La máquina del tiempo
El gran colisionador de hadrones europeo

Paula Ibañez, Alberto Cantorné
Madrid


El Gran Colisionador de Hadrones (LHC), el acelerador de partículas más potente que jamás se haya construido, acaba de iniciar con éxito su andadura. Esta máquina colosal, quizá el experimento más grande de la historia de la física, genera enormes expectativas entre los científicos, que esperan profundizar en la estructura de la materia y reproducir las condiciones de los primeros instantes del universo.

«Hoy es un día histórico después de veinte años de trabajo y esfuerzos de miles de científicos del mundo», expresaba jubiloso el director del Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN), Robert Aymar, el pasado 10 de octubre ante un nutrido grupo de medios de todo el mundo. «Por primera vez se ha conseguido que el acelerador aceptara las partículas y que estas circularan», añadió. Horas antes, un haz formado por millones de protones había logrado dar, por primera vez, una vuelta completa al Gran Colisionador de Hadrones (LHC), un gigantesco acelerador subterráneo, en el sentido de las agujas del reloj. Y algo más tarde, otro haz de partículas lograba recorrer todo el acelerador, en sentido contrario.

El éxito de este experimento fue celebrado con aplausos por los numerosos científicos presentes. Yeso que la experiencia inicial fue una simple vuelta de reconocimiento al enorme circuito subterráneo de 27 km, para constatar que todo funcionaba. El haz de protones se lanzó tramo a tramo, entre las ocho secciones del gigantesco anillo, y tardó alrededor de una hora en recorrerlo, muy lejos de las velocidades, próximas a la de la luz, que deberá alcanzar en los próximos meses, cuando el acelerador esté plenamente operativo. Para entonces, las partículas que recorrerán el túnel darán unas 11.200 vueltas por segundo. La simple constatación de que un sistema tan complejo funcionaba correctamente, fue un enorme éxito, que explica

el entusiasmo de los científicos. El experimento, calificado por algunos como la mayor aventura de la ciencia desde el alunizaje de las naves Apolo, había requerido muchos años de trabajo, un enorme esfuerzo económico y la colaboración de 10.000 científicos pertenecientes a casi un centenar de países. ¿Por qué tanto esfuerzo? ¿Dónde radica su importancia?
El premio Nóbel de física Carlo Rubbia expresó, tras la prueba inicial del LHC, algunas claves que recogen la trascendencia de este experimento: «Ahora estamos en posición de poder acercamos más y más atrás, al origen del Universo, y de poder no sólo observar, sino simular, esos instantes». El físico italiano añadió que «a pesar de los grandes conocimientos que tenemos del Universo, desconocemos el 95 por ciento de la materia, y ahora tenemos el mecanismo para transformar la teoría filosófica del Big Bang en física experimental, lo que es absolutamente fantástico».
Hasta que el LHC funcione a pleno rendimiento se necesitarán muchos meses de prueba y resolver problemas técnicos serios, como la grave avería que ocurrió nueve días después de la inauguración, cuando una pérdida de helio obligó a revisar todo el circuito criogénico y a aplazar, hasta abril, las primeras colisiones. Esto retrasará aún más los esperados choques frontales entre protones a una velocidad próxima a la de la luz, que reproducirán situaciones parecidas a las de los instantes posteriores al Big Bang, hace más de
13.000 millones de años.

El LHC está instalado en un túnel de unos 27 kilómetros de circunferencia, a una profundidad que oscila entre los 50 y los 150 metros, en la frontera entre Francia y Suiza. En este túnel estuvo instalado, durante once años, el famoso LEP, que aceleraba electrones y positrones (la antipartícula del electrón) hasta velocidades cercanas a la de la luz, para hacerlos colisionar posteriormente. La energía máxima conseguida por el LEP será, inicialmente, multiplicada por 70 en el nuevo LHC. Este inmenso aparato acelerará dos haces de protones en sentidos opuestos, hasta alcanzar más del 99,9% de la velocidad de la luz. En un futuro, el LHC acelerará núcleos atómicos de plomo, lo que permitirá multiplicar por 82 veces la energía máxima producida en las colisiones entre protones.
Los haces iniciales de partículas se crean en una cadena de aceleradores que ya existían en las instalaciones del
CERN, y después se inyectan en el LHC, donde se van acelerando a su paso por miles de imanes superconductores, enfriados hasta tan solo un par de grados sobre el cero absoluto de temperaturas. Precisamente en estos imanes superconductores, que producen un campo magnético muy intenso, cien mil veces más poderoso que el terrestre, reside la clave de la capacidad aceleradora del LHC. Para lograr la superconductividad, es necesario sumergirlos en unos 700.000 litros de helio líquido a unos 271 grados Celsius bajo cero.
Cada vez que los haces de núcleos se cruzan se producen alrededor de veinte colisiones, pero como cada segundo se producirán unos treinta millones de cruces, se generarán unos seiscientos millones de colisiones por segundo. Estas colisiones de partículas relativamente pesadas -protones o núcleos de plomo-, aceleradas casi a la velocidad de la luz, generarán una ingente densidad de energía, que recreará las condiciones en que se encontraba el universo fracciones de segundo después del Big Bang. En este sentido, el LHC es una máquina del tiempo, que nos ayudará a acercamos a los primeros instantes del universo, y desvelar sus leyes básicas.
Parte de la gigantesca energía producida en las colisiones puede transformarse en nuevas partículas, de acuerdo con la conocida ecuación de Einstein, E=mc2, que explica la equivalencia entre masa y energía. Las partículas generadas son muy inestables y al desintegrarse originan una cascada de nuevas partículas, cuyos rastros son registrados mediante cuatro inmensos detectores. Estos detectores, llamados Alice, CMS, LHCb y Atlas, se encuentran en los cuatro puntos de colisión del anillo. Su misión es, básicamente, recoger los rastros de las partículas generadas para poder identificarlas.



