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Texto
14.1.
La crisis de la baja edad media.
Perry
Anderson.
El
determinante más profundo de esta crisis bajo medieval
radica, probablemente en un "bloqueo" de los mecanismos
de reproducción del sistema en el punto límite de
sus últimas capacidades.
Parece claro, en particular, que el motor básico de las
roturaciones rurales, que había impulsado durante tres
siglos a toda la economía medieval, superó finalmente
los límites objetivos de la tierra y de la estructura social.
La población siguió creciendo mientras las cosechas
ocupaban las tierras marginales todavía disponibles para
su roturación, dados los niveles existentes de la técnica,
y el suelo se degradaba por la precipitación y el mal uso.
Las últimas reservas de tierras recientemente roturadas
eran normalmente de baja calidad, suelos húmedos o ligeros
donde eran más difíciles los cultivos y en los que
se sembraban cereales inferiores, tales como la avena. Por otra
parte, las tierras sometidas desde hacía más tiempo
al arado sentían ya la vejez y la decadencia debido a la
misma antigüedad de sus cultivos. El avance de las tierras
destinadas al cereal se había conseguido frecuentemente
a costa de la disminución de los pastizales, lo que naturalmente
afectó a la cría de animales y, con ella, al suministro
de abonos para la misma tierra cultivada. El progreso de la agricultura
medieval sufrió ahora su propio castigo. La roturación
de bosques y tierras baldías no fue acompañada de
un cuidado similar en su conservación: en los buenos tiempos
se utilizaron muy poco los fertilizantes, de tal modo que las
capas altas de tierra quedaron rápidamente exhaustas; las
inundaciones y los vendavales de polvo se hicieron más
frecuentes.
Además, la diversificación de la economía
feudal europea con el desarrollo del comercio internacional había
provocado en algunas regiones una disminución de la producción
de grano a costa de otras ramas de la agricultura (vino, lino,
lana, ganadería) y, por tanto, un aumento en la dependencia
de las importaciones con sus peligros consiguientes.
En el marco de este equilibrio ecológico cada vez más
precario la expansión demográfica podía caer
en la superpoblación al primer golpe de mala cosecha. Los
primeros años del siglo XIV estuvieron plagados de esos
desastres: 1315-1316 fueron años de hambre en Europa. Las
tierras comenzaron a abandonarse y el índice de natalidad
a caer incluso antes de los cataclismos que más adelante
asolaron al continente. En algunas regiones, las rentas exorbitantes
del campesinado ya estaban disminuyendo en el siglo XIII.
Al mismo tiempo, la economía urbana tropezó ahora
con algunos obstáculos decisivos para su desarrollo. No
hay ninguna razón para creer que la pequeña producción
mercantil en la que se basaban sus manufacturas estuviera en este
momento seriamente dañada por las restricciones gremiales
y por el monopolismo patricio que dominaban las ciudades. Pero
el medio básico de circulación para el intercambio
mercantil quedó indudablemente paralizado por la crisis,
ya que a partir de las primeras décadas del siglo XIV hubo
una escasez generalizada de dinero que afectó inevitablemente
a la banca y al comercio.
Las razones fundamentales de esta crisis monetaria son oscuras
y complejas, pero uno de sus principales factores fue la llegada
al límite objetivo de las propias fuerzas de producción.
En la minería, como en la agricultura,. Se alcanzó
una barrera técnica en la que la explotación se
hizo inviable o perjudicial. La extracción de plata, a
la que estaba conectado todo el sector urbano y monetario de la
economía feudal, dejó de ser practicable o rentable
en las, principales zonas mineras de Europa central, porque no
había forma de abrir pozos más profundos o de refinar
los minerales más impuros. La extracción de plata
llegó casi a su fin en el siglo XIV.
El descenso de la población condujo a una contracción
en la demanda de artículos de subsistencia, de tal forma
que los precios del grano se hundieron a partir de 1320. Las manufacturas
urbanas y los bienes caros producidos para el consumo señorial
gozaban, por el contrario, de una clientela relativamente inelástica
y selecta y aumentaron progresivamente sus precios. Este proceso
contradictorio afectó radicalmente a la clase noble, ya
que su modo de vida se había hecho cada vez más
dependiente de los bienes de lujo producidos en las ciudades (el
siglo XIV habría de presenciar el apogeo de la ostentación
feudal con las modas de la corte borgoñona, que se extendieron
por toda Europa), mientras que el cultivo de sus tierras y las
rentas serviles procedentes de sus dominios producían unos
ingresos progresivamente decrecientes.
El resultado fue un descenso en las rentas señoriales,
que, a su vez, desencadenó una oleada sin precedentes de
guerras, ya que en todas partes los caballeros intentaron recuperar
sus fortunas por medio del saqueo. La guerra, vocación
caballeresca del noble, se convirtió en su actividad profesional:
los servicios de caballería dieron paso progresivamente
a los capitanes mercenarios y a la violencia a sueldo. La población
civil fue en todas partes la víctima. Ejemplo máximo
de esta situación seria la Guerra de los Cien años,
gigantesco conflicto armado entre ingleses y franceses, que arrastraría
a otras potencias europeas, como Castilla y Aragón.
