proyecto ABP de estudiantes

Tema 38. la Guerra Civil Española

Historia de España

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Las últimas elecciones de la República tuvieron lugar el 16 de febrero de 1936. Resultaron tensas y muy competidas, con una participación del 70%. Pese a presentarse muchos partidos, estos estuvieron agrupados en dos grandes coaliciones:

  1. El Bloque nacional, organizado en torno a la CEDA, pero que no permanecía unido en todas las circunscripciones electorales. El programa de la derecha consistía en «ir a por los 300 diputados» para llevar a cabo la reforma de la Constitución, pero sin mayor concreción.
  2. El Frente Popular, en el que participaron partidos republicanos de izquierda (Unión Republicana, Izquierda Republicana), regionalistas (Esquerra catalana, Partido Galeguista) y socialistas y comunistas (PSOE, PCE y POUM). Su objetivo era volver a poner en marcha las reformas del bienio reformador y acometer una amnistía general para los encarcelados tras la revolución de octubre de 1934.
  3. Tras ellos, un pequeño grupo de partidos centristas, el principal de los cuales era el de Portela Valladares.

Este reparto de fuerzas denotaba una profunda radicalización social, en la cual los partidos de centro, más moderados y de clases medias habían desaparecido.

El Frente Popular gano en Madrid, Cataluña, Asturias y toda la periferia mediterránea. La derecha se impuso en Castilla y Aragón. El partido radical quedó reducido a 5 escaños y Portela ganó en dos provincias. Pese a una cierta igualdad en el número de votos, la izquierda se impondría por 257 escaños a 139, en virtud del sistema de elección y la desunión del Bloque Nacional en algunas circunscripciones. Los grandes triunfadores fueron los partidos republicanos de izquierda de Azaña, Martínez Barrio y Companys, que sumaban 150 diputados.

Pese a las presiones militares para que se formara un gobierno de centro apoyado por el ejército, Portela abandono y Manuel Azaña, se convirtió en jefe de un gobierno solo republicano, sin socialistas.

Las primeras medidas estuvieron en relación al programa del Frente Popular:

– liberación de presos

– restablecimiento de las instituciones autonómicas catalanas

– recuperación de la política de reforma agraria

En general, se intento restaurar la política del primer bienio, incluyendo una posición más favorable a la tramitación de los estatutos de autonomía del País Vasco y Galicia. El gobierno fue breve, pues en primavera Azaña asumió la presidencia de la república. Nunca sabremos si para apartarle.

 

  1. LOS INICIOS DEL CONFLICTO CIVIL

Tras las elecciones el ambiente se radicalizó aun más, en la calle y en el parlamento, en lugar de tranquilizarse.

Los sindicatos (UGT y CNT), aun con el rencor por la actuación de la derecha durante el bienio rectificador y por la represión de Asturias, y muy influenciados por el Komitern, actuaron de una manera más coordinada, manteniéndose en una permanente movilización callejera, con numerosas huelgas.

Frente a ello, los partidos perdieron el control de las masas y la capacidad de actuación conjunta. Y ello en parte por una masa obrera descontrolada que prefería la revolución social a un apoyo al gobierno, considerado “burgués”.

La extrema derecha (FE JONS o Renovación española), e incluso parte del Bloque Nacional, confiaban cada vez menos en la vía parlamentaria (visto lo ocurrido en 1934) para alcanzar el poder y salvar sus valores e intereses, con lo que los lideres moderados, como Gil Robles, perdieron predicamento.

El resultado fue un abandono de la lucha parlamentaria y una entrega ciega a la violencia callejera, representada en cientos de asesinatos, incendios de iglesias y enfrentamientos, sin que el gobierno fuera capaz de controlar el orden público.

Ante ello el ejército (que había ido mostrando su descontento y su intervencionismo desde 1904), se mostraba dividido, pero con una creciente tendencia a hacerse con el control del poder. Parte de sus mandos, encabezados por Mola, entendían que ante la gravedad de la situación, España precisaba de una intervención salvadora que evitara la intervención extranjera (KOMINTERN) y la destrucción por las masas de los valores cristianos, la propiedad y la unidad nacional.