El antecesor del LHC fue el LEP, que inició sus actividades en otoño de 1989. Su principal contribución fue establecer el cuadro de las partículas e interacciones fundamentales. El LEP logró éxitos espectaculares, como producir bosones W+, W- y Zo, que dieron un fuerte espaldarazo al Modelo Estándar. Otro gran éxito fue demostrar que todas las partículas elementales se agrupaban en un máximo de tres familias (la primera, que compone la materia actual del universo, formada por los quarks up y down, el electrón y el neutrino electrónico). Las valiosas aportaciones del LEP consolidaron el Modelo Estándar, que ahora está considerado como una teoría fundamental de la física. Y, por si fuera poco, al final de su vida útil el LEP recogió algunos indicios de la existencia del ansiado bosón de Higgs, conocido como «la partícula divina», pero no fue capturado. El detector Aleph, en septiembre de 2000, encontró rastros que podrían pertenecer a esta partícula, cuya masa se calculó en 114,9 giga electronvoltios (GeV). Los científicos lograron una pequeña prórroga de actividad del LEP, para seguir investigando ese rastro, pero dos meses después, en noviembre, el LEP cerró definitivamente sus puertas, para iniciar su desmantelamiento e instalar el actual LHC.

El misterioso bosón de Higgs, que debe su nombre al físico escocés Peter Higgs, quien postuló su existencia en 1964, es conocido como "la partícula divina» porque, según el Modelo Estándar, confiere la masa a las restantes partículas elementales y resulta imprescindible para comprender el mundo subatómico. La existencia de esta partícula permitiría explicar por qué las partículas elementales tienen masa y por qué las masas son tan diferentes entre sí. Si no existiera, habría que revisar completamente los modelos actuales que utiliza la física para explicar el Universo.
El vacío es uno de los conceptos peor conocido por los científicos. Pensamos que el vacío es lo que queda cuando hemos extraído todo el contenido de un recipiente, incluido el aire, pero el Modelo Estándar prevé que hasta en el vacío más extremo quedan cosas muy importantes. Se trata del campo de Higgs, que se concreta en vibraciones del vacío. El LHC podrá explorar una amplia región donde se supone que se encuentra la partícula de Higgs, que es la pieza que falta para completar el cuadro del Modelo Estándar. Uno de los principales objetivos del LHC es, precisamente, cazar al bosón de Higgs y fabricarlo en cantidades suficientes como para llegar a conocerlo a fondo. Los expertos consideran que, si el bosón de Higgs existe, podrá detectarse en el LHC, aunque es muy improbable que se pueda hacer un descubrimiento de ese calibre antes de tres años.

