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TEXTOS DE HISTORIA
Textos de trabajo > Tema 37
 

Los textos se corresponden con el tema 37, y son importantes para comprender la crisis isabelina
Los textos con una estrella puedes encontrarlos analizados en la sección de resueltos.
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37.1. Las causas de la crisis ferroviaria de la decada de 1860

"Que la situación de las compañías ferroviarias era mala lo sabia todo el mundo. Había unas razones externas y visibles que no escapaban a nadie. En primer lugar, el grado de desarrollo económico del país no permitía grandes esperanzas. La articulación del mercado interior era tan deficiente que se contaba con solo tres kilómetros de carretera por cada kilómetro de línea férrea, mientras que en Francia la relación era de 40 kilómetros de carretera por kilómetro de vía. Con poco tráfico el servicio de las compañías resultaba costoso, lo que, a su vez, incidía en la contracción del transporte ferroviario. (...). La dispersión de la población y la competencia de la navegación de cabotaje completaban el cuadro de los obstáculos que los nacientes ferrocarriles no habían conseguido vencer.
Este fracaso incidía sobre las deficiencias financieras de las compañías. Se sabia cual era el capital que se había empleado en su construcción, que a fines de 1866 se estimaba en 727 millones de 4escudos (1.817,5 millones de pesetas), dividido en 280 millones en acciones, 320 en obligaciones (suma entrada en caja, no valor nominal de las mismas que era muy superior) y 127 millones de subvenciones del gobierno (una quinta parte aproximadamente de los costes de construcción). Pero estas eran las cifras oficiales. La verdad era muy distinta. La verdad era que los grandes beneficios se habían hecho con la construcción de la red. Se habían presentado unos presupuestos de construcción oficiales que luego no se cumplieron. Las líneas costaron mucho mas, lo que permitió que los contratistas ganasen grandes fortunas. Las compañías, ante la imposibilidad de seguir emitiendo unas obligaciones de las que el público empezaba a desconfiar, tuvieron que negociar con algunos banqueros prestamos considerables que se les concedieron a intereses casi usurarios, y tras haberse asegurado con garantías personales de los administradores, lo que haría que sus intereses fuesen atendidos antes que los de obligacionistas y accionistas.
Esta creación de una deuda oculta e inconfesada era ilegal, pero el gobierno la tolero, y los poseedores de títulos de las compañías lo ignoraban. Así se daba el caso de que aunque los resultados económicos de las compañías eran malos, no lo eran tanto como para desatender a los obligacionistas cuyos intereses debían ser los primeros en pagarse, de acuerdo con la ley. La carga de los empréstitos ocultos, no confesados en los estados de cuentas de las compañías, devoraba todos sus posibles beneficios.
La consecuencia fue que los pésimos resultados económicos de las compañías y el incumplimiento de los compromisos que habían contraído con los inversores produjeron su descrédito, que se reflejo en el desplome de sus acciones en la bolsa"

Joseph Fontana. "Cambio económico y crisis política. Reflexiones sobre las causas de la revolución de 1868". Ed. Ariel, Barcelona 1981.