Los asesinatos políticos del teniente Castillo y de Calvo Sotelo en julio de 1936 acelerarían la sublevación militar, cuyo fracaso sumiría al país en una larga y vengativa guerra civil.

 

  1. EL MARCO EUROPEO

La amenaza de una nueva guerra mundial se hizo cada vez más presente desde el ascenso de Hitler al poder (1933). A ellos se unía la falta de respuesta de las democracia (Francia e Inglaterra), ante la invasión de Checoslovaquia y Austria, el aislacionismo americano (sumidos en una profunda depresión económica) y el incremento de la presencia de la URSS en Europa.

Pese a los acuerdos europeos para mantener las fronteras europeas y la Paz (pacto de Estresa), Italia invadió Etiopía, lo que evidencio la poca garantía de esos pactos. Tras ello Italia comenzó su acercamiento a Hitler, con quien firmaría en 1936 (inicio de la guerra española) el «eje» Berlín-Roma.

Junto a ellos, Alemania había comenzado en 1935 una política de rearme, ocupado en 1936 la región desmilitarizada de Renania y firmado con Japón el Pacto Antikomintern, una alianza contra la Internacional Comunista.

En 1938, Hitler invadió Austria, penetró en los Sujetes checos, estableció un protectorado sobre Bohemia y Moravia e impulsó la independencia de Eslovaquia.

En 1939 se adentró en Polonia, lo que dio origen a la Segunda Guerra Mundial.

Frente a ello, Francia y Gran Bretaña pretendieron llevar a cabo una política de concesiones negociadas con los dictadores. Esta política se manifestó con la invasión italiana de Etiopía y culminó en la Conferencia de Munich de 1938, en la que Gran Bretaña, Francia e Italia aceptaron la ocupación de los Sudetes, lo que supuso una auténtica claudicación ante Hitler. Una política así hace comprender la posterior pasividad en ayudar a la republica (caótica y supuestamente a merced de los obreros y de Rusia, una nación mas peligrosa para las democracias que los fascismos, se creía). La razón de tener mas miedo a la URSS, que a los fascismos radicaba en que la URSS trató de exportar el modelo de sociedad comunista que ella representaba y que en los años treinta competía por imponerse en Europa frente al modelo fascista y al democrático.

Hacia 1936, la URSS, bajo la dictadura de Stalin, se había convertido en una gran potencia industrial. Su independencia frente al exterior se basaba en su poder militar.

La reorientación de la política exterior de Stalin significaba un acercamiento a las democracias occidentales y un cambio de estrategia de la Internacional Comunista: los partidos comunistas renunciarían de momento a implantar el comunismo en sus respectivos países y se aliarían con los partidos de la izquierda burguesa y con los socialistas formando frentes populares para defender la democracia ante el avance del fascismo.

Las limitaciones de esta nueva política llevaron a Stalin a firmar un Pacto de No Agresión con Hitler en el año 1939.

En esas circunstancias, la crisis de poder que arrastraba la Segunda República desde 1934, acabaría en una guerra civil en la que se enfrentarían todos esos intereses.

 

  1. LA SUBLEVACION

En 1936, un amplio sector del ejército sentía que estaban amenazados sus intereses corporativos, sus intereses de clase y su concepción tradicional de España y del orden social.

Tras las elecciones de 1936, algunos líderes de la derecha (Gil Robles, Calvo Sotelo…) y altos mandos militares (Franco, Fanjul, Goded…) pretendieron que el gobierno de Portela Valladares impidiera el traspaso de poderes a las fuerzas del Frente Popular. Fracasadas estas gestiones, algunos militares de alta graduación decidieron derribar al nuevo gobierno frentepopulista. El pronunciamiento lo dirigiría una Junta Militar presidida por Sanjurjo y de la que formaban parte los generales Goded, Franco, Mola, Saliquet, Fanjul, Ponte, Orgaz y Varela.

Los gobiernos de Azaña y Casares Quiroga no prestaron demasiada atención a la preparación de la sublevación, pese a los rumores, y se limitaron a aplicar algunas tibias medidas de protección:

– Vigilar a algunos militares sospechosos.

