando en enero toda su
ciudad se reunió para acompañar a su entrenadora al recibir
el premio a la mejor deportista femenina, allí estaba ella, jaleando
un triunfo del que se sentía participe. Mantenía en la
mente, en medio de los aplausos, la imagen del barro, las vendas y el
cansancio, y aplaudía con la melancolía de quien sabe
que ha ganado en su pulso por hacer lo que desea, y el fracaso de no
poder hacerlo en su tierra.
El rugby es disfrutar, es unidad, es compañerismo, amistad, trabajo,
templanza, habilidad, saber estar y elegir el momento oportuno, pero
sobre todo, para Sonia el rugby es libertad.
¿Y
tu que opinas?
Opina
y reflexiona, pero ser respetuoso. Esta web permite los comentarios
sin ser usuario registrado, pero te sugerimos que te identifiques,
como una forma de crear comunidad y compartir ideas.