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TEMAS DE HISTORIA
33. Fernando VII, la década ominosa (1823-1833)
 

 

Introducción.

El Tema aborda el final del reinado de Fernando VII, y el nacimiento de movimiento carlista.

Texto PAU 2 Textos de trabajo

 

 

1. Los orígenes

Como ya hemos visto, la entrada del ejercito de la Santa Alianza, al mando del Duque de Angulema, unido a factores internos, desencadeno en España una represión feroz, para la cual, el rey creo las llamadas Juntas de Purificación, órganos dedicados a la persecución y castigo de los liberales. Su ferocidad seria tal, que el duque de Angulema intentó moderarla para no dar a Europa una imagen demasiado violenta.
Como en 1814, Fernando VII volvió a restablecer las condiciones jurídico-políticas anteriores, es decir, prácticamente las anteriores a la guerra de la Independencia: devolución de bienes al clero, restitución de señoríos a sus titulares, restablecimiento de las rentas provinciales, de los gremios, etc. El Cuerpo de Voluntarios Realistas, versión absolutista de la Milicia Nacional, se extendió por toda la Península para guardar los principios y la organización absolutista del Estado.
La situación económica continuó siendo catastrófica. A los problemas tradicionales de la hacienda hubo que sumar los perjuicios de la introducción de moneda francesa, que provocó escasez de numerario, los gas¬tos de la expedición francesa, e incluso el pago de los empréstitos tomados en los tres años anteriores a los banqueros franceses.
A todo ello debe añadirse la pérdida definitiva de las colonias americanas, con la excepción de Cuba. Tras la batalla de Ayacucho en 1824. La pérdida progresiva de las colonias desde 1810, aunque apenas la hayamos tratado, gravitó sobre la Península como uno de los principales problemas del período.
Los diferentes ministros de Fernando VII intentan hacer frente a la situación con medidas dispersas y aisladas, y en último extremo con la consecución de préstamos costosísimos, por la falta de confianza que inspiraba la hacienda española, sin que fuera posible pensar en reformas que aliviaran la situación, pues los absolutistas veían hechos tales como la elaboración de un presupuesto como una reforma peligrosa que anunciaba el retorno del liberalismo.
La oposición liberal en el exilio carece de fuerza para incidir en la situación española. La mayor parte de los líderes liberales (Alcalá Galiano, Calatrava, Argüelles, Mina, Mendizábal...) tuvieron que refugiarse en Londres hasta que la revolución francesa de 1830 les permitió pasar a Francia y acercarse a la frontera.
Su principal forma de lucha consiste en formar pequeños destacamentos, que entraban en la Península confiando en encontrar apoyo del pueblo y extender la sublevación. El ejemplo de Riego en 1820 inspira durante estos años a la oposición liberal, que repite una vez tras otros intentos semejantes. Los intentos de Tarifa en 1824, Alicante en 1826, Gibraltar en 1830 y Mina en el mismo año entrando por los Pirineos, responden a esta táctica, pero fracasaron. De todos el mas conocido fue el del General Torrijos, ejecutado en Málaga en 1831.