37.2. El celebre articulo "El rasgo" de Emilio Castelar

Los periódicos reaccionarios de todos los matices nos han atronado los oídos en estos últimos días con la expansión de su ruidoso entusiasmo, de sus himnos pindáricos; verdadero "delirium tremens" de la adulación cortesana. Según ellos, ni la casta Berenguela, ni la animosa María de Molina, ni la generosa Sancha, ni la grande Isabel, ni Reina alguna desde Semíramis hasta María Luisa, han tenido inspiración semejante a la inspiración que registrarán con gloria nuestros anales y escribirán con letras de oro los agradecidos pueblos en bruñidos mármoles.
Vamos a ver con serena imparcialidad qué resta, en último término, del celebrado rasgo. Resta primero una grande ilegalidad. En los países constitucionales el Rey debe contar por única renta la lista civil, el estipendio que las Cortes le decretan para sostener su dignidad. Impidiendo al Rey tener una existencia aparte, una propiedad, como Rey, aparte de los presupuestos generales del país, se consigue unirlo íntimamente con el pueblo.
Hace mucho tiempo que se viene encareciendo cuánto podían servir para sacar de apuros al Erario los bienes patrimoniales de la Corona. Y, sin embargo, nada, absolutamente nada se sacara ahora; nada. La Reina se reserva los tesoros de nuestras artes, los feraces territorios de Aranjuez, el Pardo, la Casa de Campo, la Moncloa, San Lorenzo, el Retiro, San Ildefonso: más de cien leguas cuadradas, donde no podrá dar sus frutos el trabajo libre, donde la amortización extenderá su lepra cancerosa. El Valle de Alcudia, que es la principal riqueza del Patrimonio, compuesto de ciento veinte millares de tierra, no podrá ser desamortizado a causa de no pertenecer a la Corona, y, según sentencias últimas, pertenece a los herederos de Godoy. En igual caso se encuentra la riquísima finca de la Albufera, traspasada por Carlos IV a Godoy en cambio de unas dehesas de Aranjuez y unos terrenos en la Moncloa. Si después de esto se transmite a la Corona el veinticinco por ciento de cuanto haya de ,venderse, quisiéramos que nos dijesen los periódicos reaccionarios que resta del tan celebrado rasgo, que resta sino un grande y terrible desencanto.
Los bienes que se reserva el Patrimonio son inmensos: el .veinticinco por ciento, desproporcionado; la comisión que ha de hacer las divisiones y el deslinde de las tierras, tan tarda como las que deslindan los bienes del Clero; y, en último resultado, lo que reste del botín que acapara sin derecho el Patrimonio vendrá a engordar a una docena de traficantes, de usureros, en vez de ceder en beneficio del pueblo. Véase, pues, si tenemos razón; véase si tenemos derecho para protestar contra ese proyecto de Ley, que, desde el punto de vista político es un engaño; desde el punto de vista legal, un gran desacato a la ley; desde el punto de vista popular; una amenaza a los intereses del pueblo, y, desde todos los puntos de vista uno de esos amaños de que el partido moderado se vale para sostenerse en un Poder que la voluntad de la nación rechaza; que la conciencia de la nación maldice.

Emilio CASTELAR, en el periódico La Democracia, 25 de febrero ,de 1865
cit. en Pedro GÓMEZ APARICIO, História del periodismo español, vol. 1, Madrid 1967.

37.3. Los sucesos de la noche de San Daniel

El señor don Juan Manuel Montalbán, depuesto del cargo de Rector por no prestarse al inicuo e ilegal expediente intentado contra el señor Castelar; merecía de sus numerosos amigos, de sus infinitos admiradores, sobre todo de la juventud escolar una muestra de sincera adhesión. El medio escogido por los estudiantes deja Universidad Central que veían amenazados y heridos los derechos del profesorado fue una serenata; medio natural que se usa universalmente en todos los pueblos libres. Los estudiantes de la universidad comisionaron al señor marques de la Florida para que fuese al gobierno civil a pedir el permiso necesario a la serenata. Seis horas emplearon en meditar si debían o no dar el permiso...
[...] por fin dieron el permiso; muestra de tolerancia bien extraña en este gobierno del general Narváez tan arbitrario y tan amigo de oprimir todas las manifestaciones de la opinión pública. Con este permiso se preparó la serenata [...] Era aquella una manifestación pacífica, sensata, como cumple a la juventud. como es debida a la ciencia...
¿Quién turbó el orden? El Gobierno. [...] cuando había reunidos cuatro o cinco mil estudiantes fue el señor gobernador civil a la calle de Santa Clara, de grande uniforme, con un bastón en la mano y una espada al cinto, dispuesto a armar una batalla que dejara atrás la batalla de Arlabán. Guardia Civil de infantería, guardia civil de caballería, empezó a desplegarse por todas las bocacalles. La serenata concedida el viernes por la tarde después de seis horas de meditación profunda y solitaria fue negada anoche a ultima hora cuando ya Madrid entero se había citado en la calle de Santa Clara . Más de diez mil jóvenes que iban dispuestos a saludar al Rector y no a encontrarse con un ejercito.
En esto las fuerzas se aumentaban, el ejército desaguaba como un río por todas las esquinas, los caballos pisaban a los jóvenes indefensos, centelleaban los sables, se oían voces de alarma y la confusión reinaba en todas partes. La juventud al ver aquella fuerza dirigida contra su noble pecho, aquellos alardes ridículos encaminados a violentar su pacífica manifestación...o
(Hay un espacio en blanco de unas veinticinco líneas y una frase en mayúsculas: "Nuestro número de hoy ha sido denunciado y secuestrados todos los ejemplares)
En esto entraban por la Puerta del Sol los jóvenes riéndose a todo reír de aquellos alardes. Sólo se oían los ecos del himno de Riego. entonado por varoniles voces, como única respuesta al ruido de la caballería y de la infantería, que por las calles de la Montera y de Carretas descendía y en la Puerta del Sol formaban, mientras la artillería ocupaba el Prado.
(Otras 38 líneas de censura en blanco)
Conceder esta serenata, negarla a última hora, ocupar militarmente las pacíficas calles adyacentes al teatro de la Opera, salir el gobernador militar de Madrid; dar ordenes el capitán general como si estuviéramos en vísperas de una inmensa catástrofe; ocupar la infantería toda la Puerta del Sol; bajar la caballería por la calle de la Montera dar cargas en la Carrera de San Jerónimo y en la calle del Príncipe; causar heridas, producir todo este escandalo contra la serenata de los estudiantes a un señor Rector: ¿Necesitará el general Narváez declarar a España en estado de sitio y deportar la mitad de los españoles a Filipinas para despojar de su cátedra a un catedrático?.

