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El
enigmatico caso del doctor Bru
Alejandra
Rodriguez, Isabel Perancho
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Antonio Brú es licenciado
en Ciencias Físicas en la especialidad de Física
Fundamental por la Universidad Complutense de Madrid, donde también
obtuvo el grado de Doctor en 1995. Ha trabajado en el Centro de
Ciencias Medioambientales, Energéticas y Tecnológicas
(CIEMAT) durante 13 años. Posteriormente trabajó
en el Centro de Ciencias Medioambientales del CSIC durante tres
años y actualmente es profesor del Departamento de Matemática
Aplicada de la Facultad de Matemáticas de la Universidad
Complutense de Madrid. Su trayectoria científica se ha
caracterizado por el estudio de procesos en medios desordenados.
Como una de las derivaciones de dicho tema, en 1993 empezó
a investigar la dinámica de crecimiento de los tumores
sólidos, aplicando conceptos de la geometría fractal
y de la física estadística. Resultado de dichos
trabajos, desarrolló una teoría universal de crecimiento
de los tumores sólidos que se publicó en 2003, a
partir de la cual se diseñó una propuesta terapéutica
que se probó en experimentación animal con éxito
y que comenzó con la experimentación clínica,
estando actualmente determinando la eficacia terapéutica
de dicha propuesta. |
En
nuestro último número os mostrabamos la campaña
desarrollada por un grupo de cientificos y oncologos, liderados por
el doctor Francisco Redondo, en apoyo de los métodos no agresivos
impulsados por el doctor Bru, un cientifico que desde 2004 esta revolucionando
a la comunidad cientifica, dividida ante sus propuestas, y que ha creado
una gran expectación entre miles de pacientes de cancer en todo
el pais.
Desde ese año una avalancha de pacientes enfermos de cáncer
desbordan las consultas de oncologia, deseosos de probar un fármaco
que, de acuerdo al anuncio realizado por un físico madrileño,
es capaz de curar todos los tumores sólidos: el factor estimulante
de colonias de granulocitos (G-CSF, sus siglas en inglés), un
producto de uso habitual para paliar los efectos de la quimioterapia
y que, curiosamente, a pesar de haber sido administrado a miles de pacientes
durante más de una década jamás había dado
muestras de este sorprendente efecto. La comunidad científica
esta convulsionada tras la rueda de prensa que Brú ofreció
hace un año en la que aseguró haber «curado»
a un paciente con un tumor de hígado terminal aplicando dosis
masivas de este medicamento. Las críticas arreciaron durante
los días siguientes. Muchos expertos ponen en tela de juicio
la validez de la teoría sobre la que ha sustentado su experimento
que, además, no era el primero. Brú y su equipo aseguran
haber curado por el mismo procedimiento a otra joven paciente con un
melanoma (cáncer de piel) terminal. Pero, sobre todo, le recriminan
su «irresponsabilidad» al lanzarse a tratar enfermos sin
suficientes pruebas y, sobre todo, anunciar la inminente curación
del cáncer a raíz de un único caso, algo que carece
de validez científica. ¿Quién es este físico?
¿Por qué cree que puede curar los tumores?
La historia de Antonio Brú es el relato de una pasión
que se inició, según él mismo cuenta, hace 12 años
a raíz de una experiencia personal: la muerte de su abuela a
causa de un cáncer. El físico, que entonces trabajaba
en el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC),
empezó a formular una teoría sobre cómo crece la
masa tumoral e invade el tejido sano. Con el tiempo desarrolló
la hipótesis de la dinámica universal del desarrollo tumoral.
Básicamente sostiene que el crecimiento de la masa cancerosa
está mediado por la presión que recibe del ambiente que
la rodea (el tejido sano y el sistema inmune). Si no encuentra obstáculos,
crece expandiéndose a través de su superficie a partir
de los bordes, como lo harían las conchas marinas o los copos
de nieve, siguiendo una dinámica regida por las leyes de la geometría
fractal.

