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1.
Los orígenes
Como
ya hemos visto, la entrada del ejercito de la Santa Alianza, al
mando del Duque de Angulema, unido a factores internos, desencadeno
en España una represión feroz, para la cual, el
rey creo las llamadas Juntas de Purificación, órganos
dedicados a la persecución y castigo de los liberales.
Su ferocidad seria tal, que el duque de Angulema intentó
moderarla para no dar a Europa una imagen demasiado violenta.
Como en 1814, Fernando VII volvió a restablecer las condiciones
jurídico-políticas anteriores, es decir, prácticamente
las anteriores a la guerra de la Independencia: devolución
de bienes al clero, restitución de señoríos
a sus titulares, restablecimiento de las rentas provinciales,
de los gremios, etc. El Cuerpo de Voluntarios Realistas, versión
absolutista de la Milicia Nacional, se extendió por toda
la Península para guardar los principios y la organización
absolutista del Estado.
La situación económica continuó siendo catastrófica.
A los problemas tradicionales de la hacienda hubo que sumar los
perjuicios de la introducción de moneda francesa, que provocó
escasez de numerario, los gas¬tos de la expedición
francesa, e incluso el pago de los empréstitos tomados
en los tres años anteriores a los banqueros franceses.
A todo ello debe añadirse la pérdida definitiva
de las colonias americanas, con la excepción de Cuba. Tras
la batalla de Ayacucho en 1824. La pérdida progresiva de
las colonias desde 1810, aunque apenas la hayamos tratado, gravitó
sobre la Península como uno de los principales problemas
del período.
Los diferentes ministros de Fernando VII intentan hacer frente
a la situación con medidas dispersas y aisladas, y en último
extremo con la consecución de préstamos costosísimos,
por la falta de confianza que inspiraba la hacienda española,
sin que fuera posible pensar en reformas que aliviaran la situación,
pues los absolutistas veían hechos tales como la elaboración
de un presupuesto como una reforma peligrosa que anunciaba el
retorno del liberalismo.
La oposición liberal en el exilio carece de fuerza para
incidir en la situación española. La mayor parte
de los líderes liberales (Alcalá Galiano, Calatrava,
Argüelles, Mina, Mendizábal...) tuvieron que refugiarse
en Londres hasta que la revolución francesa de 1830 les
permitió pasar a Francia y acercarse a la frontera.
Su principal forma de lucha consiste en formar pequeños
destacamentos, que entraban en la Península confiando en
encontrar apoyo del pueblo y extender la sublevación. El
ejemplo de Riego en 1820 inspira durante estos años a la
oposición liberal, que repite una vez tras otros intentos
semejantes. Los intentos de Tarifa en 1824, Alicante en 1826,
Gibraltar en 1830 y Mina en el mismo año entrando por los
Pirineos, responden a esta táctica, pero fracasaron. De
todos el mas conocido fue el del General Torrijos, ejecutado en
Málaga en 1831.
2.
La evolución del reinado
Lo
más curioso de este periodo fue su final. Quizás
influido por la suavización en el carácter del rey
que ejerció su matrimonio postrero con la noble Mª
Cristina de Borbón (con la que tendría su única
hija, la futura Isabel II), quizás agobiado por la dificilísima
situación del país, Fernando inicio una timidísima
apertura en los años finales de su reinado, visible en
una relajación de la represión, y en ciertos pasos
en la implantación del capitalismo industrial en nuestro
país (Altos Hornos del Mediterráneo, Bolsa de Madrid,
Ley de Minas). Estos tímidos impulsos venían de
la mano del ministro López Ballesteros, y aunque sus efectos
fueron aun mínimos, y la crisis económica siguió
creciendo, eran una muestra de sensatez. El problema se encontraba,
empero, en la falta de capitales, el bloqueo de la tierra (vinculada),
la inestabilidad política, el caos financiero, la irracionalidad
del sistema fiscal y las dificultades de comercio (aduanas, caminos,
varias monedas…)
Pero con todo, esos tímidos cambios despertaron en el interior
el recelo de los realistas, y su oposición al régimen
por blando. Los sectores más intransigentes del absolutismo
exigen una represión mayor sobre los elementos del ejército
y la administración sospechosos de simpatías liberales.
