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La
guerra del cortometraje
Alvaro
Uriona
estudiante de ciencias audiovisuales,
Madrid

De
izquierda a derecha Daniel Sanchez Arevalo, Borja Cobeaga y Eduardo
Chapero Jackson
en el cafe Gijon de Madrid, Foto ElPais
Ya
hace unas semanas, los compañeros de Cantabria Visual se mostraban
“Indignados”, por la marginación sufrida por los
cortometrajistas españoles en la entrega de los premios Goya.
Pues la cosa aun colea.
Lo curioso es que desde hace tiempo es notorio que el cine español,
como industria, funciona poco, porque el público le da, salvo
excepciones, la espalda, viviendo solo de las subvenciones. Pese a ello,
el séptimo arte español no ha conocido como ahora una
ebullición creativa de tal magnitud, y ello en ese taller de
creación y maduración que es el cortometraje. Así,
en los últimos años tres cortometrajes han sido nominados
a los oscar de Hollywood, y otros han sido reconocidos en su talento
en muchos festivales internacionales, desde el "Slamdance"
norteamericano hasta el "Festival de Cannes". Cosa que de
la que los largometrajes españoles no pueden presumir.
Pues bien, igual que los festivales sirven impulsar las nuevas ideas,
reconociendo sus meritos creativos e impulsando su difusión,
los Goya, aun mas comparten ese objetivo, por representar el sentir
de toda la profesión.
Lo grave son los meritos de unos y otros en esta historia. Frente a
las infraestructuras que soportan a los largos y facilitan el trabajo
en esas empresas, crear un corto es otra cosa. El creador debe poner
la pasta de su bolsillo, y sin ayuda pública, pedir cuarenta
mil favores para sacar adelante un producto digno, a base de alquilar
un foco, pedir ayuda a un colega montador… Cuando has acabado,
y para no comértela con patatas tienes que acudir a empresas
que te cobran 100 euros mensuales por darte salida al trabajito, y como
tampoco se toman el trabajo con gran diligencia, el paseo de las cintas
no dura menos un añito, así que 1200 € de promoción.
Junto a ello, a peregrinar por los festivales mendigando un premio o
una nominación, porque claro, en este mundillo sin premios nadie
te compra. Si al final consigues dar salida a tu idea, ten en cuenta
que un 30% son para quienes distribuyan la película. Total, en
el mejor de los casos, te quedan 1000 €. Y junto a eso el viaje
iniciatico por un universo de mafias, enchufes, subvenciones engañosas,
nepotismo, festivales amañados y políticas de tercera.
No es de extrañar que ante tamaño cúmulo de despropósitos,
muchos creadores se inclinen por morir con dignidad, regalar su trabajo
vía Internet.
Una de nuestras pocas esperanzas es el respaldo de la oficialidad, un
poco tan solo de apoyo, y cuando menos algo de respeto. Frente a ello,
nos hemos topado este año con un escandaloso ninguneo perpetrado
con premeditación, nocturnidad y alevosía, que no solo
nos hecha de la gala final de los Goya, sino que nos priva de la promoción
televisiva, única cosa interesante de esa plomiza gala.
Además de implicar esta expulsión un proceso muy poco
democrático en el seno de la academia de ¿todos?, se transmite
la idea de que el mundo del cortometraje es una insignificancia, mediocre
y prescindible. Además, los pobres cortometrajistas, gente de
poca monta, no son enemigos, se les puede provocar. Al final, tras un
momento de ira, y varias voces callejeras, todo habrá pasado.
Como mucho, algún tímido movimiento webwero (www.indignados.org),
Nada más.
Y todo ello con la complacencia de un ministerio para el que industria
es una palabra con mas letras que cultura, y una profesión muy
proclive a ponerse pegatinas por cualquier cosa ajena al arte, y poco
dada a ayudar a los mas “modestos” de este arte. Un episodio
mas en instituciones que despilfarran dinero en boato y entierran a
los artistas en montañas de papeleo, diseñado más
para excluir que para ayudar. Así que hacer cine queda reducido
a una quimera “al limite de lo imposible”, excepto para
los protegidos de siempre.
No somos los únicos marginados, la profesión culta y progresista
por antonomasia, amparada por un gobierno de igual etiqueta, que se
suponía mas sensible y comprensivo, en teoría, con el
arte y la creación de los jóvenes, muestra desde hace
tiempo su cara avaricioso y hedonista, cobarde y malvada, renegando
de los orígenes, el corto, de media corte, echándonos
a la cuneta, a nosotros y a otros colectivos, véase la decapitación
del minuto de gloria de los autores de los “títulos de
crédito”, o de tantos otros técnicos imprescindibles.
Pero así esta montado el tinglado, y si no fijaros en el nombre
de la productora de Santiago Segura se llame "Amiguetes entertainment".
Pero
quienes esperaban una tímida pataleta empiezan ver su error.
El movimiento ”indignados” cobra fuerza y ha empezado a
engrosar sus filas con pesos pesados. Eduardo Chapero Jackson, al que
hace poco eolapaz dedicaba sus páginas (mejor corto europeo por
“Alumbramiento”, pero no candidato a los Goya), Daniel Sánchez
Arévalo (primer premio del Festival de Alcalá de Henares
por “Traumalogía”, repudiado en los Goya, por exceso
de metraje), y Borja Cobeaga (nominado a los oscar por “Éramos
pocos”), lideran la rebelión. Los tres denuncian el menosprecio
de la academia, y del mundo del arte en general, incapaz de ver en estas
piezas una obra maestra en si mismas, y no como un taller de pruebas
del largo. Al final, como dice Borja, un autor puede deambular del largo
al corto, como un escritor de la novela al cuento o al relato, no son
etapas, sino formas expresivas, y esta, además, una que proporciona
a los autores una libertad, una creatividad y una posibilidad de experimento
muy difícil de encontrar en el largo, al margen de el cine se
basa en contar historias y hay historias que no soportan el formato
largo.
De momento su denuncia, y su ejemplo, han arrancado la creación
por la Academia de una comisión que desde marzo del año
que viene estudiara los problemas de los cortos.
Mientras tanto deberemos seguir conviviendo con la arbitrariedad. Este
año, y volviendo a los Goya, solo se han admitido cortos inferiores
a 20 minutos, cuando las normas de la ICAA (Instituto de la Cinematografía
y las Artes Audiovisuales) establecen que un cortometraje es una obra
inferior a 50 minutos.
O los creadores se muestran mas firmes y hacen frente al poder establecido,
o adiós al arte.
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