2. La evolución del reinado

Lo más curioso de este periodo fue su final. Quizás influido por la suavización en el carácter del rey que ejerció su matrimonio postrero con la noble Mª Cristina de Borbón (con la que tendría su única hija, la futura Isabel II), quizás agobiado por la dificilísima situación del país, Fernando inicio una timidísima apertura en los años finales de su reinado, visible en una relajación de la represión, y en ciertos pasos en la implantación del capitalismo industrial en nuestro país (Altos Hornos del Mediterráneo, Bolsa de Madrid, Ley de Minas). Estos tímidos impulsos venían de la mano del ministro López Ballesteros, y aunque sus efectos fueron aun mínimos, y la crisis económica siguió creciendo, eran una muestra de sensatez. El problema se encontraba, empero, en la falta de capitales, el bloqueo de la tierra (vinculada), la inestabilidad política, el caos financiero, la irracionalidad del sistema fiscal y las dificultades de comercio (aduanas, caminos, varias monedas…)
Pero con todo, esos tímidos cambios despertaron en el interior el recelo de los realistas, y su oposición al régimen por blando. Los sectores más intransigentes del absolutismo exigen una represión mayor sobre los elementos del ejército y la administración sospechosos de simpatías liberales. Su descontento por la no restauración de la Inquisición se convirtió en oposición política cuando a la marcha del ejército de la Santa Alianza, la defensa se encarga al ejército regular y no los Voluntarios Realistas.
En 1825 se publica una protesta de la Federación de Realista Puros, en 1827 el obispo de Vic protesta contra las debilidades del régimen, y en el mismo año se levantan en Cataluña partidas (revuelta de los malcontents), que reclaman mayor poder político para los realistas, la depuración de militares y funcionarios y el restablecimiento de la Inquisición. Ante la falta de atención de Fernando VII, estos sectores ultras se acercan progresivamente a su hermano don Carlos, que defiende sus peticiones y promete cumplirlas cuando suceda a su hermano en la Corona.
Esta división creciente entre ultras y evolucionistas cristalizará en el problema sucesorio, origen formal de la primera guerra carlista. Ante la posibilidad de tener herederos femeninos del último matrimonio contraído por el Rey, éste publica la Pragmática Sanción de Carlos IV, derogando la Ley Sálica implantada por Felipe V.
El nacimiento de dos hijas descartaba efectivamente la sucesión de Don Carlos deseada por el sector intransigente. Cuando Fernando VII enferma gravemente, en octubre de 1832, las intrigas realistas restauran la Ley Sálica, pero un movimiento contrario conduce al nombramiento de María Cristina, esposa del Rey, como regente mientras dure la enfermedad del monarca.
María Cristina, ante la necesidad de alianzas para hacer frente a los absolutistas que apoyan a Don Carlos, nombra un nuevo gobierno, dirigido por Cea Bermúdez, de significación reformista, decreta una amnistía parcial, que supone el retorno de 10.000 exiliados liberales, y sustituye a los capitanes generales más in¬tegristas, por simpatizantes el liberalismo. La muerte del rey a fines de 1833, divide al país en torno a dos candidatos, de dos formas de estado.

3. El carlismo

La construcción del estado liberal comenzó con una guerra, la desatada por el enfrentamiento dinástico entre Carlos de Borbón y su sobrina Isabel (hermano e hija de Fernando VII).
El carlismo, naciente en este conflicto, representaría, para todo el siglo, el movimiento político defensor del antiguo régimen, las tradiciones y los intereses de los propietarios agrarios mas conservadores, especialmente en la España del Norte, muy vinculado al catolicismo mas reaccionario y conservador y de clara raíz foralista. Es también un movimiento social, en tanto en cuanto representa los intereses de los pequeños propietarios, y el campesinado arrendatario del norte muy perjudicado por las expropiaciones que reivindica el liberalismo, por que les afectaba directamente (al perder tierras municipales o eclesiásticas que trabajaban) o a la Iglesia, su soporte ideológico.

La rebelión de D. Carlos, que comenzó con el manifiesto de Abrantes (reivindicación del trono por Carlos, desde su exilio en Portugal), respondió a un triple motivo

• La disputa legal sobre la vigencia o no de la Ley Sálica, lo que invalidaría los derechos sucesorios de Isabel
• El enfrentamiento entre seguidores del Antiguo Régimen o partidarios de la reforma liberal
• La cuestión sucesoria

La victoria caería de parte de las armas liberales, pese a las penalidades de estas para imponerse en la guerra, debido a

• la falta de apoyo internacional a los carlistas, frente a la ayuda de la Cuádruple Alianza
• Los carlistas no contaron con el apoyo de los grandes núcleos urbanos, ni con el control, demográfico y económico del país
• La Santa Sede se posicionó en el bando isabelino.
• La muerte de su carismático jefe militar Zumalacarregui

Lo más curioso y trascendente residió en el hecho de que la guerra concluiría sin una victoria clara de uno de los bandos. Se podría decir que ambos fueron conscientes de la imposibilidad de vencer al otro, especialmente por parte de los carlistas. A fin de poner término a esta guerra de desgaste, y muy sanguinaria, los liberales cerrarían el conflicto en falso, mediante el Abrazo de Vergara (acuerdo de rendición firmado entre el liberal Espartero y el carlista Maroto), que aceptaba la rendición carlista, pero sin venganzas, juicios, perdida de rangos militares ni fueros (esto último menos respetado en tiempos posteriores).

 

   
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