Para completar este panorama de desolación, la crisis estructural
estuvo sobredeterminada por una catástrofe coyuntural:
la invasión de la peste negra procedente de Asia en el
año 1348. Este fue un fenómeno exterior a la historia
europea que se estrelló contra ella de forma similar a
como habría de hacerlo la colonización europea contra
las sociedades americanas o africanas en los siglos posteriores.
Pasando de Crimea a los Balcanes por el mar Negro, la peste atravesó
como un tifón toda Italia, España y Portugal, se
curvó hacia el norte en dirección a Francia, Inglaterra
y los Países Bajos y finalmente se volvió de nuevo
hacia el este por Alemania, Escandinavia y Rusia. Con la resistencia
demográfica ya debilitada, la peste negra se abrió
paso con su guadaña entre la población del continente,
segando quizá una cuarta parte de sus habitantes. A partir
de entonces, los brotes de peste se hicieron endémicos
en muchas regiones. Si se cuentan esas repetidas epidemias auxiliares,
el número de muertos hacia 1400 fue posiblemente de dos
quintos del total. El resultado fue una devastadora escasez de
mano de obra, precisamente cuando la economía feudal estaba
bloqueada por sus graves contradicciones internas.
Esa acumulación de desastres provocó una desesperada
lucha de clases por la tierra. La clase noble, amenazada por las
deudas y la inflación, se enfrentaba ahora a una mano de
obra descendente y hostil. Su reacción inmediata fue el
intento de recuperar su excedente atando a los campesinos al señorío
o reduciendo drásticamente los salarios en la ciudad y
en el campo. Las Cortes de Castilla, reunidas en Valladolid, decretaron
ese mismo año la regulación de los salarios. Sin
embargo, este intento señorial de reforzar la condición
servil y hacer que la clase productora pagara el coste de la crisis
se enfrentó ahora con una feroz y violenta resistencia,
dirigida a menudo por los campesinos más cultos y prósperos,
que movilizó las más profundas pasiones populares.
Los conflictos sordos y localizados que habían caracterizado
la larga expansión feudal se fundieron repentinamente en
grandes explosiones regionales o nacionales durante la depresión
feudal en unas sociedades medievales que ahora estaban ya mucho
más integradas económica y políticamente.
La penetración del intercambio mercantil en el campo había
debilitado las relaciones consuetudinarias, y la llegada de los
impuestos reales se superpuso con frecuencia en las aldeas a las
tradicionales exacciones nobiliarias: ambos hechos tendieron a
centralizar en grandes movimientos colectivos las reacciones populares
contra la extorsión y la represión señorial.
En el siglo XV los campesinos calabreses se rebelaron contra sus
señores de Aragón en las grandes rebeliones de 1469-1475.
En España, los siervos remensas se movilizaron contra la
extensión de los "malos usos" impuestos por sus
señores y se produjeron las amargas guerras civiles de
1462 y 1484 . Todas estas rebeliones de los explotados fueron
derrotadas y reprimidas políticamente, con la excepción
parcial del movimiento remensa , pero su impacto en el resultado
final de la gran crisis del feudalismo en España fue, a
pesar de todo, muy profundo.
Una de las conclusiones más importantes que pueden deducirse
de un examen de la gran crisis del feudalismo europeo es que -contrariamente
a las creencias ampliamente compartidas por los marxistas- el
"modelo" característico de una crisis en un modo
de producción no es aquel en que unas vigorosas fuerzas
(económicas) de producción irrumpen triunfalmente
en unas retrógradas relaciones (sociales) de producción
y establecen rápidamente sobre sus ruinas una productividad
y una sociedad más elevadas. Por el contrario, las fuerzas
de producción tienden normalmente a estancarse y retroceder
dentro de las existentes relaciones de producción; éstas
tienen que ser entonces radicalmente cambiadas y reordenadas antes
de que las nuevas fuerzas de producción puedan crearse
y combinarse en un modo de producción globalmente nuevo.
Dicho de otra forma: en una época de transición,
las relaciones de producción cambian por lo general antes
que las fuerzas de producción, y no al revés. Así
pues, la consecuencia inmediata de la crisis del feudalismo occidental
no fue una rápida liberación de nueva tecnología
ni en la industria ni en la agricultura, que tendría lugar
únicamente después de un intervalo considerable.
La consecuencia directa y decisiva fue más bien una extensa
transformación social en el campo, porque las violentas
rebeliones rurales de la época condujeron imperceptiblemente,
a pesar de su derrota, a cambios en el equilibrio de las fuerzas
de clase en pugna por la tierra.
En Castilla, los niveles saláriales se cuadruplicaron en
la década de 1348-58, después de la peste negra.
La crisis general del modo de producción feudal, lejos,
pues, de empeorar la condición de los productores directos
en el campo, acabó mejorándola y emancipándolos.
