Alatriste

Erika Álvarez Castro
estudiante de biológicas, Madrid


 

A todas luces, la decisión de la academia de artes y ciencias cinematográficas de España, de presentar como candidata al oscar de Hollywood, a la película de Pedro Almodóvar “volver”, se ha revelado como un acierto de la academia, a poco que analicemos la superproducción histórica que aborda el siglo XVII español. Y no es que, como algunos malintencionadamente exponen, se haya basado la elección en una manipulación basada en intereses y afectos.
Cierto es que la gran perdedora en la terna de candidatos ha sido la adaptación cinematográfica de las aventuras de D. Diego Alatriste. Un producto honesto y de altura, aunque muy alejado de su fuente original, de los textos de Reverte.
Alatriste, impulsado por una de las campañas publicitarias mas intensas, nunca lanzadas por la industria cinematográfica española, es una película de valores indudables, que ha demostrado, sin ambages, la capacidad técnica y organizativa de los productores y los directores españoles, que ha resuelto con gran brillantez el problema tradicional de nuestro cine para crear productos espectaculares y atrayentes en lo comercial.
La ambientación y la puesta en escena, los efectos y los juegos visuales revelan un oficio capaz de competir con las grandes producciones norteamericanas, y atraer a un sector del público más llamado por los fuegos artificiales que por las palabras, el intimismo y las historias con sentimiento, tan presentes en el cine español. Especialmente alabable resulta la idea de trasladar a la pantalla todo el universo de Velázquez, en un trabajo didáctico y estético que proporciona a la obra una belleza fascinante.


Sin embargo, Alatriste pierde el tono y la importancia en dos elementos esenciales en una película: en la verdad y en el lenguaje narrativo.
En lo último, puesto que en la ida de sintetizar las abundantes peripecias del personaje arturiano, la película cae en un profundo desorden que, por momentos, espanta, y en otros aburre. La constante entrada y salida de personajes, sin explicación, ni sentido ni credibilidad, pierde al espectador en los vericuetos de un laberinto, que hace apartase de la pantalla, hasta que el esporádico fogonzazo de un arcabuz le haga tenuemente reengancharse.
El director parte en muchos momentos de la premisa, de dar por conocidos hechos, relaciones o apuestas de las vidas de los personajes de la obra, que permitirían comprender un discurrir, así inexplicable, para quien no haya leído previamente los libros de esta saga. Así, la síntesis superadora arrastra a un desconcierto que el trabajo de algunos actores no ayuda a despejar. Nada que objetar a la brillante carrera de geniales actores del nivel de Javier Cámara o Juan Echanove, salvo en esta fútil inmersión en el siglo XVII, en la que rara vez encajan y resultan convincentes. Y esa es a nuestro juicio la gran decepción de esta cinta. Nuestra historia, tan brillante y densa, es terreno abonado para la obtención de historias que ilimitadamente ilustren la reflexión sobre el espíritu humano, la gran razón de ser del arte. Sin abandonar el espectáculo, sin despreciarle, este no puede ser, no debe ser, el único objeto de una cinta. Y esta hubiera debido ser una buena ocasión para narrar verdades. Pero no. El director incurre en los mismos defectos de otros narradores, que desde más allá de nuestras fronteras han sembrado nuestra leyenda negra. Alatriste es un deambular de personajes baldíos, enmascarados y ruines, sin un mínimo atisbo de dignidad. Nadie se mueve por más interés que las pasiones más inconfesas, los pecados más recónditos o la insapiencia mas descarada. ¿Acaso no hubo nada de honesto ni brillante, de heroico o de valeroso en aquellas gentes?. Describir este siglo como un desfile de comadrejas, interesadas, ávidas de poder ambición, sin nada noble en sus comportamientos, no es que no sea patriótico, es que no es justo, no es honrado, no es acertado, no es verdad.

 

 


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