– colocar en puestos clave del ejército a mandos supuestamente republicanos

– Desplazar a destinos considerados poco peligrosos a los generales de cuya lealtad se desconfiaba. Concretamente, Mala fue trasladado a Pamplona, Franco a Canarias y Goded a Baleares.

Y es que el ejército era la base de toda la rebelión, en la que partidos de derecha y fuerzas sociales tenían un papel muy secundario. Tradicionalistas, falangistas y alfonsinos quedaron subordinadas al ejercito y la CEDA no se mezclo, aunque lo sabia. La salida al golpe era implantar una dictadura militar poco definida en sus medios, ideología y objetivos

El asesinato de Calvo Sotelo el13 de julio por guardias de asalto, como respuesta al de un teniente ugetista del mismo cuerpo -José Castillo- cometido horas antes por la extrema derecha, acabó con las últimas dudas.

  1. EL GOLPE DE ESTADO

EI 17 de julio de 1936 se inició la rebelión militar en Melilla, Ceuta y el protectorado español en Marruecos.

El alzamiento militar se produjo en la Península el día 18, pero fracaso en casi la mitad del pais ante la enorme resistencia obrera, de los partidos de izquierda y de los sindicatos. Y especialmente la de los militares, guardias civiles, guardias de asalto y carabineros que permanecieron leales a la Constitución de 1931. Sin la división del ejército y de las fuerzas del orden público, la sublevación probablemente hubiera tenido asegurado un éxito inmediato.

El día 19 Franco aterrizó en Tetuán, procedente de Canarias, y se puso al frente de las tropas africanas. Desde el primer momento, asumió un poder inmenso porque las unidades de Marruecos (alrededor de 45.000 hombres, en su mayoría profesionales) eran las más disciplinadas y las mejor preparadas del ejército español.

Tras esas primeras horas, España quedo dividida en dos zonas:

  1. La zona rebelde, norte de Marruecos, Canarias, Baleares (salvo Menorca), Galicia, Oviedo, Álava, Navarra, la parte occidental de Aragón con sus tres capitales, Castilla la Vieja-León, Extremadura noroccidental y determinados núcleos dispersos de Andalucía occidental, como eran las ciudades de Sevilla, Cádiz, Córdoba y Granada.
  2. La zona fiel a la republica quedo formada por Asturias, Santander, Vizcaya, Guipúzcoa, Cataluña, Levante, Extremadura suroriental y la mayor parte de Castilla la Nueva y Andalucía.

Asi quedaba planteada la guerra civil iniciada por el alzamiento rebelde. Una guerra marcada por el intento de imponer una dictadura militar o defender la república democrática, pero la guerra se manifestó también como lucha de clases, contienda religiosa, choque entre nacionalismos y enfrentamiento entre fascismo y comunismo.

  1. LA INJERENCIA EXTRANJERA

La Guerra Civil hizo que España emergiera al primer plano del escenario mundial. Provocó una honda división en la opinión pública internacional y posiciones encontradas entre los gobiernos.

Los dos bandos recibieron una ayuda (fundamentalmente en armamento y soldados) muy elevada. La destinada a los sublevados fue, sin embargo, más regular y algo más cuantiosa.

Francia y Gran Bretaña impulsaron una política de neutralidad y no injerencia, para no provocar una chispa que arrastrara a las demás potencias a una guerra general. A esa neutralidad oficialmente se sumaron Alemania, Italia, Portugal, Bélgica, la URSS y otros países. Esta política perjudicó a la República, ante la hipocresía de alemanes e italianos, que incumplieron lo pactado, ante la pasividad franco-británica. De hecho, el Comité de No Intervención, creado en Londres en septiembre de 1936, fue completamente inoperante.

De los Estados potencialmente aliados de la República, sólo México y la URSS acudieron en su auxilio. La ayuda de la URSS adquirió grandes proporciones y el gobierno la pagó con oro del Banco de España. Francia suministró, casi siempre de forma clandestina, armas para combatir a los sublevados. Además, unos 60.000 voluntarios extranjeros reclutados por la Komintern lucharon en las Brigadas Internacionales. Muchos de ellos eran comunistas.