De hecho, fue el momento decisivo en la disolución de la
servidumbre. Indudablemente, las razones de un resultado de tan
inmensa importancia hay que buscarlas, ante todo y sobre todo,
en la doble articulación del modo de producción
feudal, que hemos subrayado desde el principio de este estudio.
Fue principalmente el sector urbano, estructuralmente protegido
por la parcelación de la soberanía en el sistema
político medieval, el que se desarrolló hasta un
punto en el que podía cambiar decisivamente el resultado
de la lucha de clases en el sector rura1. La localización
geográfica de las grandes rebeliones campesinas de finales
de la Edad Media en Occidente es por sí misma elocuente.
Prácticamente en todos los casos, las rebeliones acaecieron
en zonas con poderosos centros urbanos, que actuaron objetivamente
como fermento de esas insurrecciones populares: Brujas y Gante,
en Flandes; París, en el norte de Francia; Londres, en
el sudeste de Inglaterra, y Barcelona, en Cataluña. La
presencia de grandes ciudades siempre comportaba la irradiación
de las relaciones mercantiles en los campos de los alrededores
y, en una época de transición, las tensiones de
una agricultura semi comercializada resultaron ser mucho más
graves para el armazón de la sociedad rural. Las regiones
de París y Barcelona eran las zonas económicamente
más avanzadas de Francia y España respectivamente,
con la más alta densidad de intercambio mercantil de cada
país. Por lo demás, el papel de las ciudades en
las rebeliones campesinas de la época no se limitó
a sus efectos de zapa sobre el tradicional orden señorial
situado en sus cercanías. Muchas ciudades apoyaron o ayudaron
activamente de una u otra forma a las rebeliones rurales, bien
por una incipiente simpatía popular, desde la base, o bien
por el cálculo patricio de sus propios intereses, desde
arriba. Así pues, objetiva y, a menudo, subjetivamente,
las ciudades influyeron en el carácter y la dirección
de las grandes rebeliones de la época. Sin embargo, las
ciudades no intervinieron en el destino del campo única
o principalmente durante estas explosiones críticas, ya
que nunca dejaron de hacerlo en situaciones de una superficial
paz social. En Occidente, la red relativamente densa de ciudades
ejerció una continua influencia gravitacional sobre la
relación de fuerzas sociales del campo. Por una parte,
el predominio de estos centros comerciales hacía que escapar
a la servidumbre fuera una permanente posibilidad para los campesinos
descontentos. Por otra parte, la presencia de estas ciudades presionaba
constantemente a los nobles belicosos a recibir sus ingresos en
forma monetarizada. Los señores necesitaban dinero y no
podían arriesgarse, más allá de cierto punto,
a empujar a sus campesinos hacia la vagancia o los empleos urbanos.
Se veían obligados, en consecuencia, a aceptar una relajación
de los vínculos serviles en el campo. El resultado fue
una lenta pero ininterrumpida conmutación de las prestaciones
por rentas en dinero y un creciente arrendamiento de la reserva
señorial a los campesinos, aunque frecuentemente en un
teatro de enfrentamientos y ajustes de cuentas. Así, la
lucha de los campesinos remensas de Cataluña contra los
"seis malos usos" terminó finalmente con la Sentencia
de Guadalupe de 1486, por la que Fernando de Aragón emancipó
formalmente a los campesinos de esas cargas. Adquirieron así
una posesión estable de sus parcelas, mientras que los
señores conservaban sobre ellos derechos jurisdiccionales
y legales. Para desalentar el ejemplo de la rebelión, el
monarca impuso multas simultáneamente a todos aquellos
que habían participado en las rebeliones de los remensas
. En Castilla, la clase terrateniente reaccionó a la escasez
de mano de obra del siglo XIV por medio de una amplia conversión
de la tierra a la cría de la oveja, que a partir de entonces
se convirtió en la rama dominante de la agricultura en
la meseta. En términos generales, la producción
de lana fue una de las más importantes soluciones señoriales
a la crisis agrícola; en el último período
medieval, la producción creció tal vez de tres a
cinco veces en el último período medieval En las
condiciones de Castilla, la servidumbre carecía ya de una
justificación económica, y en 1481 las Cortes de
Toledo concedieron finalmente a los siervos el derecho a abandonar
a sus señores, con lo que se abolían sus vínculos
de adscripción. En Aragón, donde el pastoreo nunca
había tenido gran importancia, las ciudades eran débiles
y existía una jerarquía feudal más rígida,
el sistema represivo señorial no se vio seriamente afectado
durante la Baja Edad Media, y la servidumbre se mantuvo bien enraizada.
Texto
14.2.
La Sentencia de Guadalupe.
"Anulamos el derecho y facultad que
los señores pretendían tener de maltratar a los
dichos payeses y, si de ella usaran, que los dichos payeses puedan
recurrir a Nos a nuestros oficiales.
Que los dichos payeses y sucesores suyos puedan renunciar, dejar
y desocupar los dichos mansos y casas, con las propiedades, tierras
y posesiones cuando quieran y que se puedan ir libremente a donde
quieran".
Fernando
II de Aragón, 1476.
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