Es decir, según él, el tumor empuja al tejido sano y acaba
ahogándolo. Esta teoría contraviene el pensamiento imperante
que sostiene que la masa maligna se desarrolla a partir de su núcleo
creando nuevos vasos sanguíneos que invaden el 'terreno' sano
y la alimentan.
Para probar su idea, acudió al laboratorio y, tras una primera
prueba, hace cinco años entró en contacto con José
Luis Subiza, inmunólogo del Hospital Clínico de Madrid.
«Había estudiado su teoría en una línea de
células y quería ver si podía demostrarla en otras
diferentes. Le facilité los medios para hacer los ensayos con
líneas de células tumorales humanas y murinas [de ratones]»,
explica Subiza.
«Su idea era interesante desde el punto de vista físico
y de modelización. Básicamente, lo que hicimos fue hacer
crecer un grupo de células en unas placas de laboratorio y ver
si evolucionaban como estaba previsto. La teoría se comprobó,
pero el modelo de células tumorales que utilizamos no está
validado en humanos», advierte el experto. Dicho de otra forma,
no está demostrado que las células de un enfermo se comporten
igual que las que se utilizaron en los cultivos para estos experimentos.
Fue de esta relación de la que surgió, «en
el curso de conversaciones informales», la idea del factor estimulante
de las colonias de granulocitos, el G-CSF. «Si de acuerdo a la
teoría, los tumores deben ir liberando el espacio circundante
para ir creciendo, Brú me preguntó de qué forma
se podía construir una barrera para evitar el avance, qué
podía haber capaz de ocupar ese hueco virtual. Le contesté
que unos candidatos podían ser los neutrófilos, unas células
del sistema inmune», explica Subiza.
«Sin embargo», se apresura a aclarar, «el papel de
los neutrófilos no fue una consecuencia de los resultados experimentales
en los que basa su hipótesis y en los que yo participé,
sino fruto de una posibilidad altamente especulativa que surgió
durante la discusión de las posibles implicaciones teóricas
del modelo. Que yo sepa no ha habido estudios posteriores que demuestren
su papel». El mismo le advirtió de que no veía plausible
que utilizar un producto farmacológico para estimular la proliferación
de neutrófilos, como el G-CSF, pudiera tener un efecto antitumoral:
«ya se había investigado en el laboratorio y no había
ningún resultado en ese sentido».
El experto, que reconoce estar «muy sorprendido» por el
anuncio realizado esta semana por Brú, es claro: «No estoy
de acuerdo en cómo ha procedido. Lo lógico es que lo hubiera
intentado demostrar en más enfermos y que hubiera utilizado los
cauces de divulgación científica, en vez de lanzar mensajes
esperanzadores a los pacientes. Es un salto al vacío».
En estos momentos, Subiza se desmarca completamente de Brú.
Lo mismo le sucede a su siguiente colaborador, José López
García-Asenjo, miembro del servicio de Anatomía Patológica
del Hospital Clínico de Madrid, con el que trató de confirmar
su teoría, esta vez estudiando muestras de tumores humanos. La
primera vez que Brú experimentó el G-CSF fue en 16 ratones
a los que se les inoculó un modelo experimental de cáncer
(no era un tumor humano). Parte de ellos fueron también estudiados
por García-Asenjo. Fruto de esta colaboración es el artículo
publicado en la revista 'Physical Review Letters' en el que se asegura
que la enfermedad remitió totalmente en dos roedores y en otros
ocho se redujo su tamaño.
García-Asenjo decidió no continuar al lado de Brú
tras conocer sus intenciones de experimentar con pacientes, un hecho
ante el que no oculta su disgusto. «Esos trabajos fueron muy preliminares,
con pocos ratones tratados. La cosa debería haberse quedado en
aumentar esas investigaciones iniciales, buscar una evidencia mucho
mayor con una población de estudio más amplia y comprobar
la reproducibilidad del hallazgo por otros grupos. Mi desacuerdo manifiesto
surgió cuando con esos resultados Brú manifiesta la posibilidad
de tratar humanos», afirma.
En ese momento, el físico ya se había rodeado de un grupo
de fieles colaboradores muy próximos a su entorno íntimo.