El bando rebelde recibió apoyo incondicional de Alemania, Italia y Portugal. Las dos primeras realizaron un aporte ingente, sin que los «nacionales» se vieran obligados a pagarlo de forma inmediata. Igual ocurrió con el abundante petróleo abastecido por la TEXACO o con los camiones vendidos por la Ford y la General Motors. Estas compañías estadounidenses operaron con los insurrectos a pesar de la neutralidad.

 

  1. LA GUERRA.

El objetivo prioritario de los sublevados fue desde el principio tomar Madrid. Los ataques contra la capital debían llevarse a cabo de forma simultánea por el ejército del norte (Mola) y el del sur (Franco).

  • El ejército de Mola se estancó en los puertos de montaña del Sistema Central ante la resistencia de los milicianos, las tropas leales y el Quinto Regimiento. En contrapartida, Mola ocupó en septiembre Irún y San Sebastián y dejó la zona norte republicana separada de Francia y aislada.
  • El avance hacia Madrid desde el sur también se demoró. El paso del estrecho de Gibraltar por parte de las tropas africanas se realizó a comienzos de agosto, cuando Franco dispuso de aviones alemanes e italianos para evitar la flota republicana.

Las tropas marroquíes subieron por Extremadura hasta alcanzar a finales de octubre Madrid, tras haber entrado en Talavera y Toledo y haberse unido a Mola a través de Gredos. Simultáneamente, se produjeron cambios dentro de cada bando:

  • El gobierno de Giral dio paso en septiembre al del socialista Largo Caballero.
  • Franco concentró el poder político y militar por acuerdo de la Junta de Defensa Nacional y más tarde estableció su cuartel general en Burgos.

El gran asalto franquista a Madrid se produjo en noviembre, pero fracasó. Azaña se instaló en Barcelona y el gobierno de Largo Caballero en Valencia. La defensa de la capital corrió a cargo de la Junta de Defensa de Madrid, presidida por Miaja. La llegada de los primeros voluntarios de las Brigadas Internacionales y de tanques y aviones soviéticos fue decisiva en la resistencia de Madrid.

Un posterior intento de Franco por tomar la ciudad con un ataque sobre el Jarama en febrero de 1937 y una operación sobre Guadalajara en marzo también fracasaron. Pero los «nacionales» conquistaron Málaga.

En vista de las dificultades que ofrecía la entrada en Madrid, Franco se propuso liquidar el frente norte. El 31 de marzo de 1937, Mola inició la ofensiva, en la que participaron legionarios, requetés, efectivos italianos y la Legión Cóndor (que el 26 de abril bombardeó Guernica). El 19 de junio cayó Bilbao y Franco derogó el concierto económico con Guipúzcoa y Vizcaya y el Estatuto de Autonomía -aprobado por las Cortes el 1 de octubre de 1936-. El 26 de agosto, los italianos entraron en Santander y en octubre Franco controló Asturias.

Para aligerar la presión de los «nacionales» sobre el frente norte, los republicanos contraatacaron -con escaso éxito- en Brunete (cerca de Madrid) el 5 de julio y en Belchite (Aragón) el 3 de septiembre.

Tras la caída del norte, la relación de fuerzas entre los bandos se alteró: la República perdió un área con abundantes recursos industriales y mineros, redujo su espacio a un tercio del territorio nacional y su población disminuyó a la mitad de la total. El gobierno de Negrín, que en mayo había sustituido al de Largo Caballero, intentó superar la situación.

La idea de atacar Madrid volvió a estar presente en la estrategia militar de Franco, pero el ejército republicano se adelantó y a finales de 1937 se apoderó de Teruel. Los «nacionales», sin embargo, recuperaron la ciudad en febrero de 1938.

Las tropas franquistas avanzaron por el valle del Ebro hacia Levante y alcanzaron el Mediterráneo por Vinaroz. El territorio catalán quedó parcialmente ocupado y separado del resto de la zona republicana, con el gobierno instalado en Barcelona desde hacía unos meses. El 3 de abril cayó Lérida y Franco derogó el Estatuto de Autonomía de Cataluña.

