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El
genocidio de las abejas
Tecnologia y medicina
Ricardo
Pérez Ordoñez
estudiante de bachillerato, Toledo


Muchos expertos, políticos y ciudadanos viven pendientes y preocupados
de los grandes efectos del cambio climático, los huracanes, el
deshielo de los polos… Pero pocos reparan en los pequeños
cambios que, casi sin sentirlo, están destruyendo nuestro mundo.
Uno de ellos, la muerte de las abejas, una especie fundamental para
nuestra supervivencia.
Hay quien cree que las mata la mala calidad del polen fruto de la contaminación,
otros que su defunción esta escrita por los pesticidas e incluso
por las radiaciones electromagnéticas de los móviles.
El caso es que mueren y con ellas, el 40% de nuestras cosechas, al ser
ellas las responsables de buena parte de las polinizaciones.
El fenómeno se conoce ya como «Síndrome de Desabejamiento
de las Colmenas», y si tenemos por cierto el comentario de Einstein,
es nuestro final. Según el padre de la relatividad “si
la abeja desapareciera de la Tierra, al hombre sólo le quedarían
cuatro años de vida: sin abejas no hay polinización, ni
hierba, ni animales, ni hombres”.
Trabajadoras incansables, pero al tiempo vulnerables, las abejas no
sólo producen miel, polen, cera, propóleos o jalea real;
también se encargan de libar el néctar de las flores,
y al hacerlo, permiten que el polen pase de una flor a otra, lo que
facilita que la fruta crezca. De esa forma, un tercio de los vegetales
que comemos procede de plantas o árboles que necesitan su colaboración.
El «Síndrome de Desabejamiento» o «Trastorno
del Colapso de las Colonias (CCD)», se produce por una progresiva
desaparición de abejas obreras, sin las cuales la colmena no
puede sobrevivir, con lo que la comunidad muere de hambre. El problema
es cierto, pero incomprensible. Las pecoreadoras o buscadoras de néctar
salen de la colmena en busca de comida, pero no regresa. Quien o que
las asesina, lo hace en su trayecto, lo que explica la ausencia de cadáveres
en las cercanías de las colmenas.
Mediante este inexplicable fenómeno las colmenas de países
como Estados Unidos se han reducido en un 25%, esto es, has desaparecido
25 millones de insectos, volatilizado, sin dejar rastro, en lo que algunos
llaman ya el “SIDA de las abejas”, y cuyo se estima en más
de 20.000 millones de dólares.
En España el problema empezó a ser detectado por nuestros
apicultores en el año 2000. Un estudio efectuado en el año
2006 indicaba que en ese sexenio España tenia afectadas a un
20% de sus más de dos millones de colmenas, en un fenómeno
intenso de septiembre a enero, y que tenia, como contrapartida, una
ligera recuperación de las poblaciones durante la primavera.
El asesino invisible esta extendido, sobre todo, de centro a sur, desde
La Alcarria a Las Hurdes pasando por Andalucía. Los apicultores
más viejos, que han podido ver a lo largo del siglo pasado enfermedades
terribles como la micosis o pollo escayolado, que dejaba a las larvas
como momificadas; la braula cloaca, un tipo de piojillo o la varroa,
un ácaro que les chupa la hemolinfa, como se conoce a la sangre
de las abejas, asocian el actual problema a la química aplicada
a la agricultura. Hay incluso quien asocia el problema a los cultivos
transgénicos, explicando que cuando las abejas chupan la panocha
del girasol caen al suelo dando volteretas.

El acaro
supuestamente responsable de la catastrofe nosema ceranae
Uno de los centros pioneros en descifrar este enigma es el laboratorio
del Centro Apícola de Guadalajara. Fundado en 1983 y que se encuentra
en Marchamalo (Guadalajara). Los científicos que allí
trabajan, y tras estudiar los cuerpos de más de 8000 abejas muertas
de España y de otros países de la Unión Europea,
han llegado a la conclusión de que el asesino es el parásito
“nosema ceranae”, tal como han explicado en una largo y
documentado artículo en la revista científica Journal
of Invertebrate Pathology.