Su hermana Isabel, médico de familia en un centro de salud de
Talavera de la Reina; Sonia Albertos, una joven gastroenteróloga
del Hospital Clínico de Madrid, y un ex compañero de ésta,
Fernando García-Hoz, que actualmente trabaja en el Hospital Ramón
y Cajal de Madrid. Estas instituciones sanitarias se han desmarcado
oficialmente estos días de la investigación.

Éste último equipo es el que durante los últimos
años ha tratado de probar la teoría de Brú en pacientes
humanos, una labor que, en circunstancias normales, precisa múltiples
ensayos previos en el laboratorio. Para ello, recabaron la colaboración
de numerosos oncólogos, que declinaron la oferta por considerarla
inviable, y acudieron, al menos, a uno de los laboratorios fabricantes
del G-CSF, Amgen.
«Hubo contactos a mediados de 2004. Propuso un estudio, se analizó
y se sometió a la consideración de nuestra central [en
EEUU]. La respuesta fue que la compañía no apoya estudios
sin un protocolo clínico detallado y sin datos científicos
preclínicos que lo sustancien o apoyen. Se estimó que
el proyecto carecía de esos elementos», asegura un portavoz
oficial del laboratorio. El G-CSF lleva en el mercado desde 1991 y se
ha utilizado en miles de pacientes con cáncer, ya que se emplea
para tratar la inmunosupresión que provocan algunos tratamientos
antitumorales. Como obliga la normativa, antes de su lanzamiento al
mercado, también se investigó profusamente en el laboratorio.
A pesar de ello, «no tenemos constancia de ningún dato
sobre su potencial anticanceroso», añade el citado portavoz.
¿Cómo ha podido tratar el equipo de Brú a dos pacientes
con un fármaco que no está autorizado legalmente como
terapia para el cáncer? Se recurrió a la fórmula
del uso compasivo que permite emplear una medicación que ya está
en el mercado en una enfermedad para la que no ha sido aprobado. Este
trámite sólo lo puede cumplimentar un médico, que
debe justificar su solicitud y explicar los detalles de su proyecto
a la Agencia Española del Medicamento. Dos de los colaboradores
de Brú (él no es médico) hicieron la petición,
que fue aprobada por la citada agencia, dependiente del Ministerio de
Sanidad.
No existe constancia del resultado en la primera paciente, aunque ella
misma ha asegurado en televisión que ha sobrevivido a un melanoma
gracias al G-CSF. «No estamos jugando», afirma Sonia Albertos,
de 34 años, el único miembro del equipo que ha respondido
a las llamadas de SALUD. «Es cierto que puede tratarse de curaciones
espontáneas, pero no lo creo, sería mucha suerte que coincidieran
dos casos al azar».
Albertos, que conoció a Brú hace siete años cuando
preparaba su tesis doctoral, dice «entender» el rechazo
que el anuncio ha generado entre sus colegas: «Nuestras ideas
no están fundamentadas en las cosas de siempre. Un físico
ha llegado para cambiar la concepción del cáncer».
Afirma que se han topado con numerosos obstáculos. «Las
revistas serias no habían querido publicar el artículo
de los ratones, nos decían que la teoría estaba equivocada.
Por eso acudimos a una de bajo impacto ['Journal of Clinical Research',
la que ha aceptado el caso del cáncer hepático], sabíamos
que nos lo sacaría rápido».
A pesar de las airadas críticas, el equipo asegura estar muy
cerca de llevar adelante el proyecto de hacer un ensayo con más
pacientes y confirmar, definitivamente, su teoría y la utilidad
del fármaco G-CSF en un plazo inferior, incluso, a los dos años.
«Hasta que no hagamos este estudio, el medicamento no se puede
dar a los pacientes. Hay que hacer pruebas como mandan los cánones
de la Medicina», apostilla la doctora Albertos.
Muchos opinan que si el proyecto llega a salir adelante, quizás
haya sido gracias a que se ha utilizado la ansiedad de los enfermos
de cáncer para recabar apoyo hacia una teoría que, pudiendo
ser incluso interesante, aún está por demostrar. «No
intentamos manipular. Nuestro objetivo es altruista», se defiende.
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