Desde mayo de 1938, las tropas «nacionales» se dirigieron a Valencia. Pero el 25 de julio las fuerzas republicanas se lanzaron sobre su retaguardia cruzando el Ebro. La ofensiva no prosperó y dio lugar a la batalla del Ebro, la más cruenta de la guerra, de la que el ejército popular de la República salió muy derrotado. La ayuda soviética llegaba cada vez con más dificultades y las Brigadas Internacionales habían abandonado España a finales de octubre.

Franco tomó Barcelona el 26 de enero de 1939. Negrín y los comunistas pretendieron resistir, pero el 4 de marzo el coronel Casado se sublevó en Madrid para lograr una capitulación pactada, que Franco rechazó. El 28 de marzo se rindió Madrid. El 11 de abril de 1939, la guerra había terminado.

 

 

  1. LA ESPAÑA REPUBLICANA ANTE EL ALZAMIENTO

La sublevación militar produjo la quiebra del Estado aunque algunas instituciones continuaran aparentemente funcionando. El día 19 se formó un nuevo gobierno, presidido por José Giral, en el que participaban sólo los partidos republicanos. Era un gobierno muy débil porque apenas disponía de medios para imponer su poder. Las organizaciones obreras, que habían conseguido que el gobierno les entregara armas, eran, en realidad, las dueñas de la calle. Decidían y actuaban con enorme autonomía a través de una serie de juntas y consejos recién constituidos.

Del lado de la República habían permanecido unos 8.500 oficiales del ejército y 160.000 soldados, la mayor parte de la Aviación y casi toda la Marina (con escasos mandos porque los marineros se insubordinaron contra ellos). Pero la organización militar quedó prácticamente desmantelada. Su poder fue reemplazado por el de las milicias populares, creadas por los partidos de izquierda y los sindicatos.

La zona republicana ocupaba una superficie de 270.000 km2, habitada por 14 millones de personas. En ella se localizaban un buen número de las grandes ciudades del país y las regiones más industriales y mineras. Además, el gobierno controlaba los recursos financieros, destacando por su valor el oro del Banco de España. Su situación agrícola era, en cambio, más deficitaria.

La guerra abrió en al república un proceso descoordinado de revolución social que es parte de la causa de su fracaso. En la zona republicana, el Estado se desarticuló y emergieron múltiples y dispersos poderes revolucionarios. Éstos pusieron en marcha una dura represión que pronto degeneró en terror. Grupos de milicianos persiguieron brutalmente a sus enemigos reales o supuestos. Aristócratas, burgueses, militares, afiliados a partidos de derechas y religiosos destacaron como sus principales víctimas. La Iglesia española, con unos 7.000 muertos e infinidad de lugares de culto saqueados, sufrió la mayor persecución de su historia. Especialmente graves resultaron los asesinatos en Paracuellos del Jarama y en Torrejón de Ardoz de más de 2.000 presos sacados de las cárceles de Madrid en noviembre de 1936.

Los presupuestos sobre los que se asentaba la actividad económica se modificaron radicalmente en la España republicana nada más producirse el golpe de Estado. Las dos grandes centrales sindicales -CNT y UGT- buscaron acabar con el capitalismo y, donde tuvieron fuerza, desarrollaron un proceso de colectivización. Dicho proceso supuso la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y la implantación de la propiedad colectiva, pero no obedeció a un proyecto planificado.

Las colectividades, dirigidas por un comité elegido en su asamblea general, tomaron formas diversas en función del sindicato que las había promovido. Surgieron incluso colectividades mixtas, en las que se involucraron las dos organizaciones sindicales. La dinámica colectivizadora respetó en general la pequeña propiedad.

La revolución social en el campo se extendió por buena parte del territorio republicano. Participaron en ella en torno a 3.000.000 de campesinos, se expropiaron cerca de 5.500.000 hectáreas y se crearon unas 1.600 colectividades. Las diferencias regionales fueron sustanciales. En Cataluña y Valencia, con muchos pequeños propietarios, la colectivización agraria tuvo escasa incidencia. Por el contrario, en La Mancha, Aragón, Murcia, Andalucía y Extremadura alcanzó una extraordinaria importancia.