Según su director, Mariano Higes, más de la mitad de las
colmenas españolas están afectadas, y de no ser tratadas
morirán en un año. El centro comenzó la investigación
que le llevo a este descubrimiento en el año 2000. Tras detectar
un aumento anormal de nosema apis, aunque los efectos esperados de la
abundancia del parasito (hinchazón del vientre y diarrea por
una alteración del aparato digestivo) no cuadraban con lo que
ocurría, la desaparición de los insectos. El siguiente
paso fue la elaboración del mapa genético del parasito,
hecho que concluyo en 2005. La sorpresa fue descubrir que no era nosema
apis, sino nosema ceranae. Los científicos españoles suponen
que este nuevo parasito, de origen asiático, llego en 201, vía
Francia. La explicación parece estar en que La abeja asiática
o cerana es muy resistente a las enfermedades, pero poco productiva;
por eso los apicultores de esa parte del mundo llevaron la abeja europea
o melífera a Asia, para producir más miel. Al entrar en
contacto con ésta, el parásito exótico la arrasó,
saltó a su nuevo hospedador y pasó a Occidente, al modo
de la gripe aviar, la peste porcina africana o la peste del cangrejo
rojo americano, ósea, un efecto más de la globalización.
La diferencia estriba en que el nosema apis tarda unos 30 días
en matar a la abeja, mientras que nosema ceranae las extermina en tres
días. La ausencia de cadáveres también tiene en
esta teoría su explicación. El ciclo vital de la abeja
dura unos 40 días, y las que salen en busca de néctar
(pecoreadoras) son las más viejas y parasitadas. Tienen el vientre
destrozado (en lugar de hinchazón, se aprecia un retraimiento
del abdomen al dejar de comer) y mueren exhaustas en el campo. El puñado
de abejas que queda no puede mantener la termorregulación interna
de la colmena ni se puede alimentar. Acaban muriendo todas, a pesar
de que hay restos de miel y de polen.
Tras la explicación viene el remedio. Los científicos
alcarreños consideran que el mejor tratamiento es la fumigación
con un antibiótico llamado fumagilina, el único antibiótico
recomendado por la Organización Internacional de Epizootías.
Pero, advierten, si solo una colmena no es tratada, el mal se extenderá
sin remedio.
Si las medidas no se aplican de forma urgente, las abejas perecerán,
y con ellas la biodiversidad en forma de entre un 30% y un 40% de las
especies vegetales, si tenemos en cuenta que la abeja es el único
polinizador que queda en muchas zonas de Europa.
Pero no todo es tan sencillo como lo pintan en Guadalajara. Para los
responsables de apicultura de la COAG, debemos ponernos en situación
de que estamos ante un problema multifactorial. De hecho el Ministerio
de Agricultura sostiene en la actualidad tres líneas de investigación
sobre el problema, una en Castilla-La Mancha (Marchamalo), sobre etiopatogenia
de la nosemosis; otra mediante la Universidad de Valladolid, centrado
en agrotóxicos; y otra en la Universidad de Córdoba, sobre
los factores epidemiológicos, ambientales y nutricionales. Pese
a ello, y a la gravedad del problema, las autoridades se niegan, aquí,
y en el resto del mundo a la declaración de pandemia, ante el
miedo a crear un nuevo problema económico, y el miedo entre los
consumidores.
Según los investigadores cordobeses, el problema podría
deberse a la mezcla de tres factores. Una nutrición insuficiente
(por la baja cantidad y calidad de polen, causada principalmente por
las sequías), los plaguicidas y el parasito descubierto en Guadalajara.
Las dos primeras causas debilitarían a la colmena, hasta hacerla
incapaz de defenderse de la tercera.
Terciando en el tema, los grupos ecologistas advierten que estamos ante
una consecuencia clara del actual modelo agrario, y que es el causante
de estos problemas y muchos más. Según ellos, los tóxicos,
los transgénicos y la erosión de la biodiversidad pueden
haber favorecido la aparición del parásito.
Pero junto a ello, lo que parece incuestionable es la presencia del
cambhio climático, que altena los calendarios biológicos
de las especies. El tiempo las engaña. Hay floraciones, pero
ellas no salen por culpa del frío y se mueren de hambre. A ello
se une que sus depredadores, caso del abejaruco, ya no es de temporada
como antes, sino que esta plenamente instalado en la Península
y acaba con ellas 12 meses al año.
Con todo, asistimos al declinar de un zumbido, el humano.
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Ciencia
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