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33.1.El
manifisto de Abrantes
Cuán sensible ha sido a mi corazón la muerte de
mi caro hermano! Gran satisfacción me cabía en medio
de las aflictivas tribulaciones, mientras tenía el consuelo
de saber que existía, porque su conservación me
era la mas apreciable. Pidamos todos a Dios le dé su santa
gloria, si aún no ha disfrutado de aquella eterna mansión.
No ambiciono el trono; estoy lejos de codiciar bienes caducos;
pero la religión, la observancia y cumplimiento de la ley
fundamental de sucesión y la singular obligación
de defender los derechos imprescriptibles de mis hijos y todos
mis amados sanguíneos, me esfuerzan a sostener y defender
la corona de España del violento despojo que de ella me
ha causado una sanción tan ilegal como destructora de la
ley que legítimamente y sin alteración debe ser
perpetuada.
Desde el fatal instante en que murió mi caro hermano (que
santa gloria haya), creí se habrían dictado en mi
defensa las providencias oportunas para mi reconocimiento; y si
hasta aquel momento había sido traidor el que lo hubiese
intentado, ahora será el que no jure mis banderas, a los
cuales, especialmente a los generales, gobernadores y demás
autoridades civiles y militares, haré los debidos cargos
cuando la misericordia de DIOS, si así conviene, me lleve
al seno de mi amada patria, y a la cabeza de los que me sean fieles.
Encargo encarecidamente la unión, la paz y la perfecta
caridad, No padezca yo el sentimiento de que los católicos
españoles que me aman, maten, injurien, roben ni cometan
el más mínimo exceso.
El orden es el primer efecto de la Justicia; el premio al bueno
y sus sacrificios, y el castigo al malo y sus inicuos secuaces,
es para Dios y para la ley; y de esta suerte cumplen lo que repetidas
veces he ordenado.
Abrantes,
1 de octubre de 1833 Carlos María Isidro de Borbón.
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