Los sindicatos constituyeron igualmente colectividades en las grandes empresas industriales y comerciales y ejercieron el control obrero en las pequeñas. Estas colectividades proliferaron sobre todo en Cataluña, impulsadas por la CNT. Los sindicatos gestionaron asimismo numerosas empresas de servicios públicos, ferrocarriles y transportes urbanos.

La falta de un mando único en la dirección política y militar de la guerra en la España republicana, generada por la fragmentación del Estado, pesó negativamente en la evolución de esta zona. La situación tardó en corregirse porque tropezó con graves disensiones entre las fuerzas políticas y sindicales.

Muy pronto se vio que el gobierno de Giral, compuesto sólo por miembros de los partidos republicanos, era impotente ante la revolución proletaria, y que las milicias populares no podían combatir con eficacia al ejército sublevado, constituido por militares profesionales.

El gobierno de Largo Caballero, formado el 4 de septiembre de 1936 y al que dos meses después se incorporó la CNT, intentó recuperar la fuerza del Estado desde la fortaleza que le daba el estar constituido por la mayoría de las fuerzas del bando republicano:

  • Decretó la disolución de las juntas y de los comités.
  • Reguló los consejos que regían los ayuntamientos y las diputaciones.
  • Potenció los tribunales populares creados por el gobierno anterior.
  • Impuso un fuerte control sobre el Banco de España.
  • Militarizó las milicias.

La centralización, sin embargo, avanzaba muy lentamente: el País Vasco y Cataluña, que disponían de sus propias instituciones, apenas tenían relación con el gobierno; no todas las milicias aceptaban la militarización; y muchos comités continuaban actuando por su cuenta.

Tras la caída de Málaga, en febrero de 1937, los partidos políticos lanzaron una ofensiva en favor del afianzamiento de la autoridad estatal. El PCE planteó la estrategia más clara: para ganar la guerra era necesario congelar la revolución social y defender la posición de las clases medias y de los pequeños propietarios. Su postura chocó inevitablemente con los sindicatos, y en particular con la CNT.

En mayo de 1937, después de que en Barcelona las fuerzas de seguridad controladas por el PSUC y la Generalitat doblegaran a la CNT y al POUM en unos enfrentamientos en los que murieron entre 400 y 500 personas, Largo Caballero perdió el apoyo de los comunistas, de algún sector del propio PSOE y de algunos republicanos.

El gobierno de Negrín supuso la pérdida de poder de los sindicatos mientras que los partidos políticos recuperaban su predominio, en especial el PCE. Este gobierno representó el triunfo de la centralización y de la política frente populista:

  • Se impuso sobre los comités.
  • Recuperó poder en Cataluña.
  • Liquidó las colectividades y el Consejo de Aragón.
  • Dedicó sus mayores esfuerzos a las tareas bélicas.

Desde que en abril de 1938 las tropas «nacionales» llegaron al Mediterráneo, en el bando republicano se planteó, cada vez con más insistencia, el dilema de entablar negociaciones con Franco o proseguir la guerra. Sólo Negrín y los comunistas defendieron hasta el final esta última opción, con la esperanza de que la tensa situación internacional evolucionara en favor de la República.

El gobierno de Giral pretendió integrar en el ejército a los milicianos mediante la creación de batallones de voluntarios, con el objetivo de incrementar la eficacia militar de los primeros momentos de la guerra. Su frustrado intento dejó pendiente el asunto hasta que el gobierno de Largo Caballero comenzó a articular una estructura militar más operativa. Sobre las ruinas del anterior ejército se levantó el ejército popular, que fue un pilar fundamental en la reconstrucción del Estado republicano.

El 28 de septiembre de 1936 se decretó la militarización de las milicias, lo que se acompaño del establecimiento en cada unidad de un comisario político, que obligaba a las milicias a guardar una mayor disciplina.