La Democracia, Madrid, 9 de abril de 1865
En Fernando DIAZ-PLAJA. op. cit., pp. 293-294).

37.4. La construcción del estado liberal conservador durante el reinado de Isabel II

Si el periodo 1834-1844 fue el de la creación de las bases jurídicas de un nuevo Estado y de una transformación social, de la aparición de una nueva clase dominante por agregación de grupos, mientras se consolidaban sus Instrumentos de acción política, esto es, los partidos, el que .transcurre entre 1844 y 1868 es el de verdadera institucionalización del régimen liberal sobre una realidad socioeconómica no transformada suficientemente, mediante la creación de un aparato político ,administrativo, fiscal, al servicio de ese bloque oligárquico, pactado, que abandona toda veleidad de liberalismo radical.
Los esfuerzos de los estratos burgueses bajos, de las capas populares urbanas, como ocurrió en 1854, o los movimientos rurales de sentido muy distinto, como los carlistas, en connivencia, en ciertos momentos, con el radicalismo republicano, por cambiar las coordenadas de un régimen cada vez más oligárquico, se verán condenadas al fracaso. Pero la creciente esclerosis del liberalismo moderado va a concitar contra él el poderoso movimiento que culmina en la revolución de 1868, dando fin al régimen, a una primera gran etapa del liberalismo en España ,y momentáneamente al reinado de los Borbones.

Julio ARÓSTEGUI, Un nuevo sistema politico, en VV.AA., Crisis del Antiguo Régimen. De Carlos IV a Isabel II, vol. IX de la Historia de España, Madrid,

37.5. El fracaso de la revolucion industrial en España

Rezagada con respecto de la mayoría de las naciones occidentales, España se separa igualmente de aquellas otras que no han iniciado su industrialización hasta muy entrada la centuria actual.
El caso español es menos el de un late joiner que el de un intento, abortado en gran parte, figura entre los first comers. La historia de esta frustración es la que he intentado explicar en las páginas precedentes. Mi argumentación ha puesto un énfasis especial en el fracaso de las dos desamortizaciones (la del suelo y la del subsuelo) que malograron las bases naturales, agrícola y minera en que debla haberse asentado la revolución industrial, en el sentido clásico de la expresión. Como telón de fondo, se ha resaltado la incidencia de los apuros, de la Hacienda, perpetuados por los visios de l sistema político y culpables de bastardear las leyes desamortizadoras, de restringir el mercado de capitales para la industria, de imponer una infraestructura (red ferroviaria) inadecuada. En última instancia, las vicisitudes de la economía española, a lo largo del siglo XIX, no pueden separarse de las de la época colonial, cuando el tesoro se nutría de los caudales y del tráfico de America, y la incipiente burguesía periférica toleraba la permanencia del sistema señorial, compensada con la reserva de los mercados de Ultramar.

Jordi NADAL, El fracaso de la revolución industrial en España, 1814-1913, Ariel, Barcelona, 1979, pp. 226-227

 

   
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