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Nos
vigilan
Javier
Trueba

George
Orwell, el escritor que denuncio el dominio del individuo por el estado
En
mi instituto nos han mandado este trimestre leer un libro que se titula
1984, de un escritor ingles llamado George Orwell. Es una novela en
la que se relata como nace una sociedad, donde un gran estado controla
a lo “gran hermano” a toda una sociedad idiotizada.
Pues cada vez estamos más cerca de esa novela. Hace unos días
pude ver un reportaje en la 2, en la que se explicaba con detenimiento
los sistemas actuales de control de la población, sobre la que
cientos de cámaras callejeras, satélites y otros dispositivos
son capaces hasta de seguirnos en el interior de nuestras casas. Telefónica
ofrece un servicio de control por cámara en las tiendas, que
no se sabe si es para controlar a los empleados o a los clientes o a
los dos. Hoy, la web de la compañía inglesa Connect Software,
aprovechando la desaparición de la niña Madeleine McCann
en el Algarve ha sacado al mercado varios sistemas de rastreo para vender
soluciones que permiten el rastreo de menores. "No deje que esto
le ocurra a usted", es el slogan de la compañía que
ofrece desde el típico rastreo por móvil (que ya en España
lo ofrece movistar bajo el nombre de “localízame”,
que claro no funciona sin cobertura o con el móvil apagado) hasta
implantes de chips en la ropa o bajo la piel.
Que es lógico que un padre quiera evitar el rapto de su hijo
no tiene discusión. La pregunta es si todos estos sistemas son
éticos. Si es normal que estemos bajo un control tan amplio por
nuestros padres. Que ahora son ellos, pero cualquier día les
da por lo mismo a los policías, o al director del instituto.
Pero esta pregunta no parece hacérsela nadie, porque el negocio,
ósea, lo bien que va, demuestran que la era de Orwell ya llego.
Fijaros, el Play Pack (teléfono localizador para niños
de entre 8 y 12 años) ha vendido 90.000 unidades en 2006, y el
MO1, que fabrica la juguetera imaginarium ha vendido 15.000 unidades
solo en Navidades. Y eso sin tener en cuenta los móviles de adultos
con esta tecnología que usamos, que son la mayoría.
Las empresas están embaucando a los padres con la filosofía
del "peace of mind", es decir, tranquilidad. Consiguiendo
una pasta gansa en familias con hijos pequeños, o familiares
de ancianos y dependientes.

Y es que la tecnología para el rastreo de niños es hoy
un negocio que ofrece en el mercado solucione tecnologías muy
amplias. Así, Connect Software vende brazaletes y ropa con chips
en su interior del tamaño de una ficha de dominó. Las
baterías que alimentan estos ingenios tienen una batería
que dura unos 5 años, y que emite una señal de radiofrecuencia
(RFID) cuando pasa por una antena receptora. Claro, fuera de las zonas
cubiertas por esas antenas, aquello no pita. La americana Wherify vende
relojes y consolas portátiles con transmisores GPS. Y Securlife
brazaletes, relojes o gorras con sensores de rastreo. Lo mas es lo que
propone el profesor de la Universidad de Reading Kevin Warwick, el inventor
de los implantes subcutáneos, que ideo este sistema tras los
terroríficos secuestros de 2002. En España, a demás
de movistar, entidades privadas como la barcelonesa Baja Beach ofrecen
sistemas de rastreo y localización a sus clientes , para evitar
colas en sus servicios, y recibir un trato VIP.
Pero con todo eso, que no es ciencia ficción, ¿que?. Lo
mismo que se puede localizar a alguien, esos chips almacenan información
que permite decidir rechazarte (si eres portador del VIH, tienes parkinson
o eres gay). También hay que pensar que igual que los buenos
inventan los malos también. Así que llegara el día
que los secuestradores, igual que piratean las tarjetas de crédito,
lo harán con los chips, y en lugar de los papas localizar al
niño, los secuestradores tendrán más fácil
cogerlo ellos. Igual es bueno pensarlo al revés. ¿No seria
mejor poner remedio a una sociedad tan degenerada en la que raptar niñas
de seis años se entiende como un negocio genial?. Porque, digo
yo, lo de la educación para la ciudadanía, lo mismo era
mejor aplicarla a los adultos.
Vamos, que como no vuelva Espartaco, ¡adiós intimidad!
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