Además el gobierno de Negrín fusionó los anteriores ministerios de Guerra y de Marina y Aire en el ministerio de Defensa Nacional, a fin de centralizar y jerarquizar más toda la organización militar, e intentó una mayor profesionalización y una menor politización del ejército.

  1. LA ESPAÑA SUBLEVADA

En la España que los sublevados denominaron «nacional», no existió inmediatamente después del golpe un poder supremo y único. Cada general ejerció su autoridad con plena autonomía en el espacio en el que operaba. Se produjo, pues, una pluralidad de centros de poder militar, que no afectó al funcionamiento interno de las distintas unidades militares. Unos 14.000 oficiales del ejército de Tierra y de las fuerzas de seguridad), que tenían a sus órdenes alrededor de 150.000 soldados, fueron el componente militar básico de los rebeldes.

Tras la muerte de Sanjurjo el 20 de julio en un accidente aéreo, se constituyó en Burgos la Junta de Defensa Nacional, presidida por Cabanellas. Se proponía la difícil tarea de coordinar y unificar la acción de los insurrectos.

La zona «nacional» contaba con una extensión aproximada de 230.000 km2 y en ella se asentaban algo más de 10 millones de habitantes. Apenas disponía del 20 % de la producción industrial del país, pero contaba con el 70 % de la agrícola.

La evolución general de la España «nacional» transcurrió por derroteros sustancialmente diferentes a los que siguió la zona republicana. En ella se constituyó un férreo poder dictatorial, que impuso una lógica orientada preferentemente a ganar la guerra e impulsar la contrarrevolución.

Varios factores hicieron posible que el bando franquista lograra su unidad sin grandes dificultades: el sentimiento católico y antirrevolucionario que aglutinó a los distintos partidos y opiniones, y el papel hegemónico que desempeñó el ejército también en el terreno político.

A nivel internacional, Alemania e Italia reconocieron a Franco en 1936. Francia e Inglaterra lo hicieron a comienzos de 1939, después de que en 1938 hubieran capitulado ante Hitler en Munich.

Los insurrectos carecían de un proyecto de régimen político alternativo a la República, aunque consideraban inevitable algún tipo de dictadura. Las bases para su definición y larga perdurabilidad no tardaron en establecerse.

A principios del otoño de 1936, la Junta de Defensa Nacional nombró a Franco jefe de todos los ejércitos con el título de Generalísimo y jefe del gobierno del Estado -transformado en seguida en jefe del Estado-, al tiempo que le otorgó plenos poderes.

De inmediato, Franco formó una Junta Técnica hasta que, por la Ley de Administración General del Estado de 30 de enero de 1938, creó el gobierno de la nación. El jefe del Estado asumía el poder legislativo, ya que en él recaía «la suprema potestad de dictar normas jurídicas de carácter general», y era también el presidente del Consejo de Ministros.

Con anterioridad, se había llevado a cabo un proceso de concentración de las fuerzas políticas que habían apoyado el golpe militar. Un decreto de 19 de abril de 1937, en cuya gestación tuvo gran protagonismo Serrano Súñer, unificó a falangistas y carlistas en un único partido o Movimiento -FET de las JONS-, del que Franco pasó a ser su jefe nacional y supremo caudillo.

La Falange, que aspiraba a establecer un modelo estatal de corte fascista, tuvo una particular influencia en la política sociolaboral. El Fuero del Trabajo, un texto legal aprobado en marzo de 1938, que nueve años después adquirió rango de Ley Fundamental, se inspiró, de hecho, en los principios doctrinales falangistas.

La Iglesia no había participado en los preparativos de la insurrección militar, por lo que en los comienzos de la Guerra Civil no proyectó su influencia en la justificación que los militares hicieron del golpe de Estado. Sin embargo, pronto dio su beneplácito al bando insurgente, cuando éste justificó la sublevación en la defensa del orden y de la unidad de la patria, y como respuesta a una posible revolución comunista.

La Iglesia definió la guerra como una «cruzada». La definición de la guerra como cruzada llevó aparejada la interpretación de la misma como un enfrentamiento entre dos ideologías irreconciliables. Inspirándose en San Agustín, la Iglesia opuso la ciudad terrestre (la zona republicana) a la ciudad de Dios (la zona «nacional»).