Las grandes preguntas de la física de partículas requieren de grandes instalaciones donde se alcancen energías colosales capaces de romper la materia y liberar sus constituyentes últimos. Tras la exitosa historia del LEP, hay pocos aceleradores en el mundo capaces de acercarse a las energías del Big Bang. El más importante era el Fermilab, situado en Chicago, que se desactivara en pocos años. De modo que el LHC es la estrella indiscutible de los aceleradores actuales. No obstante, se siguen estudiando nuevas formas de acelerar partículas que permitan un salto significativo en la energía conseguida. Por ejemplo, ya se están desarrollando nuevos aceleradores lineales, porque evitan pérdidas de energía de las trayectorias circulares, y también se trabaja sobre la posibilidad de construir uno circular pero de un tamaño mucho mayor, unas ocho veces más largo, para generar una energía mucho más elevada.
El Gran Colisionador de Hadrones (LHC) tratará de responder a algunas de esas grandes preguntas que plantean los físicos de partículas. Alguna, como la búsqueda del escurridizo bosón de Higgs, pieza clave del Modelo Estándar, ya la hemos presentado. Pero hay otros problemas que esperan respuesta para el momento en que el LHC plenamente operativo:
Cuando la energía se transforma en materia, como debió ocurrir en el Big Bang, se produce una partícula y su correspondiente antipartícula, exactamente igual pero de carga eléctrica opuesta. Por ejemplo, la antipartícula del electrón es el positrón, y cuando ambos colisionan, se aniquilan mutuamente y generan energía. Lo lógico sería que hubiera la misma cantidad de materia que de antimateria en el universo, pero no es así. ¿Por qué el universo está hecho de materia?; ¿qué pasó con la antimateria creada simultáneamente en el Big-Bang?
Otro problema es confirmar los indicios de que existe en el universo, en grandes cantidades, una materia que no está hecha de átomos, pero que produce empuje gravitatorio. Los físicos la llaman materia oscura, porque no emite luz. ¿Qué es esta materia? ¿De qué está hecha? ¿En qué proporción se encuentra respecto de la materia visible?
Hay otro gran problema que el LHC puede ayudar a analizar, y es el viejo asunto de la gran unificación de las fuerzas de la naturaleza. Es posible que el LHC permita avanzar hacia la unificación de la teoría cuántica, que incluye el Modelo Estándar, y de la relatividad general, que incluye la gravedad. Los físicos trabajan sobre el concepto de súper simetría, para progresar en esa unificación.
Pero la cuestión más atractiva para el no especialista en física es saber qué ocurrió en los primeros instantes del universo, en las millonésimas de segundo que siguieron al Big Bang. En realidad, el Big Bang no ocurrió en un punto determinado, sino que todo explotó al mismo tiempo. Algunas colisiones en el LHC recrearán las condiciones del Big

Bang, con temperaturas extremadamente altas pero en un espacio muy pequeño. Pero eso no quita emoción a la idea de acercarse a los primeros instantes. El propio presidente del CSIC, Rafael Rodrigo, manifestó tras la puesta en marcha del LHC que «tecnología y ciencia se han puesto de nuevo de acuerdo y han hecho un instrumento científico maravilloso, uno de los mejores que ha hecho el ser humano para poder analizar, incluso, los principios del universo».

Buena parte de la expectación suscitada por el LHC procede de la alarma desatada cuando algunos científicos denunciaron que las colisiones de gran energía en el LHC podrían generar agujeros negros, que podrían poner en riesgo al planeta. El propio director general del CIEMAT, Juan Antonio Rubio, ha insistido en tachar de absurdas las advertencias de algunos científicos sobre la posibilidad de que este colisionador de hadrones pueda generar agujeros negros que supongan un peligro. «No hay ninguna base científica, es totalmente falso y no existe el menor riesgo de que eso suceda», ha aclarado.
Los científicos del CERN ya advirtieron en un informe publicado en agosto pasado que no existía ningún riesgo. Dicho documento afirma que «durante los pasados miles de millones de años la naturaleza ya ha generado en la Tierra colisiones equivalentes a un millón de experimentos como los del LHC». «Y nuestro planeta todavía existe», agrega el informe. «No hay bases para preocuparse sobre las consecuencias de las nuevas partículas o formas de materia que podrían producirse en el LHO..
No obstante, el informe admite que en el colisionador podrían crearse agujeros negros microscópicos, pero no se parecerían en nada a los que se crean cuando las estrellas se colapsan. Los mini agujeros tendrían una vida muy corta y se evaporarían antes de que la materia pudiera ser aspirada.

El famoso Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN) lleva más de medio siglo explorando la estructura íntima de la materia. Como hemos visto anteriormente, sus valiosas aportaciones, galardonadas varias veces con el Nóbel, han contribuido a consolidar el Modelo Estándar, que ofrece un conocimiento integrado de la materia. En el ámbito de las aplicaciones prácticas, otro de los grandes logros del CERN fue la creación en 1990 de la «world wide web», la popular red de Internet, que surgió como un medio de intercambio de datos con otros laboratorios sobre los resultados de sus experimentos. Ahora el CERN trabaja en la llamada «Grid», una red que conecta a ordenadores de todo el mundo. Se estima que es la única forma de analizar la ingente cantidad de datos que proporcionará el LHC cuando funcione a pleno rendimiento.
España, como miembro del CERN, contribuye económicamente a su mantenimiento y es el quinto país que más invierte en sus proyectos de investigación. Pero en la construcción del LHC, además de los científicos españoles destacados en el CERN, también han intervenido varias instituciones y empresas españolas.
Por ejemplo, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT) han estado implicados en este proyecto, junto a muchas otras entidades científicas e investigadores de un centenar de nacionalidades. El Instituto de Física Corpuscular ((HC) ha fabricado algunas de las piezas del detector Atlas. La Universidad de Barcelona y la Ramón Llul se han encargado de diseñar, produ¬cir, caracterizar y probar electrónicamente los fotodetectores del detector LHCb. El CIEMAT ha diseñado parte de las cámaras de muones del detector CMS, y también se ocupa del sistema de computación para el detector Alice. La Universidad de Santiago de Compostela colabora en el sistema de refrigeración y el ensamblaje de los módulos de silicio de este detector.

 


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