Su descontento por la no restauración de la Inquisición
se convirtió en oposición política cuando
a la marcha del ejército de la Santa Alianza, la defensa
se encarga al ejército regular y no los Voluntarios Realistas.
En 1825 se publica una protesta de la Federación de Realista
Puros, en 1827 el obispo de Vic protesta contra las debilidades
del régimen, y en el mismo año se levantan en Cataluña
partidas (revuelta de los malcontents), que reclaman mayor poder
político para los realistas, la depuración de militares
y funcionarios y el restablecimiento de la Inquisición.
Ante la falta de atención de Fernando VII, estos sectores
ultras se acercan progresivamente a su hermano don Carlos, que
defiende sus peticiones y promete cumplirlas cuando suceda a su
hermano en la Corona.
Esta división creciente entre ultras y evolucionistas cristalizará
en el problema sucesorio, origen formal de la primera guerra carlista.
Ante la posibilidad de tener herederos femeninos del último
matrimonio contraído por el Rey, éste publica la
Pragmática Sanción de Carlos IV, derogando la Ley
Sálica implantada por Felipe V.
El nacimiento de dos hijas descartaba efectivamente la sucesión
de Don Carlos deseada por el sector intransigente. Cuando Fernando
VII enferma gravemente, en octubre de 1832, las intrigas realistas
restauran la Ley Sálica, pero un movimiento contrario conduce
al nombramiento de María Cristina, esposa del Rey, como
regente mientras dure la enfermedad del monarca.
María Cristina, ante la necesidad de alianzas para hacer
frente a los absolutistas que apoyan a Don Carlos, nombra un nuevo
gobierno, dirigido por Cea Bermúdez, de significación
reformista, decreta una amnistía parcial, que supone el
retorno de 10.000 exiliados liberales, y sustituye a los capitanes
generales más in¬tegristas, por simpatizantes el liberalismo.
La muerte del rey a fines de 1833, divide al país en torno
a dos candidatos, de dos formas de estado.

3.
El carlismo
La
construcción del estado liberal comenzó con una
guerra, la desatada por el enfrentamiento dinástico entre
Carlos de Borbón y su sobrina Isabel (hermano e hija de
Fernando VII).
El carlismo, naciente en este conflicto, representaría,
para todo el siglo, el movimiento político defensor del
antiguo régimen, las tradiciones y los intereses de los
propietarios agrarios mas conservadores, especialmente en la España
del Norte, muy vinculado al catolicismo mas reaccionario y conservador
y de clara raíz foralista. Es también un movimiento
social, en tanto en cuanto representa los intereses de los pequeños
propietarios, y el campesinado arrendatario del norte muy perjudicado
por las expropiaciones que reivindica el liberalismo, por que
les afectaba directamente (al perder tierras municipales o eclesiásticas
que trabajaban) o a la Iglesia, su soporte ideológico.
La
rebelión de D. Carlos, que comenzó con el manifiesto
de Abrantes (reivindicación del trono por Carlos, desde
su exilio en Portugal), respondió a un triple motivo
•
La disputa legal sobre la vigencia o no de la Ley Sálica,
lo que invalidaría los derechos sucesorios de Isabel
• El enfrentamiento entre seguidores del Antiguo Régimen
o partidarios de la reforma liberal
• La cuestión sucesoria
La
victoria caería de parte de las armas liberales,
pese a las penalidades de estas para imponerse en la guerra, debido
a
•
la falta de apoyo internacional a los carlistas, frente a la ayuda
de la Cuádruple Alianza
• Los carlistas no contaron con el apoyo de los grandes
núcleos urbanos, ni con el control, demográfico
y económico del país
• La Santa Sede se posicionó en el bando isabelino.
• La muerte de su carismático jefe militar Zumalacarregui
Lo
más curioso y trascendente residió en el hecho de
que la guerra concluiría sin una victoria clara de uno
de los bandos. Se podría decir que ambos fueron conscientes
de la imposibilidad de vencer al otro, especialmente por parte
de los carlistas. A fin de poner término a esta guerra
de desgaste, y muy sanguinaria, los liberales cerrarían
el conflicto en falso, mediante el Abrazo de Vergara (acuerdo
de rendición firmado entre el liberal Espartero y el carlista
Maroto), que aceptaba la rendición carlista, pero sin venganzas,
juicios, perdida de rangos militares ni fueros (esto último
menos respetado en tiempos posteriores).
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