El ejército fue el pilar fundamental sobre el que se edificó el nuevo Estado dictatorial de Franco.

La declaración del estado de guerra por parte de la Junta de Defensa Nacional supuso la atribución al ejército de una serie de funciones de las que no pudo gozar el del bando enemigo. En la zona republicana, la declaración del estado de guerra se produjo en la fase final.

En los momentos iniciales del conflicto bélico, el ejército «nacional» presentaba dimensiones relativamente pequeñas, pero su estructura interna no había sufrido alteraciones y su disciplina no había quedado resquebrajada. Particular importancia tuvo el que las tropas coloniales, compuestas por legionarios y regulares marroquíes, salieran intactas del golpe militar.

La ampliación posterior del ejército se hizo sobre la base de la organización que ya existía. No se emprendieron reformas de gran calado, pero para hacer frente al déficit de mandos intermedios se hailitaron los alféreces provisionales, que resultaron muy disciplinados.

Las milicias civiles que formaron los requetés carlistas y los grupos armados de Falange se vieron obli¬gados a integrarse en el ejército y a las órdenes de los mandos militares.

Los militares rebeldes y los partidos políticos que apoyaron el golpe de Estado (falangistas, monárquicos, carlistas…) practicaron desde el principio de la guerra una implacable y sistemática represión. Ésta se dirigió fundamentalmente contra las organizaciones vinculadas al Frente Popular, que se asentaban, sobre todo, entre los trabajadores y las clases medias liberales.

No obstante, los primeros que se vieron afectados por las medidas represivas fueron los miembros del ejército y de las fuerzas de seguridad que se negaron a sumarse a la insurrección.

Abundaron las ejecuciones masivas a medida que avanzaban las tropas (por ejemplo, en Badajoz hubo más de 2.000 fusilados), y en la retaguardia proliferaron los «paseos», las «sacas», los fusilamientos en las cunetas de las carreteras, ante las tapias de los cementerios… Se actuaba sin contemplaciones para aniquilar cualquier forma de resistencia que pudiera entorpecer la construcción del Nuevo Estado. El terror sirvió como método para cimentar la dictadura.

A partir de octubre de 1936, la represión fue algo menos indiscriminada y no tan amplia. Con todo, continuaron produciéndose numerosas ejecuciones a medida que los sublevados conquistaban nuevos territorios. Los juicios sumarísimos no ofrecieron nunca ningún tipo de garantías procesales. Las víctimas de la represión probablemente sobrepasaron las 85.000. A lo largo de la guerra, las cifras de encarcelados y depurados llegaron a ser muy altas.

El poder que se instauró en la zona «nacional» impulsó una honda contrarrevolución social, que fue el contrapunto al proceso revolucionario llevado a cabo en la zona republicana.

Esta contrarrevolución se basaba en los principios de la propiedad, la religión y el orden. Los ideólogos del régimen naciente estimaron que eran valores enraizados en la historia de España y que habían sido cuestionados erróneamente por el liberalismo, la democracia y el socialismo. Las nuevas autoridades emprendieron pronto una serie de cambios:

  • Tomaron medidas para que los antiguos propietarios recuperaran las tierras y las fábricas que les habían sido incautadas o expropiadas.
  • Suprimieron los partidos y los sindicatos.
  • Controlaron la educación y la cultura. Prohibieron la libertad de expresión y depuraron los cuerpos de enseñantes y funcionarios.
  • Anularon la legislación laica de la República y re sacralizaron la vida social.

La oligarquía terrateniente y la burguesía financiera mostraron gran entusiasmo. Con el triunfo franquista en la guerra, estos grupos vieron cerrada en su beneficio la crisis social y política que se había abierto al final de la Restauración.

Igualmente, se sintieron identificados con la nueva situación numerosos pequeños y medianos campesinos de arraigadas convicciones católicas, así como sectores diversos de las clases medias urbanas.

 

Imágenes El Español, gráficos Ed. Edelvives

 

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